Nick Bradbury


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lunes, 31 de mayo de 2010

Let the music be


Debo confesar que cuando mi papá me dijo que había comprado boletos para el concierto de Paul McCartney no me emocioné demasiado. Conocía algunas canciones, las que todo el mundo se sabe: los clásicos de hoy y siempre que pasan por Radio Universal. Crecí escuchando a Creedence y a los Rolling Stones. Bailaba al ritmo de “You really got me” y recuerdo que cierta canción del cuarteto de Liverpool me hacía vibrar como ninguna otra. “¿Qué quieres escuchar, hija?”, me decía mi papá cuando paseábamos en coche. Y la respuesta siempre era la misma: “Help!”. “¡Pon a los ‘bitls’, papi!” El pobre tenía que chutársela cinco, diez veces… Ya más grandecita, empecé a explorar. Mtv era mi enciclopedia y, prácticamente, el único canal de televisión que me interesaba. Olvidé a los Beatles y a los grupos de los tiempos de mi señor padre, y me enfrasqué en géneros más contemporáneos que me parecían muy cool. Sin embargo, y para mi sorpresa, el concierto de Sir Paul resultó ser toda una revelación. Me di cuenta de que la música puede cambiar al mundo, nada más y nada menos.
Mi papá, mi primo Eugenio y yo entramos al Foro Sol junto con otras 50, 000 personas. Cuando ocupamos nuestros lugares, empezó a llover. Nos pusimos las capitas de plástico de a diez pesos que habíamos comprado afuera y me dije: “Diablos, segurito me voy a enfermar, falté a clase por venir a ver a este señor y ni siquiera me gusta tanto”. Encendieron las luces del escenario, se escucharon gritos histéricos, chiflidos. Las expresiones eran desaforadas. Entonces lo vimos entrar como toda una leyenda, vestido con un traje estilo Sargent Pepper.
No conocía la mayor parte de las canciones, pero me dejé seducir rápidamente. Al poco tiempo, Eugenio y yo bailábamos como dos hippies. Se escucharon los primeros acordes de “Hey Jude” y nos miramos con los ojos desorbitados. Esa sí la conocíamos. 50, 000 personas con las manos levantadas, prendiendo y apagando encendedores al ritmo de la música con tal sincronía, que parecía que habían ensayado el acto por meses. Ya no éramos miles de desconocidos en un recinto, éramos uno solo viviendo una experiencia que, me atrevo a decir, fue mística.
De acuerdo con la física cuántica, todo lo que existe en este planeta y fuera de él es energía. El doctor Masaru Emoto descubrió que la estructura molecular del agua, sometida a vibraciones como el sonido de la música o la influencia de palabras positivas, adopta increíbles formas simétricas. Según él: “La más poderosa combinación de pensamientos en términos de capacidad de transformación y de sanación son ’amor’ y ‘gratitud’, ya que al emitir estas palabras sus vibraciones hacen que los cristales aparezcan hermosos y armónicos”. Las ideas y los estímulos positivos como la música armoniosa; o negativos como los sonidos estridentes, son capaces de transformar la materia, incluidos los cristales de agua; y, dado que los seres humanos somos 70% agua, imagine lo que dichas vibraciones pueden producir en nosotros. Así que mejor tenga cuidado con lo que piensa y con lo que escucha.
El pasado 27 de mayo, formé parte de un cambio molecular masivo. Estoy segura de que, mientras coreábamos “Yesterday” o “Let it be”, los cristales de nuestra agua interior crearon formas muy bellas. John Lennon decía que “la música nos pertenece a todos”; Platón, que “la música es para el alma, lo que la gimnasia para el cuerpo”. Yo digo que la música estimula nuestro ser más primario y es lo más cercano a lo sublime…

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