Nick Bradbury


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lunes, 26 de julio de 2010

Historia del matrimonio


En India, las mujeres lucen complicados diseños de henna en el cuerpo el día de su boda. Deben aguardar hasta la ceremonia para conocer a su futuro esposo, ya que generalmente los matrimonios son arreglados por los padres de los novios. En las bodas chinas todo es rojo como el amor: el vestido de la novia, las tarjetas de invitación, los ornamentos... Una novia japonesa viste un kimono blanco que simboliza su virginidad, la pureza de su espíritu. En occidente las mujeres también usan ajuares blancos durante la ceremonia religiosa, que generalmente culmina con una lluvia de flores. Los ritos matrimoniales varían de acuerdo a la cultura de cada región, sin embargo, su propósito es el mismo: unir a una pareja para toda la vida... A menos que antes llegue el divorcio.

Modestino definió al matrimonio como “la unión de un hombre y de una mujer para toda la vida, según la ley divina y humana”. Como ahora, el propósito del matrimonio en la Roma antigua era el de formar un hogar, que en el caso de las clases acomodadas, podía incluir a cientos de personas: esposa, hijos, sirvientes, y esclavos... El pater o padre no formaba parte de la familia, ya que era su propietario.

Contrariamente a lo que después dictaría el cristianismo, el matrimonio romano no era indisoluble, simplemente implicaba la voluntad de constituir una sola unidad social, así como el uso de propiedades comunes. Lo que distinguía al matrimonio verdadero del concubinato era el honor matrimonii, la dignidad social y el decoro con que un marido debía tratar a su esposa, y que se manifestaba a través del amor (affectio maritalis). Para que el matrimonio tuviera validez legal, tenía que existir un mutuo consentimiento. Asimismo, debían llevarse a cabo diversos ritos: el compromiso, el acuerdo de la dote, la procesión ceremonial de la novia y de sus acompañantes a la casa del novio, el banquete de bodas, etc.

El matrimonio germánico, mientras tanto, era un acto social en el que bastaba la cohabitación de la pareja. Podía consumarse de tres formas: por compra de la novia, que consistía en una mera transacción comercial (la novia era la mercancía); por rapto o captura, que suponía un secuestro forzado (también es conocido como matrimonio por violación); y por mutuo consentimiento (el más civilizado de todos). Con la llegada del cristianismo, estas costumbres se fueron debilitando hasta desaparecer. Fue así como se logró regular el incesto y, por tanto, las malformaciones en los recién nacidos. Sin embargo, los derechos de los hijos ilegítimos se deterioraron enormemente, ya que el objetivo de la Iglesia era el de eliminar las relaciones irregulares.

La poliandria, por otro lado, es una desviación de la forma típica del matrimonio secular que consiste en la unión de una mujer con varios hombres al mismo tiempo. Ha sido practicada por numerosas tribus en distintos momentos: árabes, bretones, hindúes, tibetanos y neocelandeses, entre otros. Aunque la monogamia y la poligamia son mucho más comunes, existe un número considerable de relaciones poliandras, generalmente fraternas: los esposos de un grupo conyugal son todos hermanos. Cabe destacar que el primer marido tiene mayores derechos conyugales y domésticos que los otros, por lo que, en cierta manera, la poliandria tiende hacia la monogamia. La novia no se casa con un individuo, sino con una familia.

Durante cientos de años, el matrimonio en occidente significó un negocio. En Europa, los casamientos de los nobles eran todos arreglados, constituían una estrategia para hacer vínculos sólidos con otras naciones y así incrementar el poder y la riqueza del reino. Fue en el siglo XVIII cuando se pensó que el enamoramiento debía ser la razón principal para contraer matrimonio. La elección de una pareja dejó de basarse en intereses económicos y políticos, de forma que los sentimientos comenzaron a regir el rumbo de la búsqueda. Dicha concepción permaneció intacta hasta el siglo XX.
A comienzos de la década de los cincuenta, hombres y mujeres de todo el mundo soñaban con el día de su boda. El matrimonio se convirtió en un ideal romántico aprendido en televisión: el marido proveedor, el ama de casa, los hijos encantadores y un perro llamado “Spike” eran los protagonistas de las fantasías juveniles. Las personas se casaban antes de adquirir la madurez suficiente para asumir las responsabilidades que implicaba el matrimonio; es por ello que el índice de divorcios en los Estados Unidos aumentó en un 100% entre 1966 y 1977.

Las últimas décadas se han caracterizado por el debilitamiento de la institución del matrimonio. El secularismo, la inserción de las mujeres al ámbito profesional y una cultura individualista son algunas de las causas por las cuales el futuro del matrimonio, como lo conocemos hoy en día, se antoja incierto. De acuerdo con estadísticas del INEGI, en 2008, los matrimonios en México disminuyeron un 1.5% con respecto al año anterior, los divorcios aumentaron un 3.2%; mientras que dos de cada 10 personas con pareja viven en unión libre. Al parecer estamos volviendo al modelo germánico, en donde la cohabitación de la pareja era suficiente para justificar la formación de un hogar.

Tal vez lo importante no sea el documento que legitima la unión, sino la voluntad de las personas que han decidido unirse. Los matrimonios no se construyen con vestidos hermosos, promesas efímeras ni fiestas inolvidables, sino con amor, comprensión y elecciones conscientes. Idealizar al matrimonio, convertirlo en un cuento de hadas, puede llevarnos a ser infelices el resto de nuestras vidas.

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