
Ciberfobia: miedo a las computadoras. Falacrofobia: miedo a la calvicie. Filofobia: miedo a enamorarse. Y como éstas, hay cientos de fobias en los diccionarios médicos, que cada vez son más voluminosos. Las fobias y las adicciones dependen, sí, de la predisposición del individuo, de su historia y vulnerabilidad. Sin embargo, el entorno socio-cultural también tiene gran injerencia. Se transforma a cada momento estableciendo nuevos cánones de belleza y aceptación, escupiendo nuevos antivalores y necesidades que mantienen a las personas en una constante encrucijada. La moda de los cuerpos esbeltos y tonificados. El autoestima directamente proporcional al status. El culto a lo material y la carrera por tener un mayor ingreso para tener una casa más grande, un automóvil más curvilíneo, para mandar a los niños a la escuela trilingüe carísima. Y todo con el fin de ser aceptados, envidiados, efímeramente trascendentes… La cultura pos moderna ha traído consigo nuevas enfermedades y adicciones que hace unas décadas eran prácticamente inconcebibles. Algunas son tan nuevas que carecen de denominación científica.
Hoy, los médicos especializados en la salud mental tienen sus consultorios abarrotados debido a una epidemia de estrés, depresión y ansiedad. “El uso incontrolado de internet, las compras, el trabajo e incluso el ejercicio físico, pueden convertirse en adicciones cuando se realizan de forma compulsiva”, afirma el Doctor Jesús Francisco García, especialista en psiquiatría y medicina familiar. Asegura que: “la evolución que han experimentado las sociedades se ha trasladado a las adicciones, que ahora se pueden dividir en tradicionales, tales como el alcoholismo, la ludopatía y las toxicomanías, y en modernas o de nueva generación, que se desarrollan de la misma manera que las tradicionales y pueden llegar a ser igual de peligrosas.” Cualquiera que sea el caso, la adicción siempre es el resultado de un vacío emocional.
La dismorfia muscular o vigorexia es una de estas adicciones de “nueva generación”. Se trata de un trastorno o desorden emocional en el que las características físicas se perciben de forma distorsionada, similar a lo que sucede cuando se padece anorexia, pero a la inversa. El individuo siempre cree sufrir de una carencia de tonicidad o musculatura. Por ello, comienza a hacer ejercicio de forma compulsiva; pasa la mayor parte de su tiempo en gimnasios y planeando dietas para acrecentar la musculatura, que muchas veces van aderezadas con anabólicos y esteroides. La belleza se asocia con el aumento de la masa muscular. Así, los cuerpos tienden a desproporcionarse, a hacerse ridículamente voluminosos y no acordes a la complexión. La vigorexia es una enfermedad que ataca en mayor medida a los hombres, aunque también es posible en mujeres. Convulsiones, mareos, dolores de cabeza, taquicardias y baja autoestima son los principales síntomas de este desorden.
Los “hikikomori” conforman un grupo de adolescentes y adultos jóvenes que, abrumados por los altos estándares de la cultura japonesa, se sienten incapaces de satisfacerlos y optan por un aislamiento que es llevado a sus últimas consecuencias. La mayoría son varones, primogénitos de familias adineradas que debido a la fuerte competencia laboral y académica deciden echar el pestillo a la puerta de sus habitaciones para mantenerse en un “cómodo” estado de reclusión que puede durar meses o años. Uno de cada diez hombres de entre 18 y 30 años padece de este problema, y lo peor es que la pesadilla no termina cuando un “hikikomori” decide salir de su celda. Debido al prolongado aislamiento, el individuo pierde gran parte de sus habilidades sociales y se convierte en un ser agresivo y peligroso para la comunidad.
Dicho fenómeno no es exclusivo de Japón. La presión excesiva ha llevado a muchos jóvenes al borde de la locura, y todo por el afán de satisfacer los estándares que una sociedad cuyos máximos valores son el cuerpo y el dinero les ha impuesto. Nuestra cultura está enferma, y para muestra basta echarle un vistazo al último diccionario de fobias o adicciones.




