Nick Bradbury


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jueves, 7 de julio de 2011

Soñé que soñaba que soñaba


En los sueños podemos esperar encontrar todo lo que ha sido significativo en la vida de la humanidad.

Carl Gustav Jung

Antes de sentarme a escribir este artículo, hice un pequeño experimento. Acostada, con la cabeza en mi almohada favorita, los ojos cerrados y los sentidos despiertos, imaginé el lugar adonde quería ir esa noche. Me concentré en recuerdos antiguos pero vívidos. Apenas instantes. Recordé las palabras, los colores, las expresiones y la disposición de los objetos. Entré en un estado meditativo… la visión se transformó en sueño, y en el sueño me encontraba en el lugar que había imaginado. Sin embargo, casi inmediatamente empezaron a operar reglas que desafiaban a la lógica. La pista de hielo se convirtió en un templo. Una estatua de bronce del dios Vishnú —pero con innumerables brazos— levitaba sobre un estanque de agua negra. Yo estaba descalza. “¡Ahí viene!”, se escuchó una voz. “¡¿Quién viene?!”. Gritos, muchedumbre y una nube de polvo. Terminé en un torneo de ajedrez. “Jaque mate”, dijo el niño pelirrojo.
El inconsciente me llevó al lugar que conscientemente había deseado, pero ipso facto tomó el control. En el cerebro, lo único que se desactiva al soñar es el centro lógico. Por eso los recuerdos colisionan y parece que se abren puertas a otras realidades. ¿Parece? Algunos sueños que he tenido me hacen pensar lo contrario. En uno de ellos leí la Odisea “en una sola acostada”; en otro, escribí una trilogía épica que olvidé poco después de haber despertado. Una vez soñé que temblaba y al día siguiente tembló. Pero más sorprendente fue soñar que una compañera de la secundaria, a la que hace mucho no veía, estaba embarazada y luego enterarme de que en unos meses nacería su bebé.
A veces, cuando soñamos, tenemos la sensación de poseer un conocimiento valiosísimo que se desvanece con la madrugada. Y si logramos recordarlo, lo encontramos descabellado, ilógico, absurdo. Eistein soñó que viajaba en un trineo a la velocidad de la luz. Tiempo después escribió en una pizarra: E=MC². Al no haber un orden lógico, desaparecen los límites y se desata la creatividad. Salvador Dalí decía que sus obras eran “fotografías de sueños pintadas a mano”. ¿Cuántas pinturas, libros o ciudades se habrán llevado el gallo o el despertador?
Ahora, ¿es posible predecir el futuro a través de los sueños? Lo del temblor y mi compañera de la secundaria bien pudieron ser casualidades, sin embargo los sueños premonitorios han sido materia debatible desde la antigüedad. Tres días antes de morir, Sócrates le dijo a su discípulo Critón que había soñado con una hermosa dama que le llamaba por su nombre y le recitaba un verso de Homero: “Dentro de tres días, veréis los campos”. Tres días después, Sócrates bebió la cicuta. También cuentan que Sófocles encontró una copa de oro que había sido robada de un templo porque, en sueños, Hércules le indicó el lugar donde los ladrones la habían escondido. No obstante, Cicerón —uno de los más grandes oradores de Roma— aseguró que aquellos que se atribuían la capacidad de ver el futuro en sueños no eran más que habladores. No me atrevería a llamarle hablador a Charles Dickens por confesar haber tenido el siguiente sueño:
“Soñé con una dama que llevaba un chal rojo y me daba la espalda. Cuando se volvió, advertí que no la conocía. Dijo: ‘Soy Miss Napier’. A la mañana siguiente, mientras me vestía, pensé: ¡qué cosa más absurda tener un sueño tan preciso acerca de nada! ¿Y por qué Miss Napier? Jamás había escuchado de ninguna Miss Napier. Aquel mismo viernes por la noche, estuve leyendo en la sala. Entraron Miss Boyle con su hermano, y venían con la dama del chal rojo. Me la presentaron como Miss Napier.”
Quizá el más célebre de los sueños premonitorios sea el que tuvo Abraham Lincoln. Pocos días antes de ser asesinado, le contó a su esposa que soñó que entraba en la Casa Blanca y veía allí un catafalco rodeado por la guardia de honor. “¿Quién es el muerto?”, preguntó. “Es nuestro presidente. Ha sido asesinado”. Le respondió uno de los soldados.
La cantidad de sueños premonitorios que se reportan es tal, que en diferentes partes del mundo se han abierto centros para recolectar las premoniciones del público y así contrarrestar la opinión de que siempre se dan a conocer después de ocurridos los hechos.

Para Freud, los sueños eran estructuras llenas de significación —susceptibles de ser interpretadas— que tenían por objeto solucionar conflictos relacionados con deseos no satisfechos. Jung decía que a través de los sueños el individuo podía ponerse en contacto con los arquetipos universales, es decir, los mitos que explican el origen de todas las cosas (teoría del inconsciente colectivo). Según la mecánica cuántica, los sueños son realidades que pueden vivirse y materializarse en este plano, en el que te encuentras ahora, mientras lees —realidades probables que ayudan al autoconocimiento—, y la conciencia está dividida en láminas de realidades en distintas dimensiones. Desde esta perspectiva, los sueños premonitorios son videncias de ciertas ondas de posibilidad que se encuentran más cerca de materializarse.
Sé que todo esto suena a embrollo y ciencia ficción, sin embargo la mecánica cuántica es una de las principales ramas de la física y uno de los descubrimientos científicos más importantes de la historia. Entre otras cosas, habla de la teoría de los universos paralelos, que dice que los átomos existen en universos diferentes y que, por tanto, los humanos también existimos en más de un lugar y en más de un estado mental: en diferentes universos. Y uno de esos universos es el sueño.
Aunque éstas son meras teorías, hoy por la noche, cuando me encuentre en el plano donde operan leyes ilógicas, intentaré superar mi primer experimento: tomar el control, tener conciencia de que estoy soñando, inducir un sueño lúcido. Quiero ver a los hombres del futuro, nadar en un río color violeta, sentir la ingravidez, descubrir civilizaciones y conversar con sus ancianos, sortear asteroides y presenciar la muerte de una estrella. ¿Es mucho pedir? Coincido con el escritor Bernard Shaw: “Ves cosas y dices ‘¿por qué?’. Yo sueño cosas que nunca fueron y digo ‘¿por qué no?’.

martes, 14 de junio de 2011

Geisha: Misterio, arte y seducción


Los hikikomori son jóvenes que, abrumados por las modernas ciudades japonesas y la competencia laboral y económica, deciden recluirse en sus cuartos por meses o incluso años. En contraste, existen las hanamachi o ciudades de las flores, en las que deambulan muñecas de porcelana vivientes.

En el año 794, Kioto era la elegante capital de Japón. En ella se concentró una élite interesada en satisfacer placeres estéticos y místicos. Lo único que importaba era la consecución del deseo y el objeto de ese deseo estaba representado por una mujer bella y envuelta en telas preciosas. Entre el año 1100 y el 1500 aparecieron las shirabyoshi, predecesoras de las geishas. Vestidas con ropas algo masculinas, eran bailarinas eróticas, trovadoras y cortesanas. Cuando en 1590 el general Toyotomi Hideyoshi logró unificar Japón, el mundo del trabajo y el mundo del asobi (juego) se separaron y dio inicio la construcción de un barrio del placer en Kioto: La ciudad del Sauce. Ahí se estableció una nueva clase de mujeres conocidas como odoriko o “danzarinas” que, a pesar de vivir en el barrio de las prostitutas, se dedicaron a las artes. Así surgió la profesión de las geishas: vocablo que literalmente significa “personas de las artes”, que nada tienen que ver con las “artes amatorias” de ciertas mujeres que se pasean por las hanamachi vestidas con kimonos baratos.

Tradicionalmente, las geishas comenzaban su preparación a los seis años, seis meses y seis días de edad. Actualmente se inician a los quince años porque el Estado las obliga a concluir la educación secundaria. Al ingresar a la okiya o casa de las geishas, la joven aprendiz debe romper toda relación con su pasado, incluidos sus padres. También debe olvidarse de su antiguo nombre. Como símbolo de pertenencia a otro mundo, se le otorga uno nuevo, generalmente el de alguna flor.

La Madre o Abuela es la cabeza de la okiya y es quien se encargará de administrar los recursos que gane la geisha a lo largo de su carrera profesional. La okiya está obligada a costear la comida, el alojamiento, las matrículas de los distintos cursos, los kimonos, las pelucas y el resto de ornamentos que requerirá la geisha para realizar su trabajo. Mientras no pague su deuda, es una esclava.

Las maiko (aprendices) practican el arte de la danza y el canto; también se les enseña a tocar el shamisen y la flauta. A cada maiko se le asigna una Hermana Mayor geiko, una geisha calificada y reconocida que ya ha terminado su preparación formal y que tiene por obligación guiar el arduo camino de la maiko —una media joya, todavía no una geisha. Al tiempo que es maestra, la Hermana Mayor se convierte en ama y señora de la aprendiz, que debe cumplir hasta el más pequeño de sus caprichos.

La vestimenta de una maiko es muy distinta a la de una geiko: el cuello del kimono cae dejando a la vista la nuca, zona erógena por excelencia en Japón. El rostro y el cuello están cubiertos por una densa capa de maquillaje blanco, a excepción de dos o tres franjas que muestran la piel desnuda. El kimono es de colores brillantes y elaborados diseños. El obi o moño está amarrado en la parte de atrás y llega casi hasta el suelo . A veces es tan pesado, que puede hacer que la joven pierda el equilibrio. El traje de una geiko es más discreto, pero no por ello menos elegante. En lugar del copioso peinado de las aprendices —un moño gigantesco que se sujeta con cera caliente y aceite de camelia llamado “hendidura de melocotón”—, las geiko llevan katsuras o pelucas. El maquillaje blanco es sutil y jamás se utiliza después de los treinta años.

Una geisha debe conocer la tradicional ceremonia del té. La escritora Leslie Downer la describe como “una práctica a medio camino entre el tai chi y la misa católica, pero a una escala más íntima”. Un grupo de personas se reúne en una pequeña habitación con un hogar para calentar el agua y una especie de capilla en la que se colocan flores y pergaminos con poemas y pensamientos. Todos se sientan en el suelo cubierto con tatami y beben maccha, un té verde espumoso y amargo que se acompaña con dulces tradicionales. Los objetos deben encontrarse dispuestos en una forma específica e inalterable. La ceremonia es una muestra de la perfección estética que comparten las artes japonesas —que muchas veces se aproximan a los conceptos del budismo zen. Las geishas también deben dominar el arte de la conversación y el arreglo floral o ikebana, que consiste en la creación de pequeños mundos asimétricos hechos con flores; al igual que el shodo, un tipo de caligrafía que se encuentra entre las bellas artes más populares de Japón.

El trabajo de una geisha consiste en animar las fiestas con juegos un tanto infantiles, conversar con los clientes y servir el té o el sake. Las más hermosas, las tachikata, bailan; las jikata tocan el shamisen o cantan. La geisha debe aparecer impecable y seducir con la elegancia de una mascada de seda que juega con el viento. Bajar los ojos, al servir el sake, dejar deslizar un poco de tela del kimono para que la piel quede al descubierto, iniciar un juego sutil entre el deseo y el rechazo, no mostrar emociones y, sobre todo, nunca hablar del amor —considerado grosero y fuera de lugar por la okiya.
Después de una o dos horas, la fiesta ha llegado a su fin. Con frecuencia, los occidentales se sienten obnubilados con la actuación de las geishas, ya que el baile no es muy rítmico y la música y el canto les parecen disonantes. El cliente japonés —que conoce y aprecia las artes tradicionales— es capaz de pagar miles de yenes con tal de pasar unos momentos extra con la geisha más afamada de Kioto. Y aunque el amor está prohibido, el coqueteo es primordial. Incluso puede conferir libertad a la geisha. Un cliente puede decidir convertirse en danna, un protector titular que la libere de su deuda con la okiya.

Un tanto rígida por el peso de varias horas de labor en su cabello, arrastrando un prolongado lazo que aprisiona su cintura, mostrando un rostro que no es el suyo y respondiendo a un nombre distinto al que le dieron sus padres, la geisha se niega a sí misma. Se ve obligada a guardar todo lo que ella es en una caja que se encuentra en el lugar más recóndito de sus adentros. El personaje toma el poder.

Desconcierto. Eso es lo que provoca una mujer que todo el tiempo busca aparecer graciosa, inalcanzable, perfecta. Pero cuando cae la noche y se encuentra sola en su habitación con la cara limpia y el cabello suelto, la geisha se enfrenta al espejo y a una sola realidad: es humana, pero no común y corriente. Además de ser artista, ella misma es una obra de arte que nace y muere cada día para invitarnos a un mundo secreto.

jueves, 12 de mayo de 2011

Genios en la cocina


Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.
Sor Juana Inés de la Cruz

Hay genios que nunca salieron de sus estudios o que pasaron gran parte de sus vidas colgados de un andamio dentro de una iglesia; monjes que trasnochaban en bibliotecas, hombres que no podían dejar de pensar en números y en la posible infinitud del cosmos; que dedicaron su tiempo en este mundo a escribir historias y esculpir piedras. Y mientras tanto, las mujeres en la cocina: picando, hirviendo, mezclando, arrojando especias, probando, calentando, experimentando. Pero algunos genios, tal vez los más geniales, se dieron cuenta de que en la cocina se podía hacer arte, filosofía y alquimia. Decidieron entrar.
El amor de Leonardo Da Vinci por la cocina comenzó desde temprano. Su madre jamás se casó con su padre biológico —notario, canciller y embajador de la República de Florencia—, pero sí con un campesino llamado Antonio di Piero Buti del Vacca, quien le inculcó el gusto por la buena comida, en especial por las golosinas y los pasteles, que le dieron al joven Leonardo una fisonomía redonda. Su curiosidad lo abarcaba todo, desde las estrellas en el cielo y las gotas de rocío en la hierba, hasta ese lugar dentro de la casa donde las cosas más simples se transforman en manjares.
Gracias a su padre notario, Leonardo recibió una educación privilegiada. A los catorce años ingresó como aprendiz en el taller del maestro Andrea de Verrocchio, quien le enseñó las bases de la química, la metalurgia, la mecánica y la carpintería, y a manejar diferentes técnicas artísticas como el dibujo, la pintura y la escultura en mármol y bronce. Una década después, Leonardo era considerado un maestro con estilo propio y original, un genio sin comparación. Pero las cosas no se le dieron en bandeja de plata. Sus doce hermanastros lo dejaron sin herencia, por lo que tuvo que trabajar de mesero en una taberna y tocar el laúd en las calles a cambio de algunas monedas.
Cuando las cosas mejoraron, Leonardo y su buen amigo Botticelli —también aprendiz en el taller de Verrocchio— decidieron abrir su propio restaurante: “La enseña de las tres ranas de Sandro y Leonardo”. Allí sentaron las bases de la nouvelle cuisine. Desafortunadamente, los comensales no entendieron la belleza que había en una anchoa y una zanahoria perdidas en la blancura de un plato. Ellos querían comer hasta atiborrarse. Carne roja, de preferencia; limpiarse la grasa con la manga de la camisa y eructar sin ningún tipo de discreción. No fue hasta la década de los ochenta del siglo XX que la nouvelle cuisine se hizo popular. La presentación de los platillos era lo más importante: livianos, delicados, sin salsas pesadas ni vegetales cocidos en exceso. Comida que buscaba impactar visualmente, como las recetas de Leonardo y Botticelli.
Al ser nombrado jefe de festejos y banquetes de Ludovico Sforza, Leonardo quiso aventurarse una vez más con sus excéntricas recetas: vegetales bellamente tallados, anchoas enrolladas en la delicada piel de un tubérculo y la pata de una rana sobre una hoja de diente de león. También aprovechó para transformar el recinto del fogón en una cocina del futuro: “En primer lugar, es necesaria una fuente de fuego constante. Además una provisión constante de agua hirviendo. Después un suelo que esté siempre limpio. También aparatos para limpiar, moler, rebanar, pelar y cortar. Un ingenio para apartar de la cocina los tufos y hedores y ennoblecerla así con un ambiente dulce y fragante. Música, pues los hombres trabajan mejor y más alegremente allí donde hay música. Y, por último, un ingenio para eliminar las ranas de los barriles de agua de beber”.
Inventó una sierra circular y una cinta automática para transportar la leña a la cocina; en la chimenea introdujo una hélice que daría impulso al espetón para atizar el fuego; ideó un sistema de tubos que, al ser calentados con carbón, suministrarían agua hirviendo cuando fuera necesaria. Un sistema de cepillos giratorios tirado por bueyes se encargaría de mantener el piso siempre limpio. También diseñó una descomunal picadora de vacas —que requería un ejército de hombres y caballos y varios utensilios auxiliares para funcionar—, y una rebanadora de pan accionada por aire. Dentro de la cocina, debería haber tres hombres que tocaran un instrumento que él denominó “órgano de boca”, acompañados por unos tambores mecánicos que empezaban a redoblar al darle vueltas a una manivela. Ahora, ¿cómo eliminar las ranas de los barriles? Fácil. Con una trampa que soltara martillazos sobre la cabeza de cualquier anfibio intruso. Por si fuera poco, también diseñó un aspersor de agua para combatir incendios.
Dicen que el día de la inauguración, la cocina del Duque de Milán se convirtió en zona de desastre. Sin embargo, los inventos de Leonardo inspiraron a ingenieros que hicieron realidad su sueño de la cocina automática. El amor de Da Vinci por la cocina era tal, que durante tres años se dedicó a hacer bocetos de los alimentos que aparecerían en su Última cena.
Sor Juana, tan curiosa como Leonardo, también fue una gran cocinera. En su “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, escribe: “Pues que os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Ver que un huevo se une y fríe en la manteca o el aceite y, por el contrario, se desplaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una por sí y juntas no”. Observar los alimentos transformándose en la sartén la condujeron a esa segunda consideración que es la reflexión filosófica: “Pero, Señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de la cocina?”.
Sor Juana recopiló en un libro treinta y seis recetas de las monjas jerónimas. Entre gramos, cucharadas y gotitas, la décima musa ofrece una representación gastronómica del mundo mestizo: aguacate aderezado con cilantro del Viejo Mundo; harina de trigo mezclada con “los postres que cuelgan de los árboles” —guanábanas, mameyes, mangos y chicozapotes—; estofado de cerdo acompañado por quelites y nopales, bañado con una salsa de tomates criollos y chiles calentados en el comal y hermanados en un molcajete.
La cocina novohispana se forjó en los conventos. Rompope, cajeta, ate, aguas frescas y natillas. Los experimentos no pararon hasta lograr la cristalización de las frutas y la extracción de los nutrientes de aves y terneros. Otro gran descubrimiento fue el mole. De todo esto habla el libro de Sor Juana; de comida y de poesía, de comida poética: buñuelos de viento, manchamanteles, torta de cielo y bienmesabes… En las primeras páginas describe los pequeños secretos que hacen de la cocina un arte; luego vienen las recetas, la mayoría de ellas postres, a excepción de diez.

¿Qué tal una tortita de arroz estilo Sor Juana?


“En una servilleta se pone a cocer el arroz, así que está cocido se le echa azafrán como para comer. Ya estará hecho el picadillo de pasas, alcaparras, almendras, piñones, huevo cocido, aceitunas y chilitos. Se unta la cazuela con manteca y se echa la mitad del arroz abajo, luego el picadillo y después la otra mitad del arroz. Encima azúcar molida y se pone a dos fuegos”.

En su novela, La venganza de Sor Juana, la escritora Mónica Zagal da a entender que la monja utilizaba sus dotes culinarias para seducir a sus enemigos. Con sus famosos “regalos de chocolate” y otras delicias, lograba salirse con la suya, tener acceso a literatura prohibida y llevar una vida de erudita más que de religiosa.
Al igual que Sor Juana, Botticelli huía del matrimonio. Para lograr su objetivo, la primera tuvo que ingresar a un convento; el segundo sólo tuvo que aprender a cocinar. Su platillo preferido eran los gnocchi con salsa de queso azul, que preparaba con maestría. Y aunque “La enseña de las tres ranas” resultó un fracaso, no así su amor por la comida, especialmente por los quesos, que le gustaban fuertes e inolvidables.
La cocina no es sólo para las mujeres y los chefs. Puede ser un laboratorio, un oráculo, un estudio artístico y un recinto de meditación… Mientras el agua se calienta, las ideas hierven, los aromas viajan, los colores se mezclan, los sabores incitan, convencen o defraudan. Como dijo el jurista y gastrónomo francés Jean Anthelme Brillat-Savarin: “Lo que distingue a un hombre inteligente de los animales es el modo de comer”.

viernes, 22 de abril de 2011

Un mundo kitsch


Hace no mucho curioseaba en una tienda de música. Me senté frente a un modesto, pero brillante Yamaha y comencé a tocar algunos acordes. Me gustó su sonido perlado y dulce, así que seguí tocando un rato más. La tienda estaba desierta y al encargado pareció no molestarle mi pequeño concierto. Un hombre miraba desde la calle hacia el interior. Llevaba un traje beige, sin duda muy caro. Cuando entró, pude ver su corbata de seda multicolor y unos zapatos negros recién salidos del almacén —lo supe porque en uno de ellos arrastraba la etiqueta con el precio. Dejé de tocar cuando el hombre le dijo al encargado: “Deme el piano más caro que tenga”. Di media vuelta y, desde el banquillo, presencié una escena que inevitablemente me recordó a Huicho Domínguez.
El encargado le preguntó al distinguido cliente las características que buscaba en su piano: si lo quería de estudio, de un cuarto de cola, de media cola, de tres cuartos o de gran cola; si era para él o para alguien más; si el pianista en cuestión comenzaba a estudiar música o era un profesional… El hombre contestó que lo quería de gran cola, que no había pianista y que el piano lo quería para adornar su sala —que por cierto había comprado en una tienda muy chic de Polanco. Había un espacio imperdonable entre la chimenea y la piel de leopardo sobre la que se encontraba la mesita de té, y le pareció una buena idea llenarlo con un piano. El encargado hizo un esfuerzo por no soltar la carcajada. Por suerte, yo pude esconderme detrás del Yamaha y taparme la boca con las manos. Tras mostrarle un Steinway lacado negro brillante, con tres pedales y teclas de marfil, Don Catrín de la Fachenda dijo que pagaría en una sola exhibición, pero que había un pequeño detalle: quería que el Steinway fuera morado como el terciopelo de sus carísimos sillones. Cuando lo vimos alejarse en su Ferrari, pudimos reírnos a nuestras anchas. Sentimos lástima por el piano. Iba a convertirse en el trofeo más kitsch de la historia.
Kitsch son las reproducciones de obras famosas, las piedras de plástico verde que pretenden ser esmeraldas, la ropa de peluche (en realidad, cualquier cosa forrada en peluche), los muebles “estilo Luis XVI” pintados de dorado, las “Barbies” con rebaba, los Vochos convertibles, las repisas atiborradas de figuritas de porcelana o de íconos religiosos, los zapatos imitación piel de cocodrilo y, por supuesto, los pianos morados... En pocas palabras, todo aquello que aparenta ser, pero no es, o que resulta pretencioso y aberrante.
Kitsch también es una tendencia artística, aunque algunos argumentan que es la antítesis del arte. Fusión caótica de elementos cuya última consecuencia es la cursilería o, de acuerdo con la tradición académica, el mal gusto. Un ejemplo son las mansiones californianas construidas durante la década de los treinta, cuando Hollywood se llenó de nuevos ricos que imitaban el estilo de vida de los nobles europeos. Barroco por aquí, gótico por allá, un poco de rústico y un toque de florentino… chimeneas colosales, retratos idílicos de inexistentes antepasados, alfombras de oso, escudos nobiliarios más falsos que un billete de dos dólares, estatuas de dioses griegos y fuentes con niños desnudos que escupen agua por la boca. La pretensión de algunos llegó al exceso de comprar títulos nobiliarios en subasta.
En México sucedió algo similar durante el Porfiriato, cuando el afrancesamiento se apoderó incluso de la cocina. Canapés untados con paté y burbujeante champagne en las copas de damas y caballeros. Fromage en lugar de queso; gigot en vez de guisado. Salvador Novo dijo alguna vez: “¿Quién iba a pedir un caldo con verduras y menudencias, como el que sorbía y soplaba en su casa, si en la minuta del restaurante podía señalar el renglón que anunciaba lo mismo, pero con el nombre elegante de petite marmite?”.
Así como la alta clase mexicana quería imitar a los nobles, las clases menos favorecidas imitaban a los “preciosos ridículos” que se pavoneaban los domingos por la Alameda. Fue así como a modo de teléfono descompuesto nació la famosa Fiesta de quince años: un ritual de iniciación inspirado en los bailes para debutantes de la nobleza inglesa y la alta burguesía francesa del siglo XIX (con algunas variantes, claro está): vestidos que parecen salidos de una pastelería, zapatillas de plástico que aparentan ser de cristal, carrozas en forma de calabaza como la de la Cenicienta, y una corte de chambelanes ataviados con uniformes de príncipes o guardias reales. Celebración kitsch a diestra y siniestra.
Kitsch es un término alemán que significa “cursi”. Etimología ya de por sí peyorativa. Regresando al tema del arte, muchos consideran al kitsch como un peligro para la cultura. Sinónimo de ridículo y mal gusto; antagónico del “buen arte” por ser demasiado democrático y superficial, porque sólo le interesa imitar los efectos. Desde este punto de vista, el kitsch es un pastiche, una expresión popular agradable, pero no estética, la negación del arte académico. Entonces, ¿un póster del Jardín de las delicias es un peligro para la cultura? El arte se ha convertido en un producto de masas: playeras, borradores, separadores de libros, rompecabezas y toda una parafernalia de artículos con reproducciones de obras que los propios museos venden en sus tiendas de recuerdos. Arte para todos, llévele, llévele.
Artistas pop y conceptuales han utilizado lo kitsch sin discreción. Andy Warhol inmortalizó uno de los productos más kitsch del mercado: la sopa Cambell´s —infusión sin valor nutrimental lista para engañar a los invitados con su apariencia de “hecha en casa”. Amalia Mesa-Bains, artista conceptual chicana, encontró la expresión de su identidad en un tipo de obra que, según nomenclatura inventada por ella, pertenece al ámbito de “domesticana”: fruto del feminismo chicano que conjuga la defensa de la identidad cultural y la afirmación de la mujer mediante el uso de elementos domésticos pertenecientes a la cultura popular mexicana. Sus instalaciones de altares familiares llenos de fotos e iconos religiosos honran a las mujeres que, como ella, lograron superar barreras sociales. De modo que lo kitsch puede expresar una realidad social, una inquietud personal o un concepto. Si bien no se caracteriza por la complejidad de la técnica, es una forma válida de expresión artística.
Sin embargo, así como no todo lo que brilla es oro, no todo lo kitsch es arte. Muchas veces es sinónimo de ridículo, pretensión y cursilería. Pero, ¿qué sería del mundo sin los Huichos Domínguez, la joyería falsa, los tableros de peluche, los muebles forrados en plástico, las bolsas de mercado, los altares dedicados a estrellas del futbol, los pósters de obras famosas, las máscaras de luchador, los cuadros de payasos tristes, el poliuretano o la imitación piel? Un lugar muy aburrido, seguramente.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Zeitgeist: un mundo sin dinero


El dinero es la piedra filosofal que convierte a los animales en filetes; a los ladrillos en casas; a las sustancias en medicamentos; a los árboles en muebles y al conocimiento en educación. Para sobrevivir, el hombre debe ser un alquimista del dinero. Trabajar y ganar billetes para consumir, consumir, consumir... El mundo es un centro comercial habitado por una especie llamada homo consumens. Su objetivo: comerlo todo, usarlo todo, acabar con todo.
Pero no cualquiera puede comprar igual en el centro comercial que es el mundo. Algunos trabajan en las tiendas y consumen sólo un poco. Otros limpian y cuidan del centro comercial: compran lo necesario. La mayoría pasea por los pasillos de este limbo con la esperanza de, algún día, tener mucho dinero para comprar cosas mejores: alcanzar la redención económica. En el nivel más alto se encuentran los dueños del World, Inc. Ellos pueden comprar lo que deseen y a quien deseen. Después de todo, el mundo les pertenece.
De acuerdo con John Locke, “no puede haber injuria donde no hay ninguna propiedad”. Sin embargo, el mundo se encuentra repartido de norte a sur y de este a oeste. Líneas que cruzan el mapa con capricho. Algunas conforman cuadrados casi perfectos; otras siguen el cauce de un río y parecen haber sido dibujadas por una mano temblorosa. Cada país, cada isla, cada montaña… tiene una etiqueta con el nombre del propietario. El problema comenzó con una afirmación muy simple: “esto es mío”. Pero, ¿bajo qué criterio se decidió que el terreno inscrito entre el árbol número cinco y el árbol número veinte pertenecía a la tribu “X”? Alguno muy arbitrario, seguramente.
La realidad es que la tierra no le pertenece a nadie. La propiedad es una invención humana, un concepto que se ha promocionando durante miles de años y que hoy nos parece completamente natural. Lo mismo sucede con el dinero. Se ha convenido que unos rectángulos de papel muy especiales y unos círculos de metal muy valiosos son indispensables para obtener bienes. El resultado: un sistema económico que perpetúa el crimen y la disparidad social. Pero, ¿y si la convención cambiara a una economía basada en los recursos?

El Proyecto Venus y la economía basada en los recursos
Este concepto fue desarrollado por Jacque Fresco, arquitecto de 95 años de edad que ha dedicado gran parte de su vida a diseñar hermosas ciudades del futuro. Su propuesta es cambiar la economía de crecimiento por una economía de equilibrio dinámico; sustituir el modelo competitivo por uno de colaboración; pasar de la propiedad al acceso (usar y devolver los bienes, no poseerlos); y, finalmente, eliminar al dinero.
Según Fresco, la tecnología es lo único que puede liberar al hombre del sufrimiento, ya que sólo la tecnología es capaz de resolver los problemas que durante miles de años han acosado a la humanidad. Tecnología es un lápiz, un medicamento o un robot; es todo aquello que nos facilita el trabajo. Los políticos pueden hacer leyes y declarar guerras, pero no pueden desaparecer la injusticia ni liberar a los seres humanos del dolor, pues en un sistema monetario como en el que vivimos no existe el dinero suficiente para que todos tengamos la misma calidad de vida. No obstante, sí existen los recursos naturales suficientes para que todos podamos vivir en la abundancia. Y lo único que se interpone entre nosotros y la abundancia es el dinero.
Jacque Fresco también es el fundador del Proyecto Venus, una organización sin afanes de lucro que pugna por el rediseño total de nuestra cultura. Transformar el centro comercial en un paraíso tecnológico en el que no exista el dinero y los recursos se encuentren igualmente disponibles para cualquiera. Todos los sistemas económicos de la historia han perpetuado la estratificación social y el elitismo. En una economía basada en los recursos, los bienes y servicios se encontrarían disponibles sin la necesidad de emplear dinero o cualquier otra forma de deuda o servidumbre. Si todo el dinero del mundo fuera destruido y los recursos y las fábricas fueran dejados intactos, el hombre seguiría siendo capaz de crear y construir para satisfacer sus necesidades.
El proyecto también propone la utilización de energías limpias para la construcción de ciudades tecnológicas y autosuficientes que no dañen al planeta. Al mejorar la infraestructura, mejoraría también la calidad de vida: nos convertiríamos en una sociedad más humana. La economía basada en los recursos y el diseño estratégico son las armas con las que el Proyecto Venus pretende cambiar el curso de la historia.

Imagine una ciudad futurista, atravesada por trenes veloces como el rayo, con edificios curvilíneos que absorben la energía del sol para funcionar, adornada por pastizales, lagos y árboles de todo tipo... Una ciudad en la que el trabajo, el dinero y las profesiones monótonas no existen, pues todo es realizado por el brazo metálico de un robot. En esta ciudad ideal, hay centros de arte, de música, escuelas y hospitales. Las guerras, la injusticia, la política y la hambruna no son más que un lamentable recuerdo... Usted sólo tendría que preocuparse por ser feliz. La ciudad haría todo el trabajo. Jacque Fresco afirma que este lugar de ensueño podría ser una realidad, si no fuera por la resistencia que oponen los grupos de poder.

Movimiento Zeitgeist

El Movimiento Zeitgeist es el brazo activista del Proyecto Venus. En alianza con Fresco, el director de cine Peter Joseph escribió, dirigió y produjo tres documentales que circulan gratuitamente por la red y que se han convertido en un fenómeno mundial: Zeitgeist, The movie; Zeitgeist, Addendum; y Zeitgeist, Moving forward. Subtitulada en más de ochenta idiomas, la saga pretende crear conciencia; desenmascarar al sistema político y económico y a otros organismos de poder como la Iglesia; hacer que el mayor número de personas abra los ojos, escuche su mensaje y se convenza de que el Proyecto Venus es la solución a la injusticia. Si nueve niños mueren de hambre cada minuto, si la mayoría vive en la escasez, si el dinero es más valioso que una vida humana, algo anda muy mal. El sistema no funciona.

Los documentales —conmovedores, inteligentes, poderosos— han logrado persuadir a miles de personas de colaborar con la causa. Desde 2007, cada 13 de marzo se lleva a cabo el llamado “Z-day”, un evento global, en el que este año participaron 1000 sedes, que tiene por objetivo proporcionar información acerca de los avances que ha logrado el movimiento, seguir creando conciencia y entrenar a los nuevos activistas.

Jacque Fresco y Peter Joseph tienen la esperanza de que el movimiento conmueva a los gobernantes y de que éstos les brinden su apoyo. “El Proyecto Venus no es una utopía”, declaró Joseph en el Z-day que se llevó a cabo hace un par de meses en Londres. Pero, ¿cómo convencer a las élites de poder?, ¿cómo destruir al centro comercial? Además, para construir estas ciudades ultra tecnológicas y paradisiacas, ¿no será necesario el dinero? Gran paradoja, si lo que se busca es crear un mundo en el que no exista el dinero…

Críticas más comunes
Periodista: “El Proyecto Venus es una especie de marxismo con robots.”
Peter Joseph: “Zeitgeist pretende apegarse a la ley natural. No tiene nada que ver con el comunismo.”

Periodista: “Ustedes quieren reeducar y adoctrinar a la gente.”
Peter Joseph: “El proceso evolutivo de los humanos es un constante proceso de reeducación.”

Periodista: “Esto parece un sistema totalitario.”
Peter Joseph: “Si no quieres vivir en mi sociedad, no vivas en ella. Ante todo, Zeitgeist aboga por el libre albedrío. Los sistemas totalitarios no funcionan, sólo crean resentimiento.”

Evidentemente, el proyecto tiene sus debilidades. La teoría, como en el comunismo, suena muy bien, pero en la práctica el resultado podría ser desastroso. Por otra parte, cabe preguntarnos: ¿este modelo va acorde con la naturaleza humana? Tal vez sólo una ciudad experimental diseñada por Fresco pueda darnos respuesta. Sin embargo, es incuestionable que algo anda muy mal con el mundo, que el sistema no funciona, que las especies se extinguen, que los niños mueren de hambre, que la esclavitud no ha sido abolida, que la corrupción ha invadido cada esfera del organigrama, que las élites de poder asesinan por dinero… Seguir consumiendo como autómatas o abrir los ojos. Esa es la cuestión.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Los hermanos que creían en cuentos de hadas


Hace muchos años —poco más de doscientos— dos hermanos salieron de casa sin la menor idea de que su apellido sería conocido en todo el mundo. Inspirados por el movimiento romántico, idearon un plan para acercarse a los campesinos de la comarca de Kassel, en la vieja Alemania, y escuchar de viva voz los relatos que, durante cientos de años, se habían transmitido de generación en generación; cuentos que consideraban una forma primitiva de poesía y que contenían la sabiduría y el folclore de la cultura germana. Jakob y Wilhelm, pues esos eran sus nombres, recorrieron la comarca que los había visto nacer y se dieron a la tarea de recolectar historias que luego reproducirían en un libro imprescindible: Cuentos de Grimm. Solían llamarles Jakob el científico y Wilhelm el poeta. El primero estaba más interesado en la investigación; el segundo simplemente se dejaba seducir por las palabras de los más humildes, aquéllos que trabajaban bajo el sol y que probablemente no sabían escribir siquiera su nombre.
Durante su recorrido, los hermanos Grimm se encontraron con viejas y labriegos de ojos iluminados por el recuerdo de las historias que sus abuelos habían contado a sus padres y que éstos habían repetido para ellos. Wilhelm se encargó de la elaboración de los cuentos a partir de los datos que su hermano le proporcionaba. Fiel a los testimonios, y con un estilo sencillo y encantador, Wilhelm aseguró en el papel la inmortalidad de esos relatos que, por tanto tiempo, se habían conservado únicamente en la memoria. Clásicos de la literatura infantil, pero que ningún adulto debe menospreciar porque suponen verdades puras de los inicios, del valor, la justicia y la belleza.
En el prólogo de su libro, Cuentos infantiles del hogar, los hermanos Grimm escriben: “En el interior de estas obras se encuentra la misma pureza por la que los niños nos parecen tan encantadores y felices: tienen, por decirlo así, los mismos ojos blancos y azulados, y que no pueden ya crecer más, mientras que los restantes miembros son todavía tiernos, débiles e incapaces de laborar la tierra. La mayoría de las situaciones son tan sencillas que probablemente casi todas se dieron en la vida; pero, como todo lo verdadero, son siempre nuevas y conmovedoras”.
La mayoría de los relatos encierra una lección moral, como los de Las mil y una noches: colección de cuentos que expresa el folclor del mundo árabe y en cuya primera página puede leerse: “Que las leyendas de los antiguos sean una lección para los modernos, a fin de que el hombre aprenda en los sucesos que ocurren a otros que no son él. Entonces respetará y comparará con atención las palabras de los pueblos pasados y lo que a él le ocurra, y se reprimirá. Por esto: ¡gloria a quien guarda los relatos de los primeros como lección dedicada a los últimos”. Las mil y una noches es al mundo árabe lo que los Cuentos de Grimm al germano.
Una de las historias más bellas recogidas por los hermanos es la de “Alicia, la mujer del pescador”. Un pescador, bueno y honrado, vivía con su esposa en una humilde cabaña en el campo. Maldita sea la mañana en que pescó algo prodigioso: un príncipe a quien un hada había convertido en pez. Agradecido por haberlo dejado en libertad, el príncipe quiso regresar el favor al pescador, y aunque éste estaba conforme con lo que tenía, no así su mujer. Primero deseó una casita con dos habitaciones, una cocina, un corral con pollos y un jardincito. Al poco tiempo, Alicia se sintió inconforme y quiso un palacio; después deseó ser reina, luego emperatriz, y también le pidió sabiduría al pez encantado. Su ambición demostró no tener fin cuando envió al pobre de su esposo a pedirle al príncipe que la convirtiera en reina del sol y la luna, pues no le gustaba que los astros se movieran en el cielo sin su permiso. Enfurecido, el pez le dijo al pescador: “¡No será! Vuelve a tu casa, que ya no es el magnífico palacio que dejaste hace un momento, sino la humilde cabaña que tuviste al principio, y confórmate con que no os castigue a ti y a tu mujer como merecéis, por haber sido tan ambiciosos”.
Entre los cuentos que escucharon los hermanos Grimm durante su recorrido se encuentran: “Pulgarcito”, “Juan con suerte”, “El sastrecillo listo”, “La pastora de gansos”, “Las tres hilanderas” y “Los músicos de Brema”. Sin embargo, los cuentos más famosos que han sido llevados a las pantallas chica y grande no son de origen germano. “La princesita Blancanieves”, “La Cenicienta”, “Caperucita roja”, “La bella durmiente del bosque” y “La madrastra” son narraciones extranjeras que los hermanos convirtieron en materia intrínsecamente alemana.

A diferencia de las películas de Disney…

Blancanieves no revive gracias al beso del verdadero amor y la madrastra no muere al caer de un precipicio. Después de comer la manzana envenenada, Blancanieves muere y los enanos la colocan en un ataúd que llevan a lo alto de una montaña. “Pasó mucho tiempo, mucho; Blancanieves seguía dentro de su ataúd de cristal, tan hermosa como siempre: parecía dormida. Seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y morena como la madera”. Un príncipe le pidió a los enanos que le permitieran llevar a la joven a su palacio, pues no creía poder sobrevivir sin admirar otra vez su belleza. Pero… “al ir por el bosque, los criados tropezaron con unas raíces; y, con el golpe, a Blancanieves se le salió de la boca el pedazo de manzana envenenada. ¡Qué maravilla! En cuanto escupió la manzana, Blancanieves abrió los ojos y levantó la tapa del ataúd”. La malvada reina, que todavía estaba enferma de rabia porque Blancanieves iba a casarse con el príncipe, se arregló lo mejor que pudo para la fiesta. Pero los criados del rey tenían preparadas para ella unas zapatillas de hierro ardiente. …”la madrastra empezó a bailar de dolor, y tanto bailó que se murió”.

No hay ningún hada madrina en el cuento de “La Cenicienta”. Cenicienta plantó una ramita de avellano junto a la tumba de su madre. La rama creció y creció hasta convertirse en un frondoso árbol. En una de las ramas, vivía un pájaro blanco que traía cuanta cosa se le ocurría a Cenicienta. Cuando llegó la invitación de palacio, las hermanastras —que por cierto eran bastante guapas, pero de corazones negros — se pusieron muy contentas y sacaron sus mejores vestidos del armario. Cenicienta —como sabemos— vestía harapos, pero también quería ir al baile y conocer al príncipe. Se puso bajo el avellano que resguardaba la tumba de su madre y dijo: “¡Muévete, arbolito, muévete tesoro! ¡Echa sobre mí tu plata y tu oro!”. Y el árbol se meneó, y el pajarillo que estaba en las ramas le echó a Cenicienta un vestido que era una joya y unos zapatitos de oro. Cabe mencionar que, para engañar al príncipe, la madrastra hizo que sus hijas se cortaran un dedo y un pedazo de talón, pero la sangre sacó a relucir la mentira.

En “La bella durmiente” fueron invitadas doce hadas, y no tres. Tras nacer la princesa —que Tchaikovsky decidió que se llamara Aurora— los reyes dieron una gran fiesta. “Entre los invitados estaban todos sus parientes, sus amigos y toda la gente que conocían, y además las hadas. Las habían invitado para que hicieran regalos maravillosos a la niña. Eran trece las hadas de aquel reino; pero los reyes no tenían más que doce platos de oro para servirles la comida, y por eso no invitaron a la fiesta más que a doce hadas”.

El estudio realizado por Jakob y Wilhelm consagró las historias de su comarca como el modelo perfecto de los cuentos populares infantiles. A mí, los cuentos que los hermanos Grimm escucharon en su viaje, me llegaron en forma de libros bellamente ilustrados. Mi abuela me regaló buena parte de la colección. Ahora deben encontrarse en la biblioteca de algún sobrinito que, como yo, debe esperarlos con ansia cuando se acerca la hora de dormir.

sábado, 22 de enero de 2011

Curiosidades rosas


Millones de mujeres responden al nombre de Rosa. Otras más al de Rosalía, Rosita o Rosamunda, inspirados en el nombre de esta flor que ha cosechado pasiones por todas partes. La rosa ya era considerada antigua cuando el botánico griego Teofrasto escribió sobre la «rosa de cien pétalos», en el año 270 a.C. Basta decir que se han encontrado rosas fosilizadas que datan de cuarenta millones de años. El espectro parece interminable, veinte mil variedades de rosas esparcen su perfume hoy día. Hay rosas en la cocina, en las iglesias, en los perfumes, en el cabello de las mujeres e incluso en algunos rosarios que, originalmente, constaban de ciento sesenta y cinco pétalos de rosa secos y cuidadosamente enrollados. Pero no sólo las flores son prolíficas en el mundo; en la paleta de un pintor pueden encontrarse hasta 50 tonos de rosa: begonia, color piel, rosa persa, salmón, malva, rosa antiguo y rosa bebé…
Ningún pueblo estuvo tan obsesionado con las rosas como el romano. De la fuente del emperador manaba agua de rosas; se usaban pétalos de rosa como relleno de almohadas y como ingrediente de medicinas, pociones de amor y afrodisiacos. En las bacanales no sólo había exceso de comida y bebida, también había exceso de rosas. Para el deleite de sus invitados, Nerón llegó a gastar el equivalente a ciento sesenta y cinco mil dólares en rosas —cabe mencionar que uno de sus invitados murió asfixiado bajo una ducha de pétalos—. La devoción de los romanos por esta flor era tal, que incluso crearon una festividad para ella: la Rosalia.
Para la cultura islámica, la rosa tiene un valor más espiritual. Se dice que cada vez que alguien aspira su perfume, resuena el nombre de Alá. Las rosas se mezclan bien con el agua, por lo que son ideales para preparar helados y pasteles; de hecho, la rosa se ha convertido en ingrediente emblemático de la gastronomía islámica, además de ser muy usada como perfume corporal. La hospitalidad sigue exigiendo que en una casa islámica un invitado sea rociado con agua de rosas al momento de entrar.
A comienzos del siglo XIX, las elegantes rosas de té chinas, que olían como hojas de té frescas cuando se machacaban, provocaron furor en Europa. La cruza de especies chinas y europeas trajo como resultado las llamadas “rosas de té híbridas”. Pétalos amplios o alargados: rojos, amarillos, blancos y hasta violetas; perfumes embriagantes, sobrios o tímidos como adolescentes. Hubo un momento en que el perfume de la rosa estuvo a punto de perderse debido al exceso de hibridación. La especie híbrida de rosa de té más popular del mundo es «Peace», una flor que deslumbra por su colorido múltiple y que refleja todos los espectros de la luz. Fue bautizada con ese nombre el 2 de mayo de 1945, cuando Berlín fue derrotada y se hizo la paz.
Todas las cualidades de la rosa se consideran típicamente femeninas. La rosa simboliza la fuerza de los débiles, como el encanto y la amabilidad. En Romeo y Julieta, de Shakespeare, se lee: I´m the very pink of courtesy —“Soy tan cortés como el color rosa”. El rosa es y ha sido en todos los siglos el color típico de la cortesía y la amabilidad. Es verdad que el rosa es un color suave, tierno y delicado, pero también nos hace pensar en la piel, en un cuerpo desnudo, lo que lo convierte en un color erótico. Junto al blanco, el rosa parece un color completamente inocente, sin embargo, con el violeta y el negro forma el acorde cromático de la seducción y el erotismo. El rosa es como una nube aterciopelada que puede convertirse en tormenta: oscila entre el bien y el mal.
Pero el rosa no siempre fue el color típicamente femenino. El diario financiero más famoso del mundo, The Financial Times, se imprime desde 1888 en papel rosado. También la Gazzeta dello Sport, diario deportivo italiano leído casi exclusivamente por hombres, se imprime en papel rosado. La convención de “rosa para las niñas, azul celeste para los niños” parece tan antigua como los cantos gregorianos. Sin embargo, esta moda nació hace poco, en 1920, y contradice el simbolismo milenario que dicta que el color rojo es masculino; y el rosa, el pequeño rojo, el color de los niños varones. Por ello, desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX, se solía representar al Niño Jesús vestido de color rosa.
El rosa es también el color de las ilusiones y los milagros. Ilusionarse equivale a dormir en una balsa que navega en el cielo, sobre un mar de nubes rosas. Todo lo vemos “color de rosa”. El séptimo cielo es rosa; y, cuando la vida es como un sueño: C’est la vie en rose, dicen los franceses. A los antidepresivos se les llama “píldoras rosas”. El rosa se encuentra en todas las ensoñaciones, es el color de la irrealidad, del romanticismo y el deleite.
Rosella, Rhoda, Rosika, Rosina, Rose, Rosalie, Rosetta, Rosi… El nombre Rosa es uno de los más populares del mundo; el 3% de las mujeres lo nombra como color favorito; la flor que lleva este mismo nombre es la más vendida y poetizada. No obstante, hay que tener cuidado: el color es sugestivo, y por tanto peligroso; las rosas tienen espinas... las mujeres también.