Nick Bradbury


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lunes, 22 de febrero de 2010

Las nuevas adicciones



Ciberfobia: miedo a las computadoras. Falacrofobia: miedo a la calvicie. Filofobia: miedo a enamorarse. Y como éstas, hay cientos de fobias en los diccionarios médicos, que cada vez son más voluminosos. Las fobias y las adicciones dependen, sí, de la predisposición del individuo, de su historia y vulnerabilidad. Sin embargo, el entorno socio-cultural también tiene gran injerencia. Se transforma a cada momento estableciendo nuevos cánones de belleza y aceptación, escupiendo nuevos antivalores y necesidades que mantienen a las personas en una constante encrucijada. La moda de los cuerpos esbeltos y tonificados. El autoestima directamente proporcional al status. El culto a lo material y la carrera por tener un mayor ingreso para tener una casa más grande, un automóvil más curvilíneo, para mandar a los niños a la escuela trilingüe carísima. Y todo con el fin de ser aceptados, envidiados, efímeramente trascendentes… La cultura pos moderna ha traído consigo nuevas enfermedades y adicciones que hace unas décadas eran prácticamente inconcebibles. Algunas son tan nuevas que carecen de denominación científica.
Hoy, los médicos especializados en la salud mental tienen sus consultorios abarrotados debido a una epidemia de estrés, depresión y ansiedad. “El uso incontrolado de internet, las compras, el trabajo e incluso el ejercicio físico, pueden convertirse en adicciones cuando se realizan de forma compulsiva”, afirma el Doctor Jesús Francisco García, especialista en psiquiatría y medicina familiar. Asegura que: “la evolución que han experimentado las sociedades se ha trasladado a las adicciones, que ahora se pueden dividir en tradicionales, tales como el alcoholismo, la ludopatía y las toxicomanías, y en modernas o de nueva generación, que se desarrollan de la misma manera que las tradicionales y pueden llegar a ser igual de peligrosas.” Cualquiera que sea el caso, la adicción siempre es el resultado de un vacío emocional.
La dismorfia muscular o vigorexia es una de estas adicciones de “nueva generación”. Se trata de un trastorno o desorden emocional en el que las características físicas se perciben de forma distorsionada, similar a lo que sucede cuando se padece anorexia, pero a la inversa. El individuo siempre cree sufrir de una carencia de tonicidad o musculatura. Por ello, comienza a hacer ejercicio de forma compulsiva; pasa la mayor parte de su tiempo en gimnasios y planeando dietas para acrecentar la musculatura, que muchas veces van aderezadas con anabólicos y esteroides. La belleza se asocia con el aumento de la masa muscular. Así, los cuerpos tienden a desproporcionarse, a hacerse ridículamente voluminosos y no acordes a la complexión. La vigorexia es una enfermedad que ataca en mayor medida a los hombres, aunque también es posible en mujeres. Convulsiones, mareos, dolores de cabeza, taquicardias y baja autoestima son los principales síntomas de este desorden.
Los “hikikomori” conforman un grupo de adolescentes y adultos jóvenes que, abrumados por los altos estándares de la cultura japonesa, se sienten incapaces de satisfacerlos y optan por un aislamiento que es llevado a sus últimas consecuencias. La mayoría son varones, primogénitos de familias adineradas que debido a la fuerte competencia laboral y académica deciden echar el pestillo a la puerta de sus habitaciones para mantenerse en un “cómodo” estado de reclusión que puede durar meses o años. Uno de cada diez hombres de entre 18 y 30 años padece de este problema, y lo peor es que la pesadilla no termina cuando un “hikikomori” decide salir de su celda. Debido al prolongado aislamiento, el individuo pierde gran parte de sus habilidades sociales y se convierte en un ser agresivo y peligroso para la comunidad.
Dicho fenómeno no es exclusivo de Japón. La presión excesiva ha llevado a muchos jóvenes al borde de la locura, y todo por el afán de satisfacer los estándares que una sociedad cuyos máximos valores son el cuerpo y el dinero les ha impuesto. Nuestra cultura está enferma, y para muestra basta echarle un vistazo al último diccionario de fobias o adicciones.

lunes, 15 de febrero de 2010

El cuarto camino: fragmentos de una enseñanza desconocida


Los seres humanos somos una mescolanza, un torbellino de influencias. Cada persona importante en nuestra vida deja una impresión, una huella que a veces es indeleble. Los primeros son nuestros padres, ellos hacen la programación inicial. Nos enseñan sus valores, su religión, sus costumbres y estructura de pensamiento. Tras este primer boceto, nuestra personalidad es modelada por el entorno social. En su libro En busca de lo milagroso, P.D. Ouspensky, uno de los precursores de la Filosofía del Cuarto Camino dice que: “Toda la gente que usted ve, toda la gente que usted conoce… todas son máquinas, verdaderas máquinas que trabajan movidas sólo por influencias externas.” Máquina es quien, para satisfacer sus necesidades sociales, se deja construir por otros. El proceso de negación puede continuar hasta que el verdadero yo es silenciado por cientos de voces: familiares, maestros, amigos, compañeros de trabajo... Bien decía Sócrates: “Conócete a ti mismo.” A lo que Ouspensky agregaría milenios más tarde: “Cuando una máquina se conoce a sí misma, deja de ser máquina.”
¿Cómo podemos aspirar a entender a los demás si ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos? Es prácticamente imposible liberarse de una influencia sin someterse a otra. El adolescente, por ejemplo, que unos años atrás quería ser pintor, se deja envolver por una maraña de influencias que poco a poco lo va alejando de su anhelo. Así también los adultos. Los sueños de juventud se convierten en insulsas fantasías y el status se convierte en la única prioridad. Lentamente nos vamos olvidando, hasta que sólo queda un fantasma de nosotros. Pero, ¿qué podemos hacer al respecto?
Existen cuatro caminos para lograr el auto conocimiento que, para muchos, va ligado a la inmortalidad del alma. El primero es el del faquir, que busca la iluminación a través de varios ejercicios ascéticos, como acostarse sobre una cama de clavos, o permanecer parado sobre las puntas de los dedos por meses. El segundo camino es el del monje o la religión, que requiere de gran sufrimiento y sacrificio emocional. El camino del yogui se abre a la iluminación a través del dominio de posturas o movimientos que deben ir acompañadas de meditación. El cuarto camino, o la Filosofía del Cuarto Camino, se sirve de las tres vías anteriores para alcanzar el auto conocimiento. Parte de la idea de que los seres humanos contamos con tres centros principales: el físico, el emocional y el intelectual. El objetivo es equilibrar estos tres centros no en el aislamiento, sino en medio de la vida ordinaria. Para comprenderlo mejor, podemos imaginar una carreta jalada por caballos y guiada por un conductor. La carreta representa a nuestro cuerpo; los caballos a las emociones; y el conductor es el símbolo de nuestra razón. La carreta por sí misma no puede moverse, y si la dejamos a la deriva de los caballos, estos podrían desbocarse y llevarnos a la perdición. Es el conductor quien debe llevar las riendas de las emociones para lograr el equilibrio de los tres centros. Las personas que no pueden encontrar un camino están compuestas de miles de “yoes” que alternadamente toman el control del cuerpo-mente. El “yo” que se va a la cama por la noche se promete a sí mismo levantarse temprano al día siguiente, pero el “yo” que despierta en la mañana decide seguir durmiendo. El objetivo es encontrar el único y verdadero “yo”, y esto se logra a través de estudio y ejercicios prácticos.
Si le interesa esta doctrina, le recomiendo leer Los relatos de Belcebú a su nieto de George Gurdjieff, o En busca de lo milagroso: fragmentos de una enseñanza desconocida de P.D Ouspensky. Ahora que si busca algo más visual, puede deleitarse con la exposición permanente de Remedios Varo que se encuentra en el Museo de Arte Moderno de la ciudad. Remedios, maravillosa pintora surrealista, estuvo a la cabeza de los grupos del Cuarto Camino en México. De hecho, su obra constituye un homenaje a Gurdjieff y su doctrina.

viernes, 5 de febrero de 2010

Cholula: tesoro de la humanidad



Muy cerca de la ciudad de Puebla, se encuentra la hermosa Cholula, antigua capital indígena de lo sagrado. Hoy, más de treinta y cinco iglesias se erigen por encima de las ruinas de los templos paganos, sin embargo, todavía es posible admirar los vestigios arqueológicos de esta ciudad milenaria. Ocupada ininterrumpidamente durante veintiséis siglos, Cholula es un regalo maravilloso para el alma.

La fundación de la ciudad se remonta al siglo VI antes de nuestra era. Algunos cientos de años después, comenzó la construcción de la gran pirámide, que probablemente fue consagrada a los dioses de la lluvia. Como si quisieran alcanzar las nubes, los habitantes de Cholula se propusieron construir el templo más grande del mundo, y lo lograron. Conformada por siete estructuras superpuestas, la pirámide de Cholula llegó a tener un volumen dos veces mayor que el de la pirámide del Sol durante su periodo de esplendor, mientras que su base de cuatrocientos metros por lado la convierte en el monumento más grande del mundo, al menos en cuanto a su base.

Con la llegada de los españoles, los templos paganos fueron destruidos y en su lugar se levantaron decenas de iglesias cristianas. No obstante, los indígenas lograron esconder la gran pirámide debajo de una montaña de barro que engañó hasta al más astuto de los conquistadores. La palabra Cholula significa “ciudad de los que huyeron”, haciendo referencia a los grupos tolteco-chichimecas que tras ser expulsados de Tula se asentaron en esta región, o “ciudad en donde se encuentra el cerro hecho a mano”. En efecto, la montaña en cuya cúspide los españoles construyeron la Iglesia de la Virgen de los Remedios no es creación de la naturaleza, sino del hombre.

A finales de la década de los sesenta comenzaron los trabajos de restauración. Debido a que la Iglesia de la Virgen de los Remedios ha sido proclamada Patrimonio Nacional, la pirámide no ha podido ser excavada por completo, sin embargo, el visitante puede recorrer un laberinto subterráneo de ocho kilómetros para darse una idea de la magnitud del conjunto arqueológico. Aunque la sola experiencia de caminar por los túneles resulta alentadora, es recomendable contratar a un guía. Las historias y los misterios de Cholula y su pirámide merecen ser escuchados.

Al salir de los túneles, podrá admirar parte de la base de la pirámide y la escalinata, así como algunas figuras y murales encontrados recientemente por los arqueólogos. También vale la pena subir hasta la cúspide de la montaña para visitar la Iglesia y disfrutar de la maravillosa vista: extensos campos de cultivo, la ciudad de Puebla, los volcanes a lo lejos... Por otra parte, no puede dejar de visitar el Convento de San Gabriel: un recinto cristiano, cuyo interior más bien se asemeja al de una mezquita, y que se encuentra justo en el centro del poblado de San Andrés Cholula.

A apenas veinte kilómetros de la ciudad de Puebla, Cholula es un destino místico en el que se respira el sabor de los siglos. Como en tiempos remotos, la gente de los barrios de Cholula se sigue dedicando a la agricultura, a la fabricación de artesanías y al comercio. Así es que, después de todo, las cosas no han cambiado demasiado. Y aunque hoy la ciudad se encuentre salpicada de iglesias cristianas, debajo de la superficie, se esconden los secretos de los antiguos habitantes. Mucho trabajo queda por hacer, pues Cholula, definitivamente, es un paraíso para los arqueólogos. También para el resto del mundo.

lunes, 1 de febrero de 2010

¿Tienes un minuto?



Albert Einstein descubrió que el tiempo no transcurre de la misma forma en la Tierra que en la Luna o en cualquier otro objeto celeste. Mi peso corporal, por ejemplo, es de 52 kilogramos en la Tierra, aunque en la Luna, cuya masa es sumamente inferior, mi peso sería de apenas ocho kilogramos. En el caso hipotético de que pudiera pararme en la superficie del Sol, cuya masa es 109 veces la de nuestro planeta, mi peso sería de cientos y cientos de toneladas. Debido a que los cuerpos deforman el entretejido que es el espacio-tiempo, entre mayor sea su masa, el tiempo transcurrirá con mayor lentitud y viceversa. En la Luna envejecería más rápido que en la Tierra, mientras que parada en un cuerpo del tamaño del Sol, el tiempo para mí sería prácticamente imperceptible. Como si fuera a vivir por siempre. No obstante, aquí en el planeta Tierra, la vida transcurre a una velocidad vertiginosa. Nuestro tiempo es apenas un parpadeo cósmico y no podemos desperdiciarlo.
Es común que nos dejemos llevar por la rutina. Entre el trabajo, los problemas cotidianos y la presión social, se nos escurre el tiempo. Así, tan fácil, como si fuera un recurso renovable. La mayoría trabaja para comer y no para encontrar la autorrealización. Abogados que querían ser pintores y contadores que querían ser cineastas. Parejas que no deben estar juntas, pero que son demasiado co-dependientes para asumir la realidad. Viajes que nunca se hicieron, familiares olvidados, libros que jamás fueron abiertos… Pero la arena en el reloj sigue cayendo, sin importar cuán arrepentidos estemos por no haber aprovechado nuestra pequeña dosis de tiempo.

¡Vivir! es un filme de Akira Kurosawa que narra la historia de un trabajador público que, tras recibir un diagnóstico que lo sentencia a muerte, se percata de que su vida ha sido un desperdicio. Así las cosas, emerge en él la necesidad de encontrarle un sentido, por lo que se embarca en un proyecto que terminará por conferirle reconocimiento y trascendencia. Podría decirse que todos vivimos a contra reloj, como el protagonista de esta película, pero a veces nos olvidamos de ello hasta el punto de soltar las riendas. Afortunadamente, cada día significa una oportunidad para rectificar el camino, para preguntarnos si nuestras acciones realmente van acorde a nuestro invaluable y muy personal proyecto de felicidad. No hay más tiempo que vida. La vida es nuestro tiempo y hoy es el momento de decidir qué vamos a hacer con él.