
El sistema educativo no ha cambiado mucho en las últimas décadas. Al menos en México, continúa siendo excesivamente discursivo. Los alumnos escuchan al profesor, toman notas, participan en clase para ganar puntos extra, y son evaluados con métodos que, en la mayoría de los casos, no demuestran nada. Exámenes confeccionados de manera que el alumno pueda aprenderse todo de memoria sin haber entendido un ápice; ensayos que muchas veces son inspirados por musas cibernéticas… Me parece que el problema radica en una falta de pasión por el estudio y, en muchos casos, por la enseñanza.
Aristóteles sí que era un maestro apasionado. Fundador de la Escuela Peripatética, que en griego significa “ambulante”, llevaba a sus discípulos no a un aula, sino a pasear por el bosque. Los alumnos escuchaban con atención las palabras del filósofo y, después de una larga caminata, todos se sentaban a la sombra de un árbol a debatir. El alumno no sólo ejercitaba su mente y su cuerpo, sino también su espíritu, al encontrarse en contacto directo con la naturaleza.
A diferencia del sistema tradicional de enseñanza, que se caracteriza por la memorización y el ambiente ligeramente militarizado, el método Montessori fomenta la experiencia del descubrimiento en lugar de la simple transmisión de información. De esta forma, el niño formula sus propios conceptos a través del material didáctico y sólo es orientado por el guía cuando es necesario. La enseñanza individualizada y el ambiente dentro del taller alientan la autodisciplina y la independencia. Los alumnos también realizan actividades en equipo, que van desde un proyecto de investigación hasta la limpieza del recinto de estudio.
La Bauhaus fue una escuela de arte en Alemania que se caracterizó por la originalidad de sus métodos de enseñanza, que incluían desde prácticas metafísicas hasta ejercicios dramáticos. Creó un estilo de vida estético; también cambió la forma de concebir al estudiante de arte. Lo liberó del academicismo clásico y respetó su individualidad creativa. Ya no había que estudiar a los escultores griegos y a los pintores renacentistas para empezar a crear. La enseñanza iniciaba en los talleres con los maestros artesanos. De la parte teórica se encargaban artistas como Kandinsky o Paul Klee. Los miembros de la Bauhaus llevaron el arte al ámbito de lo doméstico y del diseño gráfico. Fabricaban juguetes, ornamentos, juegos de ajedrez y utensilios de cocina… hermosos y matemáticamente perfectos. Producían sus productos en masa no para enriquecerse, sino para comunicar sus ideales de paz. Su fundador, Walter Gropius, soñaba con una escuela de arte que ayudara a cambiar al hombre. En un mundo entre guerras mundiales, la Bauhaus significó una bocanada de aire fresco.
Los pedagogos y demás profesionales de la educación pueden estar de acuerdo o no con estos métodos, sin embargo, creo que merecen reconocimiento por el solo hecho de haber intentado generar un cambio. Desde pequeños, los alumnos, en general, asocian la escuela con algo negativo: obligación, competencia, premio y castigo —así educan también a los animales. Tan sólo basta recordar a los perros de Pavlov—. Dicha asociación negativa se prolonga en el tiempo. Los alumnos asisten a la escuela, estudian y realizan sus tareas porque tienen que hacerlo; para estar en el cuadro de honor, para que el director no mande llamar a los padres. Simplemente para aprobar el curso y continuar en el sistema con la misma actitud robótica.
Lo que hace falta son maestros con vocación que transformen a sus alumnos en verdaderos apasionados. Maestros como Aristóteles que, lejos de buscar dinero y reconocimiento, se conformaba con encender la llama de la curiosidad en el corazón de sus discípulos. Como decía el escritor John Ruskin: “Educar a un joven no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía”.


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