Nick Bradbury


Powered By Blogger

lunes, 30 de agosto de 2010

Viajes en el tiempo: ¿ciencia o ciencia ficción?


Un día alguien me regaló un libro fascinante. Se intitulaba La máquina del tiempo y relataba la historia de un científico que había ideado un artefacto que permitía retroceder en el tiempo o hacer viajes al futuro. Esta novela de H.G Wells es una joya que avivó el genio de muchos. Literatos y cineastas comenzaron a bombardear sus creaciones con elementos y personajes inspirados en la obra de Wells, considerado, junto a Julio Verne, uno de los padres de la ciencia ficción.

Es bien sabido que la realidad, en muchas ocasiones, supera a la fantasía. Actualmente es posible enviar misiones comandadas por robots a planetas inhóspitos o ir de paseo a la Luna, sin embargo, aún no desarrollamos la tecnología idónea para trasladarnos al futuro “más rápidamente”, ya que, bajo condiciones normales, viajamos al futuro a una velocidad de un día por un día. ¿Es posible hacer viajes en el tiempo? Antes de precipitarnos, debemos conocer las aportaciones de aquel físico alemán del peinado exuberante: Albert Einstein.

Cuando miramos un quasar que se encuentra a cinco mil millones de años luz de distancia, realmente lo estamos observando como fue hace cinco mil millones de años. Este fue el tiempo que la luz emitida por dicho quasar tardó en llegar hasta nosotros. El comportamiento de los objetos celestes está determinado por una serie de leyes naturales aparentemente inquebrantables. Einsten codificó estas reglas en su Teoría Especial de la Relatividad: la luz (reflejada o emitida) por un objeto se desplaza a idéntica velocidad tanto si el objeto se mueve como si está estacionario. “No sumarás tu velocidad a la velocidad de la luz (300,000 kilómetros por segundo), ni te desplazarás a la velocidad de la luz ni a velocidad superior” . Por más que intentemos rebasar este límite, nos será imposible, aunque si podemos acercarnos lo suficiente (99.9% de la velocidad de la luz). No existe nada en este universo que pueda desplazarse a una velocidad mayor que la de la luz.

Imagine que se encuentra en la máquina del tiempo de Wells. Mientras programa el excepcional artefacto, se pregunta con qué maravillas o personajes se enfrentará. Ha decidido viajar mil años hacia el futuro. A medida que se acerca a la velocidad de la luz, su masa corporal aumenta y siente que el tiempo corre cada vez con mayor lentitud. Comienza a encogerse debido a la dilatación temporal, el mundo se vuelve sumamente extraño: todo acaba comprimido en una especie de ventana circular.

Esto es lo que sucedería si lograra acercarse lo suficiente a la velocidad de la luz. Apenas envejecería, pero sus amigos y parientes, que se han quedado en la Tierra, seguirían envejeciendo a un ritmo normal. Un viaje a velocidad próxima a la de la luz es una especie de elixir de la vida. Puesto que el tiempo va más lento a una velocidad cercana a la de la luz. El tiempo no está completamente separado e independiente del espacio, sino que por el contrario, se combina con él para formar un objeto llamado espacio-tiempo.

La aceleración que caracteriza a la fuerza de gravedad es la que nos mantiene sobre la superficie de la Tierra. Se le denomina 1 g, donde g es la gravedad de la Tierra. Esta es la aceleración a la que estamos acostumbrados. Si viajáramos en una nave espacial que pudiese acelerar a 1 g, nos encontraríamos en un ambiente completamente cómodo y natural.

Uno de los aspectos más importantes de la Teoría General de la Relatividad, que Einstein desarrolló con posterioridad a su Teoría Especial, es la equivalencia entre las fuerzas gravitatorias y las fuerzas que sentiríamos en una nave intergaláctica en aceleración. Después de un año de estar en el espacio con una aceleración continua de 1 g, tendríamos una velocidad próxima a la de la luz.

Parece ser que los viajes al futuro no son tan inverosímiles, aunque es evidente que aún no estamos tecnológicamente maduros para cristalizarlos. De acuerdo a Juan Echeverría, astrónomo del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente somos capaces de alcanzar apenas el 0.01% de la velocidad de la luz. Cree que podríamos alcanzar hasta el 1%, no obstante, las economías de los países no cuentan con el presupuesto necesario para trabajar en los avances tecnológicos pertinentes: “gastamos el 80% de nuestros recursos en guerras, no tiene sentido planear viajes interestelares”, afirma. Para alcanzar dicho objetivo, las distintas asociaciones espaciales tendrían que aliarse, lo cual resulta sumamente improbable. En cuanto a los viajes al pasado, Echeverría opina que son imposibles: “lo que se puede hacer es viajar más rápido por el espacio, es decir, viajar más rápido al futuro”.

Otra alternativa podría ser la utilización de energía nuclear como combustible para acelerar las naves. Muchos hombres de ciencia coinciden en que la energía nuclear aumentaría considerablemente la velocidad de los cohetes. Desafortunadamente, aún nos encontramos muy lejos de poder manipular este tipo de energía. Nahieli Flores, al igual que Juan Echeverría, es astrónoma del Instituto de Astronomía de la UNAM. Afirma que la radiactividad no es del todo segura y que nuestro conocimiento acerca de la fusión y la fisión nuclear es muy limitado.

Juan Echeverría y Nahieli Flores concuerdan en que durante las décadas venideras lograremos realizar viajes interplanetarios tripulados. La tecnología avanza rápidamente y lo que puede parecer imposible ahora, será pan comido en un futuro no muy lejano. Según Echeverría: “en los próximos cien años vamos a tener pequeñas colonias en la Luna y en Marte, así como estaciones espaciales habitadas de manera regular, siempre y cuando no acabemos primero con el planeta”.

Es menester que las potencias del mundo reorganicen sus prioridades. La supervivencia de la especie humana depende directamente de la exploración espacial y de la investigación científica. La competencia tecnológica entre naciones no va a llevarnos a ninguna parte; el trabajo conjunto podría cumplir el sueño de una máquina del tiempo.

lunes, 23 de agosto de 2010

El Gran Hermano te vigila


"No es indicio de salud estar adaptado a una sociedad enferma".
J. Krishnamurti.

Seguramente ha oído hablar del Gran Hermano, del “Big Brother” que todo lo vigila. Pero tal vez desconozca que “Big Brother” no es un concepto creado por un genio de la industria del entretenimiento, sino por un escritor británico llamado Eric Arthur Blair, mejor conocido como George Orwell. Publicada en 1948, su novela Mil novecientos ochenta y cuatro debería encontrarse en el anaquel de los libros proféticos. Hoy vivimos en el mundo que Orwell imaginó hace más de sesenta años. Y no es un mundo feliz, temo decirle.
En la novela, el Gran Hermano es una figura mesiánica que representa los ideales de un partido político, el Socing, cuyos miembros son vigilados las veinticuatro horas. En sus casas se han instalado cámaras y micrófonos para controlar cada pensamiento y cada acción. Hay espías por todos lados; oídos en las calles y en las oficinas.
La Verdad es una sola, y quien se atreva a refutarla será torturado, en el mejor de los casos. La guerra es algo cotidiano como la lluvia; el Partido escribe la historia, redacta las noticias a su conveniencia y “desaparece” información comprometedora como por arte de magia.
La clase “educada” vive bajo el yugo del Gran Hermano; las masas son libres, pero ignorantes, de modo que nadie se atreve a hacer nada. ¿Aún no ha encontrado la relación entre esta novela y nuestro mundo? Bien, resulta ser que el gobierno (y no me refiero al de México específicamente) escribe la historia. Crea héroes a discreción; leyendas que se convierten en capítulos de enseñanza básica; mitos que se vuelven verdades indiscutibles… Pero el gobierno (y ahora sí me refiero al mexicano) también es controlado; no sólo por los Estados Unidos y otras potencias, sino por los medios masivos de comunicación: el cuarto poder, que hoy por hoy es quién decide qué es la Verdad. Si esta noche López Dóriga anunciara que hemos sido invadidos por una flota de naves extraterrestres y además le mostrara un video (muy bien producido, por cierto) del supuesto ataque, ¿usted le creería? Sólo basta recordar lo que sucedió en 1938, cuando Orson Welles narró por radio una adaptación de La guerra de los mundos aduciendo que se trataba de una noticia de última hora.
Otro elemento de la novela de Orwell que puede encontrar eco en la sociedad actual es el lenguaje. ¿Se ha dado cuenta de cómo el lenguaje se hace cada vez más sintético? Debido a los gadgets y a las redes sociales se ha generado una epidemia de “reduccionitis”. Se omiten letras en las palabras; las letras “q” se intercambian por “kas”, se hacen mescolanzas de idiomas (especialmente con el inglés), y nos comunicamos con símbolos que representan emociones. En Mil novecientos ochenta y cuatro, Orwell introduce una forma sintética de comunicación llamada “neolengua”. El objetivo era lograr que las palabras que resultaban inconvenientes para el Partido se fueran haciendo cada vez más pequeñas hasta desaparecer. Libertad, justicia o compasión… si estas palabras desaparecían, entonces no podrían ser pensadas por las personas y, por lo tanto, dichos valores dejarían de existir.
Pero espere, ahora viene la parte más aterradora. En teoría, nuestras computadoras, correos electrónicos y teléfonos deberían ser privados, sin embargo, la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, encargada de obtener y analizar información transmitida por cualquier medio de comunicación y de garantizar la seguridad de las comunicaciones del gobierno en relación con agencias homólogas de otros países, puede tener acceso a la información privada de cualquier persona del mundo. Entonces, ¿en dónde queda la libertad? Si el gobierno escribe la historia, un libro no es suficiente; y si los medios manipulan la información, no debemos conformarnos con el noticiario nocturno o con leer los encabezados del primer periódico que encontremos. Como decía Goethe: “Nadie es más esclavo que aquél que falsamente cree ser libre”.

domingo, 8 de agosto de 2010

Se solicitan maestros apasionados


El sistema educativo no ha cambiado mucho en las últimas décadas. Al menos en México, continúa siendo excesivamente discursivo. Los alumnos escuchan al profesor, toman notas, participan en clase para ganar puntos extra, y son evaluados con métodos que, en la mayoría de los casos, no demuestran nada. Exámenes confeccionados de manera que el alumno pueda aprenderse todo de memoria sin haber entendido un ápice; ensayos que muchas veces son inspirados por musas cibernéticas… Me parece que el problema radica en una falta de pasión por el estudio y, en muchos casos, por la enseñanza.
Aristóteles sí que era un maestro apasionado. Fundador de la Escuela Peripatética, que en griego significa “ambulante”, llevaba a sus discípulos no a un aula, sino a pasear por el bosque. Los alumnos escuchaban con atención las palabras del filósofo y, después de una larga caminata, todos se sentaban a la sombra de un árbol a debatir. El alumno no sólo ejercitaba su mente y su cuerpo, sino también su espíritu, al encontrarse en contacto directo con la naturaleza.
A diferencia del sistema tradicional de enseñanza, que se caracteriza por la memorización y el ambiente ligeramente militarizado, el método Montessori fomenta la experiencia del descubrimiento en lugar de la simple transmisión de información. De esta forma, el niño formula sus propios conceptos a través del material didáctico y sólo es orientado por el guía cuando es necesario. La enseñanza individualizada y el ambiente dentro del taller alientan la autodisciplina y la independencia. Los alumnos también realizan actividades en equipo, que van desde un proyecto de investigación hasta la limpieza del recinto de estudio.
La Bauhaus fue una escuela de arte en Alemania que se caracterizó por la originalidad de sus métodos de enseñanza, que incluían desde prácticas metafísicas hasta ejercicios dramáticos. Creó un estilo de vida estético; también cambió la forma de concebir al estudiante de arte. Lo liberó del academicismo clásico y respetó su individualidad creativa. Ya no había que estudiar a los escultores griegos y a los pintores renacentistas para empezar a crear. La enseñanza iniciaba en los talleres con los maestros artesanos. De la parte teórica se encargaban artistas como Kandinsky o Paul Klee. Los miembros de la Bauhaus llevaron el arte al ámbito de lo doméstico y del diseño gráfico. Fabricaban juguetes, ornamentos, juegos de ajedrez y utensilios de cocina… hermosos y matemáticamente perfectos. Producían sus productos en masa no para enriquecerse, sino para comunicar sus ideales de paz. Su fundador, Walter Gropius, soñaba con una escuela de arte que ayudara a cambiar al hombre. En un mundo entre guerras mundiales, la Bauhaus significó una bocanada de aire fresco.
Los pedagogos y demás profesionales de la educación pueden estar de acuerdo o no con estos métodos, sin embargo, creo que merecen reconocimiento por el solo hecho de haber intentado generar un cambio. Desde pequeños, los alumnos, en general, asocian la escuela con algo negativo: obligación, competencia, premio y castigo —así educan también a los animales. Tan sólo basta recordar a los perros de Pavlov—. Dicha asociación negativa se prolonga en el tiempo. Los alumnos asisten a la escuela, estudian y realizan sus tareas porque tienen que hacerlo; para estar en el cuadro de honor, para que el director no mande llamar a los padres. Simplemente para aprobar el curso y continuar en el sistema con la misma actitud robótica.
Lo que hace falta son maestros con vocación que transformen a sus alumnos en verdaderos apasionados. Maestros como Aristóteles que, lejos de buscar dinero y reconocimiento, se conformaba con encender la llama de la curiosidad en el corazón de sus discípulos. Como decía el escritor John Ruskin: “Educar a un joven no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía”.

lunes, 26 de julio de 2010

Historia del matrimonio


En India, las mujeres lucen complicados diseños de henna en el cuerpo el día de su boda. Deben aguardar hasta la ceremonia para conocer a su futuro esposo, ya que generalmente los matrimonios son arreglados por los padres de los novios. En las bodas chinas todo es rojo como el amor: el vestido de la novia, las tarjetas de invitación, los ornamentos... Una novia japonesa viste un kimono blanco que simboliza su virginidad, la pureza de su espíritu. En occidente las mujeres también usan ajuares blancos durante la ceremonia religiosa, que generalmente culmina con una lluvia de flores. Los ritos matrimoniales varían de acuerdo a la cultura de cada región, sin embargo, su propósito es el mismo: unir a una pareja para toda la vida... A menos que antes llegue el divorcio.

Modestino definió al matrimonio como “la unión de un hombre y de una mujer para toda la vida, según la ley divina y humana”. Como ahora, el propósito del matrimonio en la Roma antigua era el de formar un hogar, que en el caso de las clases acomodadas, podía incluir a cientos de personas: esposa, hijos, sirvientes, y esclavos... El pater o padre no formaba parte de la familia, ya que era su propietario.

Contrariamente a lo que después dictaría el cristianismo, el matrimonio romano no era indisoluble, simplemente implicaba la voluntad de constituir una sola unidad social, así como el uso de propiedades comunes. Lo que distinguía al matrimonio verdadero del concubinato era el honor matrimonii, la dignidad social y el decoro con que un marido debía tratar a su esposa, y que se manifestaba a través del amor (affectio maritalis). Para que el matrimonio tuviera validez legal, tenía que existir un mutuo consentimiento. Asimismo, debían llevarse a cabo diversos ritos: el compromiso, el acuerdo de la dote, la procesión ceremonial de la novia y de sus acompañantes a la casa del novio, el banquete de bodas, etc.

El matrimonio germánico, mientras tanto, era un acto social en el que bastaba la cohabitación de la pareja. Podía consumarse de tres formas: por compra de la novia, que consistía en una mera transacción comercial (la novia era la mercancía); por rapto o captura, que suponía un secuestro forzado (también es conocido como matrimonio por violación); y por mutuo consentimiento (el más civilizado de todos). Con la llegada del cristianismo, estas costumbres se fueron debilitando hasta desaparecer. Fue así como se logró regular el incesto y, por tanto, las malformaciones en los recién nacidos. Sin embargo, los derechos de los hijos ilegítimos se deterioraron enormemente, ya que el objetivo de la Iglesia era el de eliminar las relaciones irregulares.

La poliandria, por otro lado, es una desviación de la forma típica del matrimonio secular que consiste en la unión de una mujer con varios hombres al mismo tiempo. Ha sido practicada por numerosas tribus en distintos momentos: árabes, bretones, hindúes, tibetanos y neocelandeses, entre otros. Aunque la monogamia y la poligamia son mucho más comunes, existe un número considerable de relaciones poliandras, generalmente fraternas: los esposos de un grupo conyugal son todos hermanos. Cabe destacar que el primer marido tiene mayores derechos conyugales y domésticos que los otros, por lo que, en cierta manera, la poliandria tiende hacia la monogamia. La novia no se casa con un individuo, sino con una familia.

Durante cientos de años, el matrimonio en occidente significó un negocio. En Europa, los casamientos de los nobles eran todos arreglados, constituían una estrategia para hacer vínculos sólidos con otras naciones y así incrementar el poder y la riqueza del reino. Fue en el siglo XVIII cuando se pensó que el enamoramiento debía ser la razón principal para contraer matrimonio. La elección de una pareja dejó de basarse en intereses económicos y políticos, de forma que los sentimientos comenzaron a regir el rumbo de la búsqueda. Dicha concepción permaneció intacta hasta el siglo XX.
A comienzos de la década de los cincuenta, hombres y mujeres de todo el mundo soñaban con el día de su boda. El matrimonio se convirtió en un ideal romántico aprendido en televisión: el marido proveedor, el ama de casa, los hijos encantadores y un perro llamado “Spike” eran los protagonistas de las fantasías juveniles. Las personas se casaban antes de adquirir la madurez suficiente para asumir las responsabilidades que implicaba el matrimonio; es por ello que el índice de divorcios en los Estados Unidos aumentó en un 100% entre 1966 y 1977.

Las últimas décadas se han caracterizado por el debilitamiento de la institución del matrimonio. El secularismo, la inserción de las mujeres al ámbito profesional y una cultura individualista son algunas de las causas por las cuales el futuro del matrimonio, como lo conocemos hoy en día, se antoja incierto. De acuerdo con estadísticas del INEGI, en 2008, los matrimonios en México disminuyeron un 1.5% con respecto al año anterior, los divorcios aumentaron un 3.2%; mientras que dos de cada 10 personas con pareja viven en unión libre. Al parecer estamos volviendo al modelo germánico, en donde la cohabitación de la pareja era suficiente para justificar la formación de un hogar.

Tal vez lo importante no sea el documento que legitima la unión, sino la voluntad de las personas que han decidido unirse. Los matrimonios no se construyen con vestidos hermosos, promesas efímeras ni fiestas inolvidables, sino con amor, comprensión y elecciones conscientes. Idealizar al matrimonio, convertirlo en un cuento de hadas, puede llevarnos a ser infelices el resto de nuestras vidas.

lunes, 19 de julio de 2010

México: ¿qué tal un cambio de imagen?


Siempre es curioso conocer la imagen que en el extranjero tienen de nosotros. A veces, más bien, preocupante. He llegado a escuchar de todo: que si México forma parte de Estados Unidos, que si aquí hablamos portugués, que si conocemos el microondas… Otros imaginan que el país entero es un rancho colmado de gallinas y que el principal medio de transporte es el burro o el caballo. ¿Ignorancia?, ¿demasiadas películas de Pedro Infante? La realidad es que la imagen que proyectamos al mundo deja mucho que desear.
Hace una semana, me encontraba en un hotel en Zurich. Encendí la televisión y busqué algún canal en inglés (desafortunadamente, no hablo alemán y mucho menos el alemán de Suiza), así que me conformé con el noticiario de la BBC de Londres, que ese día presentaba un documental acerca de la corrupción en México. Vi los rostros de algunos gobernadores, granaderos, mexicanos quejándose de la situación económica y de la inseguridad; luego un par de periodistas ingleses se adentró en el ya gastado tema del narco. En ese momento, apagué la televisión y miré por la ventana: calles limpias y tranquilas, monumentos bien preservados y montañas espolvoreadas con casitas como sacadas de un cuento de hadas… ¡Nuestro país debe parecerles un infierno!
Pero pocos saben de la belleza del Centro Histórico, de Chapultepec y Tenochtitlán; del Paseo de la Reforma, de las muy primermundistas Santa Fe e Interlomas, del Jardín del Arte en San Jacinto, de la Colonia Condesa y la plaza de Coyoacán. Mucho menos de nuestros valiosísimos museos. Casi nadie ha oído hablar de Puebla de los Ángeles, con más trabajo de la pirámide de Cholula, de Tepoztlán o del Cerro de la Silla. De los ojos tapatíos, de nuestra gastronomía laureada internacionalmente, de la UNAM o de las inigualables playas mexicanas. ¿Cuántos han escuchado al auténtico mariachi? ¿Cuántos han admirado la variedad de nuestras artesanías? ¿Cuántos saben lo que significa el término pueblo mágico? Porque tenemos decenas…
Es verdad que el gobierno es corrupto, que el nivel de analfabetismo es elevado, que las calles son inseguras, que los cárteles son poderosos y que padecemos toda clase de carencias estructurales. Sin embargo, los aspectos negativos no tienen por qué anular nuestra parte luminosa. Tal vez si los medios de comunicación dejaran de cultivar tanto el género del “jodidismo”, las cosas serían diferentes. Debe ser terrible para un extranjero llegar a nuestro país, encender la televisión, y encontrarse con un reportaje sobre el crimen organizado o con un ridículo drama de Televisa. Voto por más contenidos culturales y por mejores estrategias de difusión turística. Aunque me parece que la mejor publicidad para México es la que le hacemos nosotros, los mexicanos.

lunes, 21 de junio de 2010

¡Muy mexicanos y a mucha honra! ¿Te cae?


Una cultura está condicionada por cierta estructura mental del hombre y los accidentes de su historia. En México no podemos hablar de una cultura original, ya que emergimos de los escombros de una y de las imposiciones de otra. En éste, el año del Bicentenario, vale la pena preguntarnos: ¿qué es la mexicanidad?
¡Muy mexicanos y a mucha honra! Hablamos maravillas de la herencia indígena, pero discriminamos a sus descendientes; criticamos a los gringos por habernos quitado la mitad de nuestra tierra; porque siempre meten la nariz en donde nos les llaman, porque estamos hartos de ser su patio trasero... Y, sin embargo, nos partimos el lomo para alcanzar el estilo de vida U.S.A. Por lo tanto, un primer elemento de la mexicanidad es la hipocresía.
Como diría Rodolfo Usigli, “éste es un país de gesticuladores.” Los fracasos de la cultura en nuestro país no han dependido de una deficiencia de ella misma, sino de un vicio en el sistema con que se ha aplicado. Tal sistema vicioso es la imitación. El mexicano se deslumbra fácilmente. Las bien organizadas ciudades del primer mundo; su arquitectura majestuosa y sus habitantes tan sofisticados, lo hacen sentir inferior. He ahí la raíz de nuestra larga historia de imitación: de afrancesamientos y “agringamientos”. Disfrazamos la cultura a tal grado, que resulta difícil vislumbrar la realidad que se esconde detrás de la máscara.
Es cierto que hubo un mestizaje, pero sólo de razas, ya que cuando los indígenas se pusieron en contacto con los colonizadores, su cultura quedó prácticamente destruida. No somos un pueblo de astrónomos y matemáticos; tampoco nos comunicamos en náhuatl o zapoteco. Hablamos español, la religión oficial de este país es la católica y vivimos a la occidental. O al menos eso intentamos.
México también es un país de perezosos. La mayoría navega por la vida con el imperativo del mínimo esfuerzo y la imagen del fracaso instalada en lo más profundo de la conciencia. Son pocos los científicos afamados, los escritores mundialmente reconocidos, y ni siquiera puede hablarse de una filosofía mexicana. Asumimos las ideas y teorías importadas de Europa sin un espíritu crítico verdadero. Porque si lo dicen ellos, “¡seguro es verdad!” No es de extrañarse, ya que los países jóvenes como el nuestro tienen que afianzar su estructura política y económica para luego enfocar su atención en cuestiones menos elementales como la ciencia, el arte y la filosofía.
Somos un pueblo guadalupano y “pambolero”; hospitalario y “apocadito”. En el extranjero nos identifican con sombreros, nopales y charros; tal vez alguno mencione a Pedro Infante o a Diego Rivera. Pero, ¿en qué radica nuestra identidad?, claro, si podemos hablar de una identidad mexicana. Sólo un 10% de la población habla lenguas indígenas, y sin embargo la Wikipedia y otros sitios web definen la mexicanidad como: “el carácter genérico de todos los pueblos indígenas que habitan dentro del país en relación con otros pueblos del mundo que se ha ido anexando al modo de ser de los mexicanos.”
En su ensayo “Máscaras mexicanas”, Octavio Paz define al mexicano como un “simulador”; un ser desconfiado, receloso y xenofóbico, que tiene una engreída manera de no ser. ¡Vaya que nos dio en la torre! Pero hay verdad en sus palabras. La mexicanidad es indeterminación, una identidad borrosa que sólo parece aclararse el 12 de diciembre y durante la Copa Mundial de Fútbol. También en este año de Bicentenario.