
Una cultura está condicionada por cierta estructura mental del hombre y los accidentes de su historia. En México no podemos hablar de una cultura original, ya que emergimos de los escombros de una y de las imposiciones de otra. En éste, el año del Bicentenario, vale la pena preguntarnos: ¿qué es la mexicanidad?
¡Muy mexicanos y a mucha honra! Hablamos maravillas de la herencia indígena, pero discriminamos a sus descendientes; criticamos a los gringos por habernos quitado la mitad de nuestra tierra; porque siempre meten la nariz en donde nos les llaman, porque estamos hartos de ser su patio trasero... Y, sin embargo, nos partimos el lomo para alcanzar el estilo de vida U.S.A. Por lo tanto, un primer elemento de la mexicanidad es la hipocresía.
Como diría Rodolfo Usigli, “éste es un país de gesticuladores.” Los fracasos de la cultura en nuestro país no han dependido de una deficiencia de ella misma, sino de un vicio en el sistema con que se ha aplicado. Tal sistema vicioso es la imitación. El mexicano se deslumbra fácilmente. Las bien organizadas ciudades del primer mundo; su arquitectura majestuosa y sus habitantes tan sofisticados, lo hacen sentir inferior. He ahí la raíz de nuestra larga historia de imitación: de afrancesamientos y “agringamientos”. Disfrazamos la cultura a tal grado, que resulta difícil vislumbrar la realidad que se esconde detrás de la máscara.
Es cierto que hubo un mestizaje, pero sólo de razas, ya que cuando los indígenas se pusieron en contacto con los colonizadores, su cultura quedó prácticamente destruida. No somos un pueblo de astrónomos y matemáticos; tampoco nos comunicamos en náhuatl o zapoteco. Hablamos español, la religión oficial de este país es la católica y vivimos a la occidental. O al menos eso intentamos.
México también es un país de perezosos. La mayoría navega por la vida con el imperativo del mínimo esfuerzo y la imagen del fracaso instalada en lo más profundo de la conciencia. Son pocos los científicos afamados, los escritores mundialmente reconocidos, y ni siquiera puede hablarse de una filosofía mexicana. Asumimos las ideas y teorías importadas de Europa sin un espíritu crítico verdadero. Porque si lo dicen ellos, “¡seguro es verdad!” No es de extrañarse, ya que los países jóvenes como el nuestro tienen que afianzar su estructura política y económica para luego enfocar su atención en cuestiones menos elementales como la ciencia, el arte y la filosofía.
Somos un pueblo guadalupano y “pambolero”; hospitalario y “apocadito”. En el extranjero nos identifican con sombreros, nopales y charros; tal vez alguno mencione a Pedro Infante o a Diego Rivera. Pero, ¿en qué radica nuestra identidad?, claro, si podemos hablar de una identidad mexicana. Sólo un 10% de la población habla lenguas indígenas, y sin embargo la Wikipedia y otros sitios web definen la mexicanidad como: “el carácter genérico de todos los pueblos indígenas que habitan dentro del país en relación con otros pueblos del mundo que se ha ido anexando al modo de ser de los mexicanos.”
En su ensayo “Máscaras mexicanas”, Octavio Paz define al mexicano como un “simulador”; un ser desconfiado, receloso y xenofóbico, que tiene una engreída manera de no ser. ¡Vaya que nos dio en la torre! Pero hay verdad en sus palabras. La mexicanidad es indeterminación, una identidad borrosa que sólo parece aclararse el 12 de diciembre y durante la Copa Mundial de Fútbol. También en este año de Bicentenario.


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