Nick Bradbury


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miércoles, 9 de febrero de 2011

Los hermanos que creían en cuentos de hadas


Hace muchos años —poco más de doscientos— dos hermanos salieron de casa sin la menor idea de que su apellido sería conocido en todo el mundo. Inspirados por el movimiento romántico, idearon un plan para acercarse a los campesinos de la comarca de Kassel, en la vieja Alemania, y escuchar de viva voz los relatos que, durante cientos de años, se habían transmitido de generación en generación; cuentos que consideraban una forma primitiva de poesía y que contenían la sabiduría y el folclore de la cultura germana. Jakob y Wilhelm, pues esos eran sus nombres, recorrieron la comarca que los había visto nacer y se dieron a la tarea de recolectar historias que luego reproducirían en un libro imprescindible: Cuentos de Grimm. Solían llamarles Jakob el científico y Wilhelm el poeta. El primero estaba más interesado en la investigación; el segundo simplemente se dejaba seducir por las palabras de los más humildes, aquéllos que trabajaban bajo el sol y que probablemente no sabían escribir siquiera su nombre.
Durante su recorrido, los hermanos Grimm se encontraron con viejas y labriegos de ojos iluminados por el recuerdo de las historias que sus abuelos habían contado a sus padres y que éstos habían repetido para ellos. Wilhelm se encargó de la elaboración de los cuentos a partir de los datos que su hermano le proporcionaba. Fiel a los testimonios, y con un estilo sencillo y encantador, Wilhelm aseguró en el papel la inmortalidad de esos relatos que, por tanto tiempo, se habían conservado únicamente en la memoria. Clásicos de la literatura infantil, pero que ningún adulto debe menospreciar porque suponen verdades puras de los inicios, del valor, la justicia y la belleza.
En el prólogo de su libro, Cuentos infantiles del hogar, los hermanos Grimm escriben: “En el interior de estas obras se encuentra la misma pureza por la que los niños nos parecen tan encantadores y felices: tienen, por decirlo así, los mismos ojos blancos y azulados, y que no pueden ya crecer más, mientras que los restantes miembros son todavía tiernos, débiles e incapaces de laborar la tierra. La mayoría de las situaciones son tan sencillas que probablemente casi todas se dieron en la vida; pero, como todo lo verdadero, son siempre nuevas y conmovedoras”.
La mayoría de los relatos encierra una lección moral, como los de Las mil y una noches: colección de cuentos que expresa el folclor del mundo árabe y en cuya primera página puede leerse: “Que las leyendas de los antiguos sean una lección para los modernos, a fin de que el hombre aprenda en los sucesos que ocurren a otros que no son él. Entonces respetará y comparará con atención las palabras de los pueblos pasados y lo que a él le ocurra, y se reprimirá. Por esto: ¡gloria a quien guarda los relatos de los primeros como lección dedicada a los últimos”. Las mil y una noches es al mundo árabe lo que los Cuentos de Grimm al germano.
Una de las historias más bellas recogidas por los hermanos es la de “Alicia, la mujer del pescador”. Un pescador, bueno y honrado, vivía con su esposa en una humilde cabaña en el campo. Maldita sea la mañana en que pescó algo prodigioso: un príncipe a quien un hada había convertido en pez. Agradecido por haberlo dejado en libertad, el príncipe quiso regresar el favor al pescador, y aunque éste estaba conforme con lo que tenía, no así su mujer. Primero deseó una casita con dos habitaciones, una cocina, un corral con pollos y un jardincito. Al poco tiempo, Alicia se sintió inconforme y quiso un palacio; después deseó ser reina, luego emperatriz, y también le pidió sabiduría al pez encantado. Su ambición demostró no tener fin cuando envió al pobre de su esposo a pedirle al príncipe que la convirtiera en reina del sol y la luna, pues no le gustaba que los astros se movieran en el cielo sin su permiso. Enfurecido, el pez le dijo al pescador: “¡No será! Vuelve a tu casa, que ya no es el magnífico palacio que dejaste hace un momento, sino la humilde cabaña que tuviste al principio, y confórmate con que no os castigue a ti y a tu mujer como merecéis, por haber sido tan ambiciosos”.
Entre los cuentos que escucharon los hermanos Grimm durante su recorrido se encuentran: “Pulgarcito”, “Juan con suerte”, “El sastrecillo listo”, “La pastora de gansos”, “Las tres hilanderas” y “Los músicos de Brema”. Sin embargo, los cuentos más famosos que han sido llevados a las pantallas chica y grande no son de origen germano. “La princesita Blancanieves”, “La Cenicienta”, “Caperucita roja”, “La bella durmiente del bosque” y “La madrastra” son narraciones extranjeras que los hermanos convirtieron en materia intrínsecamente alemana.

A diferencia de las películas de Disney…

Blancanieves no revive gracias al beso del verdadero amor y la madrastra no muere al caer de un precipicio. Después de comer la manzana envenenada, Blancanieves muere y los enanos la colocan en un ataúd que llevan a lo alto de una montaña. “Pasó mucho tiempo, mucho; Blancanieves seguía dentro de su ataúd de cristal, tan hermosa como siempre: parecía dormida. Seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y morena como la madera”. Un príncipe le pidió a los enanos que le permitieran llevar a la joven a su palacio, pues no creía poder sobrevivir sin admirar otra vez su belleza. Pero… “al ir por el bosque, los criados tropezaron con unas raíces; y, con el golpe, a Blancanieves se le salió de la boca el pedazo de manzana envenenada. ¡Qué maravilla! En cuanto escupió la manzana, Blancanieves abrió los ojos y levantó la tapa del ataúd”. La malvada reina, que todavía estaba enferma de rabia porque Blancanieves iba a casarse con el príncipe, se arregló lo mejor que pudo para la fiesta. Pero los criados del rey tenían preparadas para ella unas zapatillas de hierro ardiente. …”la madrastra empezó a bailar de dolor, y tanto bailó que se murió”.

No hay ningún hada madrina en el cuento de “La Cenicienta”. Cenicienta plantó una ramita de avellano junto a la tumba de su madre. La rama creció y creció hasta convertirse en un frondoso árbol. En una de las ramas, vivía un pájaro blanco que traía cuanta cosa se le ocurría a Cenicienta. Cuando llegó la invitación de palacio, las hermanastras —que por cierto eran bastante guapas, pero de corazones negros — se pusieron muy contentas y sacaron sus mejores vestidos del armario. Cenicienta —como sabemos— vestía harapos, pero también quería ir al baile y conocer al príncipe. Se puso bajo el avellano que resguardaba la tumba de su madre y dijo: “¡Muévete, arbolito, muévete tesoro! ¡Echa sobre mí tu plata y tu oro!”. Y el árbol se meneó, y el pajarillo que estaba en las ramas le echó a Cenicienta un vestido que era una joya y unos zapatitos de oro. Cabe mencionar que, para engañar al príncipe, la madrastra hizo que sus hijas se cortaran un dedo y un pedazo de talón, pero la sangre sacó a relucir la mentira.

En “La bella durmiente” fueron invitadas doce hadas, y no tres. Tras nacer la princesa —que Tchaikovsky decidió que se llamara Aurora— los reyes dieron una gran fiesta. “Entre los invitados estaban todos sus parientes, sus amigos y toda la gente que conocían, y además las hadas. Las habían invitado para que hicieran regalos maravillosos a la niña. Eran trece las hadas de aquel reino; pero los reyes no tenían más que doce platos de oro para servirles la comida, y por eso no invitaron a la fiesta más que a doce hadas”.

El estudio realizado por Jakob y Wilhelm consagró las historias de su comarca como el modelo perfecto de los cuentos populares infantiles. A mí, los cuentos que los hermanos Grimm escucharon en su viaje, me llegaron en forma de libros bellamente ilustrados. Mi abuela me regaló buena parte de la colección. Ahora deben encontrarse en la biblioteca de algún sobrinito que, como yo, debe esperarlos con ansia cuando se acerca la hora de dormir.

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