Nick Bradbury


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viernes, 19 de abril de 2013

Mis cuatro abuelos

  El texto que escribí para el número de marzo de revista Bicaalú:


Mis abuelos maternos viven en algún lugar de la bahía de Acapulco −ni en la Costera ni en Punta Diamante−: un fraccionamiento donde varias parejas de ancianos tienen casas con vista a un mar que pocos turistas han fotografiado. La de ellos es una casa blanca por dentro y por fuera, con una cocina que mi abuela mantiene muy limpia y una terraza desde la cual hemos visto gaviotas, murciélagos, barcos y hasta una ballena. 


Ahí pasé todos los veranos de mi infancia. Me levantaba antes del alba, cuando la brisa era fresca y los colores del cielo suavemente azulados, para contemplar el mar y "sentir el infinito". Pensaba en el inicio de los tiempos, como si yo fuera la única en presenciar aquel espectáculo. Poco después venía el abuelo, bajábamos al jardín y, mientras regábamos las plantas, nos sorprendía el amanecer. A las ocho de la mañana el desayuno estaba servido. Sobre la mesa siempre había un gran plato con fruta, que acompañábamos con alguna otra cosa que la abuela preparaba al instante: hot cakes, huevos revueltos o chilaquiles. Cuando terminábamos de comer, la abuela me cantaba canciones: una sobre mariposas y otra sobre una llave y un ropero. Inspirada por la segunda, le pedí que me enseñara lo que había dentro del suyo. Me mostró fotografías "dañadas por la sal del mar", su vestido de novia y muñecas que pertenecieron a mi madre. Al terminar de examinar los objetos que había en la habitación de mis abuelitos, seguí con el resto de la casa: encontré pelotas de golf, unos patines que me quedaron grandes, sombreros de playa, una botella de Coca Cola en miniatura, ropa que olía raro, una cámara con la que jugué a ser fotógrafa y una guitarra con cuatro cuerdas. Sin embargo, mi principal hallazgo consistió en una colección de revistas, apiladas en el interior de una covacha, que tenían por título Selecciones Reader´s Digest. Saqué algunas y comencé a hojearlas. Una hora después no me importó que mi programa favorito estuviera a punto de comenzar; me encontraba absorta con el relato de una niña que aseguraba que a su mejor amiga se la había tragado la televisión pues, en lugar de salir a jugar, prefería estar frente al aparato como una autómata. Al terminar con las revistas, seguí con unos libros de cuentos −de páginas amarillas e ilustraciones preciosas− que le pertenecieron a mi mamá y mis tíos. Durante ese verano no hice otra cosa más que leer. Quisieron llevarme al parque acuático y también al cine, pero yo estaba contenta con mis lecturas, el ventilador y el rugido del mar. 


***
La casa de mis abuelos paternos está en un lugar de la colonia del Valle que puedo describir como una burbuja de tiempo. Muchas de las casas fueron construidas en los años cincuenta y apenas han sufrido remodelaciones; la de mis abuelos no tuvo la misma suerte, pues hoy le pertenece a un tío y, aunque le quedó muy bonita, a mí me gustaba más antes. 


Mi abuelo era cantante de ópera y mi abuela concertista de piano. Del primero recuerdo pocas cosas, pero muy significativas: su voz −tan gruesa y majestuosa que hacía retumbar paredes−, los globos aerostáticos en los que trabajaba los domingos y luego hacía volar, la forma en que me decía "mijita", y el beso que me daba en la frente al despedirse. Era hombre de pocas palabras, ¡pero cómo se comunicaba al cantar! Raras fueron las veces que pude escucharlo en vivo y ninguna fue en Bellas Artes, lo cual es una lástima, pues incluso cantó junto a Plácido Domingo. Dice mi papá que de niña le pedía que sintonizara la estación de música clásica para ver si ponían alguna canción del abuelo. 


De la abuela recuerdo mucho más. Me enseñó a tocar Romeo y Julieta en el piano, aunque sus manos ya estaban muy cansadas, y fue ella quien me regaló algunas de mis primeras novelas: Mujercitas y Pinocho. En su habitación, adornada con fotografías de hijos y nietos, tenía un librero abarrotado. De ahí sacó El perfume, de Patrick Süskind, libro que ya no pude regresarle. Hace poco lo abrí y, al llevármelo a la nariz, recordé la atmósfera de aquella casa donde nacieron mi padre y sus ocho hermanos, en la que mis primos y yo jugábamos a los cazafantasmas −pues creíamos firmemente que la habitaban espíritus− y cuyo recuerdo conforta mi imaginación. 


***
Mis abuelos maternos me enseñaron a respetar la naturaleza, a valorar el pasado y celebrar el presente con canciones. En su casa descubrí el gran regalo de la lectura y el misterioso arrullo del mar. Y mis abuelos paternos enternecieron mi joven espíritu con música y letras. 


Humberto y Natividad −los padres de mi padre− fallecieron hace tiempo. Ernesto y Alicia viven en la casa blanca frente al mar, aunque los rituales que describí al principio son otros. Ahora casi todo gira en torno a la salud del abuelo, que pronto cumplirá noventa y siete años: deben bañarlo, vestirlo, transportarlo de arriba a abajo, darle de comer y obligarlo a tomar sus medicinas, como seguramente hizo su madre hace noventa y tantos años. Apenas un lustro atrás, Ernesto seguía ocupándose del jardín, levantando mancuernas y mirando el atardecer con los asombrados ojos de un infante. Los médicos le aconsejaron que llevara una vida más tranquila, pero yo creo que en él sigue existiendo la fuerza de un león marino.

***
Me entristece ver a los ancianos como huéspedes en sus propias casas o confinados en asilos porque sus familiares así lo decidieron. Según la cosmovisión actual, después de los sesenta años dejamos de ser útiles (pongo esta palabra en cursiva para acentuar mi sarcasmo). No creo que, al hablar de una persona, deba utilizarse un adjetivo que lo mismo puede acompañar a un par de zapatos que a una computadora; tampoco que a determinada edad nos convirtamos en árboles raquíticos incapaces de dar frutos. 


El comediante estadounidense George Burns prometió no retirarse jamás. En 1994, dos años antes de cumplir los cien y a punto de alcanzar los setenta y cinco de carrera, actuó en la que sería su última película: Muerte en las ondas. Muy probablemente su longevidad se haya debido al sinnúmero de proyectos que lo mantuvieron ocupado hasta el último de sus días. A los cincuenta y un años −que considerando la esperanza de vida del siglo XVI son bastantes− Leonardo da Vinci comenzó a trabajar en su obra más querida: La Gioconda. Y a los setenta y siete, Luis Buñuel dirigió Ese oscuro objeto del deseo, filme que le valió dos nominaciones al Óscar y una al Globo de Oro. 


Mario Vargas Llosa continúa publicando libros, Paul McCartney ofreciendo conciertos y, a sus ochenta y dos años, Clint Eastwood aún actúa y dirige películas (tan sólo en 2012 trabajó en dos: Ha nacido una estrella y Las curvas de la vida). 


Si llego a vieja, planeo seguir los pasos de mis cuatro abuelos, cuya energía y determinación cargo en los genes. Me imagino en una motocicleta voladora −estoy segura de que en el futuro volarán y sin contaminar el ambiente−, siempre con un libro, una canción y un mar en el pensamiento.

¿Qué es revista Bicaalú?

viernes, 19 de abril de 2013



Mi libro Parvada Blanca en la Ciudad es mi hijo favorito, y revista Bicaalú mi hija favorita.

Pero... ¿Qué es revista Bicaalú?

Bicaalú es una revista de difusión cultural, muy entretenida —ligera y profunda a la vez—que aborda temas culturales, sociales, ecológicos y de actualidad. Los contenidos encierran una atmósfera de intimidad, como la de dos amigos conversando en un café.

Nuestra publicación toma su nombre de una palabra que el diccionario del idioma zapoteco define como: “ten esperanza, esfuérzate, lucha, sé combatiente, pelea…” Nace de la inquietud de proporcionar al lector promedio contenidos sustanciosos, accesibles y amenos que inviten a la reflexión y alimenten la imaginación.

En el concepto de cada número existe un hilo conductor entre los temas, enfoques, etc. El historiador hablará de historia, el pintor de arte, el filósofo de filosofía… siempre en un tono accesible y amistoso. Buscamos seguir los pasos del astrónomo Carl Sagan, que logró que millones de personas se interesaran en la ciencia. El objetivo de Bicaalú es que millones de personas se interesen en la cultura.

Cuenta con cinco secciones fijas: Argüendero, en donde se rastrea el origen de modismos y palabras; Trisquel, sección en la que se proporcionan tres datos sobresalientes sobre un tema específico: la vida de un escritor o un músico, la historia de una prenda o de una página web, etc.; en La cocina filosófica de Patty se presentan reflexiones filosóficas que abordan el tema de lo contemporáneo, una forma de filosofía de la vida diaria, pero a partir de alusiones a la cocina: “la cocina del pensamiento”; El café sonoro es una espacio para platicar la música; y en La ruleta de palabras elegimos una palabra al azar que nos dé la pauta para escribir.