Nick Bradbury


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viernes, 22 de abril de 2011

Un mundo kitsch


Hace no mucho curioseaba en una tienda de música. Me senté frente a un modesto, pero brillante Yamaha y comencé a tocar algunos acordes. Me gustó su sonido perlado y dulce, así que seguí tocando un rato más. La tienda estaba desierta y al encargado pareció no molestarle mi pequeño concierto. Un hombre miraba desde la calle hacia el interior. Llevaba un traje beige, sin duda muy caro. Cuando entró, pude ver su corbata de seda multicolor y unos zapatos negros recién salidos del almacén —lo supe porque en uno de ellos arrastraba la etiqueta con el precio. Dejé de tocar cuando el hombre le dijo al encargado: “Deme el piano más caro que tenga”. Di media vuelta y, desde el banquillo, presencié una escena que inevitablemente me recordó a Huicho Domínguez.
El encargado le preguntó al distinguido cliente las características que buscaba en su piano: si lo quería de estudio, de un cuarto de cola, de media cola, de tres cuartos o de gran cola; si era para él o para alguien más; si el pianista en cuestión comenzaba a estudiar música o era un profesional… El hombre contestó que lo quería de gran cola, que no había pianista y que el piano lo quería para adornar su sala —que por cierto había comprado en una tienda muy chic de Polanco. Había un espacio imperdonable entre la chimenea y la piel de leopardo sobre la que se encontraba la mesita de té, y le pareció una buena idea llenarlo con un piano. El encargado hizo un esfuerzo por no soltar la carcajada. Por suerte, yo pude esconderme detrás del Yamaha y taparme la boca con las manos. Tras mostrarle un Steinway lacado negro brillante, con tres pedales y teclas de marfil, Don Catrín de la Fachenda dijo que pagaría en una sola exhibición, pero que había un pequeño detalle: quería que el Steinway fuera morado como el terciopelo de sus carísimos sillones. Cuando lo vimos alejarse en su Ferrari, pudimos reírnos a nuestras anchas. Sentimos lástima por el piano. Iba a convertirse en el trofeo más kitsch de la historia.
Kitsch son las reproducciones de obras famosas, las piedras de plástico verde que pretenden ser esmeraldas, la ropa de peluche (en realidad, cualquier cosa forrada en peluche), los muebles “estilo Luis XVI” pintados de dorado, las “Barbies” con rebaba, los Vochos convertibles, las repisas atiborradas de figuritas de porcelana o de íconos religiosos, los zapatos imitación piel de cocodrilo y, por supuesto, los pianos morados... En pocas palabras, todo aquello que aparenta ser, pero no es, o que resulta pretencioso y aberrante.
Kitsch también es una tendencia artística, aunque algunos argumentan que es la antítesis del arte. Fusión caótica de elementos cuya última consecuencia es la cursilería o, de acuerdo con la tradición académica, el mal gusto. Un ejemplo son las mansiones californianas construidas durante la década de los treinta, cuando Hollywood se llenó de nuevos ricos que imitaban el estilo de vida de los nobles europeos. Barroco por aquí, gótico por allá, un poco de rústico y un toque de florentino… chimeneas colosales, retratos idílicos de inexistentes antepasados, alfombras de oso, escudos nobiliarios más falsos que un billete de dos dólares, estatuas de dioses griegos y fuentes con niños desnudos que escupen agua por la boca. La pretensión de algunos llegó al exceso de comprar títulos nobiliarios en subasta.
En México sucedió algo similar durante el Porfiriato, cuando el afrancesamiento se apoderó incluso de la cocina. Canapés untados con paté y burbujeante champagne en las copas de damas y caballeros. Fromage en lugar de queso; gigot en vez de guisado. Salvador Novo dijo alguna vez: “¿Quién iba a pedir un caldo con verduras y menudencias, como el que sorbía y soplaba en su casa, si en la minuta del restaurante podía señalar el renglón que anunciaba lo mismo, pero con el nombre elegante de petite marmite?”.
Así como la alta clase mexicana quería imitar a los nobles, las clases menos favorecidas imitaban a los “preciosos ridículos” que se pavoneaban los domingos por la Alameda. Fue así como a modo de teléfono descompuesto nació la famosa Fiesta de quince años: un ritual de iniciación inspirado en los bailes para debutantes de la nobleza inglesa y la alta burguesía francesa del siglo XIX (con algunas variantes, claro está): vestidos que parecen salidos de una pastelería, zapatillas de plástico que aparentan ser de cristal, carrozas en forma de calabaza como la de la Cenicienta, y una corte de chambelanes ataviados con uniformes de príncipes o guardias reales. Celebración kitsch a diestra y siniestra.
Kitsch es un término alemán que significa “cursi”. Etimología ya de por sí peyorativa. Regresando al tema del arte, muchos consideran al kitsch como un peligro para la cultura. Sinónimo de ridículo y mal gusto; antagónico del “buen arte” por ser demasiado democrático y superficial, porque sólo le interesa imitar los efectos. Desde este punto de vista, el kitsch es un pastiche, una expresión popular agradable, pero no estética, la negación del arte académico. Entonces, ¿un póster del Jardín de las delicias es un peligro para la cultura? El arte se ha convertido en un producto de masas: playeras, borradores, separadores de libros, rompecabezas y toda una parafernalia de artículos con reproducciones de obras que los propios museos venden en sus tiendas de recuerdos. Arte para todos, llévele, llévele.
Artistas pop y conceptuales han utilizado lo kitsch sin discreción. Andy Warhol inmortalizó uno de los productos más kitsch del mercado: la sopa Cambell´s —infusión sin valor nutrimental lista para engañar a los invitados con su apariencia de “hecha en casa”. Amalia Mesa-Bains, artista conceptual chicana, encontró la expresión de su identidad en un tipo de obra que, según nomenclatura inventada por ella, pertenece al ámbito de “domesticana”: fruto del feminismo chicano que conjuga la defensa de la identidad cultural y la afirmación de la mujer mediante el uso de elementos domésticos pertenecientes a la cultura popular mexicana. Sus instalaciones de altares familiares llenos de fotos e iconos religiosos honran a las mujeres que, como ella, lograron superar barreras sociales. De modo que lo kitsch puede expresar una realidad social, una inquietud personal o un concepto. Si bien no se caracteriza por la complejidad de la técnica, es una forma válida de expresión artística.
Sin embargo, así como no todo lo que brilla es oro, no todo lo kitsch es arte. Muchas veces es sinónimo de ridículo, pretensión y cursilería. Pero, ¿qué sería del mundo sin los Huichos Domínguez, la joyería falsa, los tableros de peluche, los muebles forrados en plástico, las bolsas de mercado, los altares dedicados a estrellas del futbol, los pósters de obras famosas, las máscaras de luchador, los cuadros de payasos tristes, el poliuretano o la imitación piel? Un lugar muy aburrido, seguramente.

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