
En los sueños podemos esperar encontrar todo lo que ha sido significativo en la vida de la humanidad.
Carl Gustav Jung
Antes de sentarme a escribir este artículo, hice un pequeño experimento. Acostada, con la cabeza en mi almohada favorita, los ojos cerrados y los sentidos despiertos, imaginé el lugar adonde quería ir esa noche. Me concentré en recuerdos antiguos pero vívidos. Apenas instantes. Recordé las palabras, los colores, las expresiones y la disposición de los objetos. Entré en un estado meditativo… la visión se transformó en sueño, y en el sueño me encontraba en el lugar que había imaginado. Sin embargo, casi inmediatamente empezaron a operar reglas que desafiaban a la lógica. La pista de hielo se convirtió en un templo. Una estatua de bronce del dios Vishnú —pero con innumerables brazos— levitaba sobre un estanque de agua negra. Yo estaba descalza. “¡Ahí viene!”, se escuchó una voz. “¡¿Quién viene?!”. Gritos, muchedumbre y una nube de polvo. Terminé en un torneo de ajedrez. “Jaque mate”, dijo el niño pelirrojo.
El inconsciente me llevó al lugar que conscientemente había deseado, pero ipso facto tomó el control. En el cerebro, lo único que se desactiva al soñar es el centro lógico. Por eso los recuerdos colisionan y parece que se abren puertas a otras realidades. ¿Parece? Algunos sueños que he tenido me hacen pensar lo contrario. En uno de ellos leí la Odisea “en una sola acostada”; en otro, escribí una trilogía épica que olvidé poco después de haber despertado. Una vez soñé que temblaba y al día siguiente tembló. Pero más sorprendente fue soñar que una compañera de la secundaria, a la que hace mucho no veía, estaba embarazada y luego enterarme de que en unos meses nacería su bebé.
A veces, cuando soñamos, tenemos la sensación de poseer un conocimiento valiosísimo que se desvanece con la madrugada. Y si logramos recordarlo, lo encontramos descabellado, ilógico, absurdo. Eistein soñó que viajaba en un trineo a la velocidad de la luz. Tiempo después escribió en una pizarra: E=MC². Al no haber un orden lógico, desaparecen los límites y se desata la creatividad. Salvador Dalí decía que sus obras eran “fotografías de sueños pintadas a mano”. ¿Cuántas pinturas, libros o ciudades se habrán llevado el gallo o el despertador?
Ahora, ¿es posible predecir el futuro a través de los sueños? Lo del temblor y mi compañera de la secundaria bien pudieron ser casualidades, sin embargo los sueños premonitorios han sido materia debatible desde la antigüedad. Tres días antes de morir, Sócrates le dijo a su discípulo Critón que había soñado con una hermosa dama que le llamaba por su nombre y le recitaba un verso de Homero: “Dentro de tres días, veréis los campos”. Tres días después, Sócrates bebió la cicuta. También cuentan que Sófocles encontró una copa de oro que había sido robada de un templo porque, en sueños, Hércules le indicó el lugar donde los ladrones la habían escondido. No obstante, Cicerón —uno de los más grandes oradores de Roma— aseguró que aquellos que se atribuían la capacidad de ver el futuro en sueños no eran más que habladores. No me atrevería a llamarle hablador a Charles Dickens por confesar haber tenido el siguiente sueño:
“Soñé con una dama que llevaba un chal rojo y me daba la espalda. Cuando se volvió, advertí que no la conocía. Dijo: ‘Soy Miss Napier’. A la mañana siguiente, mientras me vestía, pensé: ¡qué cosa más absurda tener un sueño tan preciso acerca de nada! ¿Y por qué Miss Napier? Jamás había escuchado de ninguna Miss Napier. Aquel mismo viernes por la noche, estuve leyendo en la sala. Entraron Miss Boyle con su hermano, y venían con la dama del chal rojo. Me la presentaron como Miss Napier.”
Quizá el más célebre de los sueños premonitorios sea el que tuvo Abraham Lincoln. Pocos días antes de ser asesinado, le contó a su esposa que soñó que entraba en la Casa Blanca y veía allí un catafalco rodeado por la guardia de honor. “¿Quién es el muerto?”, preguntó. “Es nuestro presidente. Ha sido asesinado”. Le respondió uno de los soldados.
La cantidad de sueños premonitorios que se reportan es tal, que en diferentes partes del mundo se han abierto centros para recolectar las premoniciones del público y así contrarrestar la opinión de que siempre se dan a conocer después de ocurridos los hechos.
Para Freud, los sueños eran estructuras llenas de significación —susceptibles de ser interpretadas— que tenían por objeto solucionar conflictos relacionados con deseos no satisfechos. Jung decía que a través de los sueños el individuo podía ponerse en contacto con los arquetipos universales, es decir, los mitos que explican el origen de todas las cosas (teoría del inconsciente colectivo). Según la mecánica cuántica, los sueños son realidades que pueden vivirse y materializarse en este plano, en el que te encuentras ahora, mientras lees —realidades probables que ayudan al autoconocimiento—, y la conciencia está dividida en láminas de realidades en distintas dimensiones. Desde esta perspectiva, los sueños premonitorios son videncias de ciertas ondas de posibilidad que se encuentran más cerca de materializarse.
Sé que todo esto suena a embrollo y ciencia ficción, sin embargo la mecánica cuántica es una de las principales ramas de la física y uno de los descubrimientos científicos más importantes de la historia. Entre otras cosas, habla de la teoría de los universos paralelos, que dice que los átomos existen en universos diferentes y que, por tanto, los humanos también existimos en más de un lugar y en más de un estado mental: en diferentes universos. Y uno de esos universos es el sueño.
Aunque éstas son meras teorías, hoy por la noche, cuando me encuentre en el plano donde operan leyes ilógicas, intentaré superar mi primer experimento: tomar el control, tener conciencia de que estoy soñando, inducir un sueño lúcido. Quiero ver a los hombres del futuro, nadar en un río color violeta, sentir la ingravidez, descubrir civilizaciones y conversar con sus ancianos, sortear asteroides y presenciar la muerte de una estrella. ¿Es mucho pedir? Coincido con el escritor Bernard Shaw: “Ves cosas y dices ‘¿por qué?’. Yo sueño cosas que nunca fueron y digo ‘¿por qué no?’.


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