Nick Bradbury


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miércoles, 12 de septiembre de 2012

Como decía mi amigo Sam

Cuando terminé mis estudios de maestría, decidí irme una temporada a algún lugar de Inglaterra. Desde pequeña había sentido fascinación por dicho país —acaso por sus bosques de niebla, las leyendas sobre el rey Arturo o los castillos que ilustraban mis libros de cuentos. Una serie de eventos afortunados me llevaron a Oxford, "la ciudad de las agujas de ensueño", bautizada así por las delgadas torres que coronan a los edificios históricos.

Llegué a una casa donde vivían tres chinos, una señora francesa que daba clases de italiano y un inglés. Pensé que sería difícil adaptarme a esa mini ONU, pero no pude haber encontrado mejores housemates. Como no soy muy hábil en la cocina, ayudaba con la limpieza; Guy —si me lo preguntan, el inglés más simpático del Reino Unido— se encargaba del mantenimiento; Hèlena preparaba deliciosos pasteles; Jingling y su novio Chen traían verdura fresca (algo difícil de encontrar en Oxford), y Sam —a quien apodamos Dumbledore, como el director de Hogwarts— llevaba la administración y cuidaba del jardín.

Como otros chinos en Inglaterra, Sam eligió un nombre que no fuera impronunciable para los británicos. Es devoto del té, los jardines y la cultura inglesa, pero no de todos sus aspectos —la medicina, por ejemplo, que se practica de la misma forma en aquella isla europea como en el resto del mundo occidental. (Los chinos dejan al médico como último recurso porque le dan más importancia a la prevención que a la corrección.)

Cuando nos sentábamos a tomar el té en el jardín, Sam decía: "En este pedazo de tierra tenemos lo necesario para curar casi todas las enfermedades". Ahí había cultivado fresas, chícharos, frijoles chinos y una gran variedad de especias y semillas. Para la inflamación, por ejemplo, recetaba una tisana de orégano; y cuando me enfermaba de la garganta —lo cual sucedía seguido, porque en Inglaterra pueden experimentarse las cuatro estaciones en un solo día—, me aconsejaba hacer gárgaras con miel y morder un diente de ajo. Ante mi expresión escéptica y los ruegos por una medicina de verdad, afirmaba: "La medicina moderna no tiene más de doscientos años, la oriental tiene más de cinco mil". Y como si me hubiera lanzado un conjuro, después de seguir sus indicaciones, al otro día amanecía visiblemente mejorada.

Suena lógico que sea mejor prevenir que corregir, pero en Occidente tenemos una visión mecánica o cartesiana del universo y la salud. Según el método cartesiano, se llega al conocimiento a partir de la división de los problemas y el estudio aislado de los más simples hasta llegar a los más complejos; luego se reúnen las partes para intentar solucionar el problema de origen. Supongamos que tengo un dolor de cabeza y, tras aplicar el método cartesiano, deduzco que su origen fue una infección respiratoria, entonces voy con el especialista, quien me receta un antibiótico y un analgésico. ¡Voilà!, los síntomas han desaparecido, ¿pero también la raíz más profunda del problema?

En China, la salud se define como la relación armoniosa de un organismo vivo con su medio, tanto interno como externo; es un proceso, un movimiento y no algo fijo. Los síntomas de un mal pueden erradicarse, pero si no se armoniza el organismo, tarde o temprano estos volverán. Según el pensamiento tradicional chino (en especial el taoísmo), el ser humano es una réplica en miniatura del universo, y como tal está sujeto a las mismas leyes; el cuerpo humano no sólo contiene energía, sino que es energía manifestada como materia sólida viva. Esta fuerza llamada Ki —cuya existencia no ha podido ser demostrada— fluye incesantemente por los canales del cuerpo, y cuando estos se bloquean se producen enfermedades. Supuestamente, por medio de una técnica milenaria de masaje llamada do-in, se pueden deshacer los bloqueos y reanudar el flujo normal del Ki.

De acuerdo con la idea china de la creación del Universo, al principio sólo existía el Ki, la unidad, que se manifestó a través de dos de sus aspectos opuestos y complementarios: negativo y positivo, el yin (que se expande) y el yang (que se contrae). Para obtener la salud, estas dos expresiones del Ki deben ocurrir en el organismo de forma armoniosa y equilibrada.

Los chinos tienen una visión orgánica, cíclica y globalizadora de la existencia, y esto se refleja en su idioma. Cuando los tres chinos de la casa hablaban entre ellos, Guy, Hèlena y yo analizábamos sus acciones para tratar de interpretar los sonidos. Ninguna resonancia. "Estaba en griego", como dicen en algunos países asiáticos. Decidí sacar un libro de la biblioteca para familiarizarme con ciertos grafismos y palabras. Los caracteres chinos se clasifican en simples o Wén, donde entran los pictográficos, que representan algo común y corriente (árbol, hombre, corazón); los indicativos o dactilográficos, puntos o líneas que señalan algo dentro de otro Wén o en sí mismos (adulto, hacia arriba, hacia abajo). Según estén compuestos, se clasifican en asociación de significado o agregados lógicos, asociación de significado y sonido (constituyen la mayoría de los caracteres y aportan una indicación sobre la pronunciación y otra sobre el significado), derivaciones semánticas o transferencias de significado y asociación por préstamo de sonido. No existen las declinaciones, los verbos no se conjugan y la única regla general que se aplica es que el término precedente determina al que sigue. De modo que el orden de los factores sí altera el producto.

¿Aprendí algo de chino durante mi estancia en Inglaterra? Muy poco, a decir verdad. Sin embargo, disfrutaba mucho dibujando los ideogramas. "Es como una meditación", decía Sam, "concéntrate en cada trazo y no pienses en el que viene después". Y cuando necesitaba algo más fuerte para calmar mis nervios, hacía yoga en el jardín —con cuidado de no aplastar ninguna flor o insecto. Al terminar, me daba cuenta de que los nudos de ansiedad habían desaparecido y que el incipiente dolor de cabeza ya no estaba. ¿Acaso era porque el Ki en mi cuerpo se había armonizado? No sabría decirlo, pero creo que —a pesar de que la medicina occidental nos ha beneficiado muchísimo, por ejemplo, al controlar enfermedades crónicas y aumentar dramáticamente la esperanza de vida— nuestra cultura padece mil males, el más grande la idea de que el bienestar depende de la capacidad de consumo.

Nunca me sentí más sana que en aquella casita de setenta años, donde compartía la lavadora con cinco personas y tenía que tender la ropa en un jardín que cambiaba constantemente, víctima del apasionado trabajo de Sam. Tal vez, como él decía, todas las respuestas se encuentren en un pedacito de tierra. Es cuestión de aprender a plantar la semilla en el lugar correcto y esperar con paciencia a que madure el fruto.

martes, 14 de agosto de 2012

Mandrágora

Una personita enterrada. Planta con alma de hombre o de mujer. Mandrágora suena más a nombre de mujer, pero entre las piernas tiene una curiosa ramificación. Quizá sea un andrógino. Aquí dice que debo degollar una gallina negra y pintar un círculo de protección con su sangre. Vino, canela, nuez moscada y corteza de cerdo. Dentro del círculo, hacer una hoguera y calentar la poción en un caldero. Los vapores han de inhalarse con respeto, la mirada en la luna, los oídos en el Cosmos, un pie en la tierra y el otro en el aire. Bailar como Zorba el griego. Girar, girar y girar hasta que desaparezcan los mares de la luna. Avivar el fuego y seguir bailando. Tomar el cuerpo de la mandrágora y ponerlo en el caldero (nunca salir del círculo de protección). Cuando las piernas estén tiernas y sabrosas, cortarlas en rebanadas finas. Comer de un solo tajo. Volverse loco, morir por algunas horas o días o años. Cuánto tiempo había pasado, no podría decirlo, pero en el cielo había constelaciones inéditas. Por encima del agua, se elevaban paredes cóncavas y oscuras iluminadas por lenguas flamígeras. Cúpulas transparentes nacían y se reventaban. Se multiplicaban tan rápido como desaparecían. Afuera se oía un crujir y un girar. Mis miembros se ablandaban, cedían, se ablandaban…

miércoles, 10 de agosto de 2011

La historia detrás de Alicia en el País de las Maravillas


Alicia es un nombre que irremediablemente nos remite a un relato. A un universo alterno habitado por seres fantásticos que se caracteriza por la contradicción. El cuento original de Lewis Carroll ha dado metros y metros de tela que cortar a pintores, psicólogos, críticos y cineastas. De las adaptaciones cinematográficas, tal vez la de Disney (1951) sea la más famosa. Hay otra mucho más arriesgada: Tideland (2005), basada en la novela homónima de Mitch Cullin, que narra la historia de una niña que, ante la drogadicción de sus padres, decide refugiarse en un mundo imaginario lleno de personajes alucinados. También está la más reciente, de Tim Burton (2010), que presenta a una Alicia adulta que regresa al mundo de las maravillas para vencer a la Reina de Corazones y descubrir su misión del otro lado del espejo. Pero la Alicia mítica, la que dio origen a todas las demás, fue inspirada por una musa de poquísimos años.

Charles Ludwidge Dodgson era un tímido profesor de matemáticas, fotógrafo amateur y devoto de las niñas pequeñas. El padre de Charles tuvo once hijos: todos ellos zurdos y tartamudos (cabe mencionar que todavía en el siglo XIX se tenía la creencia de que los zurdos eran seres impuros y demoniacos). El rechazo que sufrió Dodgson durante la infancia es perceptible en su obra. Frecuentemente manifestó su gusto por la inversión a través de curiosos actos de rebeldía: Al otro lado del espejo y lo que Alicia allí vio, la continuación de Alicia en el País de las Maravillas, así como muchos otros de sus textos, requieren de un espejo para su lectura.

Tras graduarse en el Christ Church College de Oxford, recibió las órdenes de diácono, pero debido a su tartamudez le fue imposible predicar. Aunque Charles se presentaba como un hombre de ciencia, escondía una imaginación prodigiosa y una habilidad sorprendente para la literatura, en especial para los juegos de palabras. Escribió numerosos cuentos y poemas que fueron publicados en revistas y obtuvieron un éxito discreto. Pero Dodgson era un perfeccionista. En julio de 1855 confesó: “No creo haber escrito todavía nada digno de una verdadera publicación […] pero no desespero de hacerlo alguna vez”.

Un buen día conoció al Doctor Liddell, padre de la legendaria Alicia. Desde su oficina, Charles podía ver a la pequeña jugar con sus hermanitas, Lorina y Edith, en el jardín colindante perteneciente al Christ Church. Mantuvo una inocente amistad con las niñas Liddell, en especial con Alicia —aunque hay quien opina que inocente no es el adjetivo más adecuado. Con frecuencia las llevaba de paseo al campo. Bajo un árbol o a veces a bordo de un barco en el río Támesis, las niñas escuchaban las increíbles historias que Dodgson inventaba para ellas. Fue durante uno de esos paseos que nació Alicia en el País de las Maravillas.

En su diario, con fecha del 4 de julio de 1862, puede leerse la siguiente anotación: “Seguido el río hasta Godstow con las tres pequeñas Liddell, hemos tomado el té a orillas del agua y no hemos vuelto a Christ Church hasta las ocho y media […] En esta ocasión les he contado una historia fantástica titulada Las aventuras subterráneas de Alicia, que me he propuesto escribir para Alice”.

Con la imagen de su joven musa todavía palpitante, Dogdson pasó la noche en vela intentando recordar cada detalle de la historia que acababa de contar a las hermanas para convertirla en un manuscrito que él mismo ilustró. Alicia recibió el primer ejemplar en la Navidad de 1862. Los niños de la zona, fascinados con el cuento de Alicia, convencieron a sus padres de que se publicara formalmente. Dos años más tarde, el libro, ahora titulado Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, se encontraba en casi todas las librerías de Inglaterra. Fue así como se dio a conocer el genio, que utilizaría el seudónimo de Lewis Carroll para firmar sus obras, y conferiría al cuento infantil de un elemento revolucionario: el absurdo.

Al entrar a la madriguera del conejo, Alicia viaja a un mundo donde todo funciona al revés. Una fiesta de té que nunca termina es normal, el gato de Cheshire parece desafiar a la mecánica cuántica, y es por todos sabido que la reina roja debe correr muy rápido para permanecer en el mismo sitio. Se puede llorar hasta formar lagunas: al preguntar por la propia identidad nunca se obtendrá respuesta. Arriesgándose a perder la cabeza, Alicia lucha por conservar la cordura.

Aunque estos cuentos fueron pensados para un público infantil, hoy día interesan más a los intelectuales. Matemático y fabulador, Carroll escribió algunos tratados de lógica, como “El juego de la lógica”, donde reúne pruebas de la neurosis victoriana con el objeto de demostrar que el exceso de rigor puede conducir a la locura. Utilizó el recurso de la infancia para refugiarse en un mundo imaginario en el que lo lógico es la fantasía y no las absurdas leyes de los hombres.

Carroll alcanzó la excelencia en el arte de la fotografía, que convirtió en expresión de su filosofía interior. En su obra visual, intentó combinar los ideales de libertad y belleza con la inocencia edénica, donde el goce del cuerpo no es motivo de culpa. Para él, la gracia y la divinidad estaban representados por una diosa-niña. Tomó más de tres mil fotografías de niñas —entre las cuales había desnudos. En su colección se encontraron algunas imágenes de la inmaculada Alicia Liddell que, afortunadamente, aparece con ropa.

Cuando los rumores se hicieron insoportables, el doctor Liddell decidió llevar a Alicia y sus hermanas lejos de Christ Church. El corazón del escritor se llenó de amargura porque realmente estaba enamorado de la pequeña. Tal vez tenía la esperanza de casarse con ella algún día. Y aunque aquello era inconfesable, su amor lo hizo escribir una de las obras más importantes de la literatura infantil (y universal). Alicia se convirtió en un personaje eterno, en un ícono e incluso en el nombre de una patología: La micropsia o síndrome de Alicia en el País de las Maravillas es un trastorno neurológico que afecta la percepción visual. (El sujeto percibe los objetos mucho más pequeños de lo que son en realidad, aunque al mismo tiempo aparecen lejanos).

El mundo creado por Charles Ludwidge Dodgson es tan complejo que tal vez nunca terminemos de interpretarlo, si es que hemos logrado interpretarlo en absoluto, mínimamente, ¿lógicamente?



jueves, 7 de julio de 2011

Soñé que soñaba que soñaba


En los sueños podemos esperar encontrar todo lo que ha sido significativo en la vida de la humanidad.

Carl Gustav Jung

Antes de sentarme a escribir este artículo, hice un pequeño experimento. Acostada, con la cabeza en mi almohada favorita, los ojos cerrados y los sentidos despiertos, imaginé el lugar adonde quería ir esa noche. Me concentré en recuerdos antiguos pero vívidos. Apenas instantes. Recordé las palabras, los colores, las expresiones y la disposición de los objetos. Entré en un estado meditativo… la visión se transformó en sueño, y en el sueño me encontraba en el lugar que había imaginado. Sin embargo, casi inmediatamente empezaron a operar reglas que desafiaban a la lógica. La pista de hielo se convirtió en un templo. Una estatua de bronce del dios Vishnú —pero con innumerables brazos— levitaba sobre un estanque de agua negra. Yo estaba descalza. “¡Ahí viene!”, se escuchó una voz. “¡¿Quién viene?!”. Gritos, muchedumbre y una nube de polvo. Terminé en un torneo de ajedrez. “Jaque mate”, dijo el niño pelirrojo.
El inconsciente me llevó al lugar que conscientemente había deseado, pero ipso facto tomó el control. En el cerebro, lo único que se desactiva al soñar es el centro lógico. Por eso los recuerdos colisionan y parece que se abren puertas a otras realidades. ¿Parece? Algunos sueños que he tenido me hacen pensar lo contrario. En uno de ellos leí la Odisea “en una sola acostada”; en otro, escribí una trilogía épica que olvidé poco después de haber despertado. Una vez soñé que temblaba y al día siguiente tembló. Pero más sorprendente fue soñar que una compañera de la secundaria, a la que hace mucho no veía, estaba embarazada y luego enterarme de que en unos meses nacería su bebé.
A veces, cuando soñamos, tenemos la sensación de poseer un conocimiento valiosísimo que se desvanece con la madrugada. Y si logramos recordarlo, lo encontramos descabellado, ilógico, absurdo. Eistein soñó que viajaba en un trineo a la velocidad de la luz. Tiempo después escribió en una pizarra: E=MC². Al no haber un orden lógico, desaparecen los límites y se desata la creatividad. Salvador Dalí decía que sus obras eran “fotografías de sueños pintadas a mano”. ¿Cuántas pinturas, libros o ciudades se habrán llevado el gallo o el despertador?
Ahora, ¿es posible predecir el futuro a través de los sueños? Lo del temblor y mi compañera de la secundaria bien pudieron ser casualidades, sin embargo los sueños premonitorios han sido materia debatible desde la antigüedad. Tres días antes de morir, Sócrates le dijo a su discípulo Critón que había soñado con una hermosa dama que le llamaba por su nombre y le recitaba un verso de Homero: “Dentro de tres días, veréis los campos”. Tres días después, Sócrates bebió la cicuta. También cuentan que Sófocles encontró una copa de oro que había sido robada de un templo porque, en sueños, Hércules le indicó el lugar donde los ladrones la habían escondido. No obstante, Cicerón —uno de los más grandes oradores de Roma— aseguró que aquellos que se atribuían la capacidad de ver el futuro en sueños no eran más que habladores. No me atrevería a llamarle hablador a Charles Dickens por confesar haber tenido el siguiente sueño:
“Soñé con una dama que llevaba un chal rojo y me daba la espalda. Cuando se volvió, advertí que no la conocía. Dijo: ‘Soy Miss Napier’. A la mañana siguiente, mientras me vestía, pensé: ¡qué cosa más absurda tener un sueño tan preciso acerca de nada! ¿Y por qué Miss Napier? Jamás había escuchado de ninguna Miss Napier. Aquel mismo viernes por la noche, estuve leyendo en la sala. Entraron Miss Boyle con su hermano, y venían con la dama del chal rojo. Me la presentaron como Miss Napier.”
Quizá el más célebre de los sueños premonitorios sea el que tuvo Abraham Lincoln. Pocos días antes de ser asesinado, le contó a su esposa que soñó que entraba en la Casa Blanca y veía allí un catafalco rodeado por la guardia de honor. “¿Quién es el muerto?”, preguntó. “Es nuestro presidente. Ha sido asesinado”. Le respondió uno de los soldados.
La cantidad de sueños premonitorios que se reportan es tal, que en diferentes partes del mundo se han abierto centros para recolectar las premoniciones del público y así contrarrestar la opinión de que siempre se dan a conocer después de ocurridos los hechos.

Para Freud, los sueños eran estructuras llenas de significación —susceptibles de ser interpretadas— que tenían por objeto solucionar conflictos relacionados con deseos no satisfechos. Jung decía que a través de los sueños el individuo podía ponerse en contacto con los arquetipos universales, es decir, los mitos que explican el origen de todas las cosas (teoría del inconsciente colectivo). Según la mecánica cuántica, los sueños son realidades que pueden vivirse y materializarse en este plano, en el que te encuentras ahora, mientras lees —realidades probables que ayudan al autoconocimiento—, y la conciencia está dividida en láminas de realidades en distintas dimensiones. Desde esta perspectiva, los sueños premonitorios son videncias de ciertas ondas de posibilidad que se encuentran más cerca de materializarse.
Sé que todo esto suena a embrollo y ciencia ficción, sin embargo la mecánica cuántica es una de las principales ramas de la física y uno de los descubrimientos científicos más importantes de la historia. Entre otras cosas, habla de la teoría de los universos paralelos, que dice que los átomos existen en universos diferentes y que, por tanto, los humanos también existimos en más de un lugar y en más de un estado mental: en diferentes universos. Y uno de esos universos es el sueño.
Aunque éstas son meras teorías, hoy por la noche, cuando me encuentre en el plano donde operan leyes ilógicas, intentaré superar mi primer experimento: tomar el control, tener conciencia de que estoy soñando, inducir un sueño lúcido. Quiero ver a los hombres del futuro, nadar en un río color violeta, sentir la ingravidez, descubrir civilizaciones y conversar con sus ancianos, sortear asteroides y presenciar la muerte de una estrella. ¿Es mucho pedir? Coincido con el escritor Bernard Shaw: “Ves cosas y dices ‘¿por qué?’. Yo sueño cosas que nunca fueron y digo ‘¿por qué no?’.

martes, 14 de junio de 2011

Geisha: Misterio, arte y seducción


Los hikikomori son jóvenes que, abrumados por las modernas ciudades japonesas y la competencia laboral y económica, deciden recluirse en sus cuartos por meses o incluso años. En contraste, existen las hanamachi o ciudades de las flores, en las que deambulan muñecas de porcelana vivientes.

En el año 794, Kioto era la elegante capital de Japón. En ella se concentró una élite interesada en satisfacer placeres estéticos y místicos. Lo único que importaba era la consecución del deseo y el objeto de ese deseo estaba representado por una mujer bella y envuelta en telas preciosas. Entre el año 1100 y el 1500 aparecieron las shirabyoshi, predecesoras de las geishas. Vestidas con ropas algo masculinas, eran bailarinas eróticas, trovadoras y cortesanas. Cuando en 1590 el general Toyotomi Hideyoshi logró unificar Japón, el mundo del trabajo y el mundo del asobi (juego) se separaron y dio inicio la construcción de un barrio del placer en Kioto: La ciudad del Sauce. Ahí se estableció una nueva clase de mujeres conocidas como odoriko o “danzarinas” que, a pesar de vivir en el barrio de las prostitutas, se dedicaron a las artes. Así surgió la profesión de las geishas: vocablo que literalmente significa “personas de las artes”, que nada tienen que ver con las “artes amatorias” de ciertas mujeres que se pasean por las hanamachi vestidas con kimonos baratos.

Tradicionalmente, las geishas comenzaban su preparación a los seis años, seis meses y seis días de edad. Actualmente se inician a los quince años porque el Estado las obliga a concluir la educación secundaria. Al ingresar a la okiya o casa de las geishas, la joven aprendiz debe romper toda relación con su pasado, incluidos sus padres. También debe olvidarse de su antiguo nombre. Como símbolo de pertenencia a otro mundo, se le otorga uno nuevo, generalmente el de alguna flor.

La Madre o Abuela es la cabeza de la okiya y es quien se encargará de administrar los recursos que gane la geisha a lo largo de su carrera profesional. La okiya está obligada a costear la comida, el alojamiento, las matrículas de los distintos cursos, los kimonos, las pelucas y el resto de ornamentos que requerirá la geisha para realizar su trabajo. Mientras no pague su deuda, es una esclava.

Las maiko (aprendices) practican el arte de la danza y el canto; también se les enseña a tocar el shamisen y la flauta. A cada maiko se le asigna una Hermana Mayor geiko, una geisha calificada y reconocida que ya ha terminado su preparación formal y que tiene por obligación guiar el arduo camino de la maiko —una media joya, todavía no una geisha. Al tiempo que es maestra, la Hermana Mayor se convierte en ama y señora de la aprendiz, que debe cumplir hasta el más pequeño de sus caprichos.

La vestimenta de una maiko es muy distinta a la de una geiko: el cuello del kimono cae dejando a la vista la nuca, zona erógena por excelencia en Japón. El rostro y el cuello están cubiertos por una densa capa de maquillaje blanco, a excepción de dos o tres franjas que muestran la piel desnuda. El kimono es de colores brillantes y elaborados diseños. El obi o moño está amarrado en la parte de atrás y llega casi hasta el suelo . A veces es tan pesado, que puede hacer que la joven pierda el equilibrio. El traje de una geiko es más discreto, pero no por ello menos elegante. En lugar del copioso peinado de las aprendices —un moño gigantesco que se sujeta con cera caliente y aceite de camelia llamado “hendidura de melocotón”—, las geiko llevan katsuras o pelucas. El maquillaje blanco es sutil y jamás se utiliza después de los treinta años.

Una geisha debe conocer la tradicional ceremonia del té. La escritora Leslie Downer la describe como “una práctica a medio camino entre el tai chi y la misa católica, pero a una escala más íntima”. Un grupo de personas se reúne en una pequeña habitación con un hogar para calentar el agua y una especie de capilla en la que se colocan flores y pergaminos con poemas y pensamientos. Todos se sientan en el suelo cubierto con tatami y beben maccha, un té verde espumoso y amargo que se acompaña con dulces tradicionales. Los objetos deben encontrarse dispuestos en una forma específica e inalterable. La ceremonia es una muestra de la perfección estética que comparten las artes japonesas —que muchas veces se aproximan a los conceptos del budismo zen. Las geishas también deben dominar el arte de la conversación y el arreglo floral o ikebana, que consiste en la creación de pequeños mundos asimétricos hechos con flores; al igual que el shodo, un tipo de caligrafía que se encuentra entre las bellas artes más populares de Japón.

El trabajo de una geisha consiste en animar las fiestas con juegos un tanto infantiles, conversar con los clientes y servir el té o el sake. Las más hermosas, las tachikata, bailan; las jikata tocan el shamisen o cantan. La geisha debe aparecer impecable y seducir con la elegancia de una mascada de seda que juega con el viento. Bajar los ojos, al servir el sake, dejar deslizar un poco de tela del kimono para que la piel quede al descubierto, iniciar un juego sutil entre el deseo y el rechazo, no mostrar emociones y, sobre todo, nunca hablar del amor —considerado grosero y fuera de lugar por la okiya.
Después de una o dos horas, la fiesta ha llegado a su fin. Con frecuencia, los occidentales se sienten obnubilados con la actuación de las geishas, ya que el baile no es muy rítmico y la música y el canto les parecen disonantes. El cliente japonés —que conoce y aprecia las artes tradicionales— es capaz de pagar miles de yenes con tal de pasar unos momentos extra con la geisha más afamada de Kioto. Y aunque el amor está prohibido, el coqueteo es primordial. Incluso puede conferir libertad a la geisha. Un cliente puede decidir convertirse en danna, un protector titular que la libere de su deuda con la okiya.

Un tanto rígida por el peso de varias horas de labor en su cabello, arrastrando un prolongado lazo que aprisiona su cintura, mostrando un rostro que no es el suyo y respondiendo a un nombre distinto al que le dieron sus padres, la geisha se niega a sí misma. Se ve obligada a guardar todo lo que ella es en una caja que se encuentra en el lugar más recóndito de sus adentros. El personaje toma el poder.

Desconcierto. Eso es lo que provoca una mujer que todo el tiempo busca aparecer graciosa, inalcanzable, perfecta. Pero cuando cae la noche y se encuentra sola en su habitación con la cara limpia y el cabello suelto, la geisha se enfrenta al espejo y a una sola realidad: es humana, pero no común y corriente. Además de ser artista, ella misma es una obra de arte que nace y muere cada día para invitarnos a un mundo secreto.

jueves, 12 de mayo de 2011

Genios en la cocina


Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.
Sor Juana Inés de la Cruz

Hay genios que nunca salieron de sus estudios o que pasaron gran parte de sus vidas colgados de un andamio dentro de una iglesia; monjes que trasnochaban en bibliotecas, hombres que no podían dejar de pensar en números y en la posible infinitud del cosmos; que dedicaron su tiempo en este mundo a escribir historias y esculpir piedras. Y mientras tanto, las mujeres en la cocina: picando, hirviendo, mezclando, arrojando especias, probando, calentando, experimentando. Pero algunos genios, tal vez los más geniales, se dieron cuenta de que en la cocina se podía hacer arte, filosofía y alquimia. Decidieron entrar.
El amor de Leonardo Da Vinci por la cocina comenzó desde temprano. Su madre jamás se casó con su padre biológico —notario, canciller y embajador de la República de Florencia—, pero sí con un campesino llamado Antonio di Piero Buti del Vacca, quien le inculcó el gusto por la buena comida, en especial por las golosinas y los pasteles, que le dieron al joven Leonardo una fisonomía redonda. Su curiosidad lo abarcaba todo, desde las estrellas en el cielo y las gotas de rocío en la hierba, hasta ese lugar dentro de la casa donde las cosas más simples se transforman en manjares.
Gracias a su padre notario, Leonardo recibió una educación privilegiada. A los catorce años ingresó como aprendiz en el taller del maestro Andrea de Verrocchio, quien le enseñó las bases de la química, la metalurgia, la mecánica y la carpintería, y a manejar diferentes técnicas artísticas como el dibujo, la pintura y la escultura en mármol y bronce. Una década después, Leonardo era considerado un maestro con estilo propio y original, un genio sin comparación. Pero las cosas no se le dieron en bandeja de plata. Sus doce hermanastros lo dejaron sin herencia, por lo que tuvo que trabajar de mesero en una taberna y tocar el laúd en las calles a cambio de algunas monedas.
Cuando las cosas mejoraron, Leonardo y su buen amigo Botticelli —también aprendiz en el taller de Verrocchio— decidieron abrir su propio restaurante: “La enseña de las tres ranas de Sandro y Leonardo”. Allí sentaron las bases de la nouvelle cuisine. Desafortunadamente, los comensales no entendieron la belleza que había en una anchoa y una zanahoria perdidas en la blancura de un plato. Ellos querían comer hasta atiborrarse. Carne roja, de preferencia; limpiarse la grasa con la manga de la camisa y eructar sin ningún tipo de discreción. No fue hasta la década de los ochenta del siglo XX que la nouvelle cuisine se hizo popular. La presentación de los platillos era lo más importante: livianos, delicados, sin salsas pesadas ni vegetales cocidos en exceso. Comida que buscaba impactar visualmente, como las recetas de Leonardo y Botticelli.
Al ser nombrado jefe de festejos y banquetes de Ludovico Sforza, Leonardo quiso aventurarse una vez más con sus excéntricas recetas: vegetales bellamente tallados, anchoas enrolladas en la delicada piel de un tubérculo y la pata de una rana sobre una hoja de diente de león. También aprovechó para transformar el recinto del fogón en una cocina del futuro: “En primer lugar, es necesaria una fuente de fuego constante. Además una provisión constante de agua hirviendo. Después un suelo que esté siempre limpio. También aparatos para limpiar, moler, rebanar, pelar y cortar. Un ingenio para apartar de la cocina los tufos y hedores y ennoblecerla así con un ambiente dulce y fragante. Música, pues los hombres trabajan mejor y más alegremente allí donde hay música. Y, por último, un ingenio para eliminar las ranas de los barriles de agua de beber”.
Inventó una sierra circular y una cinta automática para transportar la leña a la cocina; en la chimenea introdujo una hélice que daría impulso al espetón para atizar el fuego; ideó un sistema de tubos que, al ser calentados con carbón, suministrarían agua hirviendo cuando fuera necesaria. Un sistema de cepillos giratorios tirado por bueyes se encargaría de mantener el piso siempre limpio. También diseñó una descomunal picadora de vacas —que requería un ejército de hombres y caballos y varios utensilios auxiliares para funcionar—, y una rebanadora de pan accionada por aire. Dentro de la cocina, debería haber tres hombres que tocaran un instrumento que él denominó “órgano de boca”, acompañados por unos tambores mecánicos que empezaban a redoblar al darle vueltas a una manivela. Ahora, ¿cómo eliminar las ranas de los barriles? Fácil. Con una trampa que soltara martillazos sobre la cabeza de cualquier anfibio intruso. Por si fuera poco, también diseñó un aspersor de agua para combatir incendios.
Dicen que el día de la inauguración, la cocina del Duque de Milán se convirtió en zona de desastre. Sin embargo, los inventos de Leonardo inspiraron a ingenieros que hicieron realidad su sueño de la cocina automática. El amor de Da Vinci por la cocina era tal, que durante tres años se dedicó a hacer bocetos de los alimentos que aparecerían en su Última cena.
Sor Juana, tan curiosa como Leonardo, también fue una gran cocinera. En su “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, escribe: “Pues que os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Ver que un huevo se une y fríe en la manteca o el aceite y, por el contrario, se desplaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una por sí y juntas no”. Observar los alimentos transformándose en la sartén la condujeron a esa segunda consideración que es la reflexión filosófica: “Pero, Señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de la cocina?”.
Sor Juana recopiló en un libro treinta y seis recetas de las monjas jerónimas. Entre gramos, cucharadas y gotitas, la décima musa ofrece una representación gastronómica del mundo mestizo: aguacate aderezado con cilantro del Viejo Mundo; harina de trigo mezclada con “los postres que cuelgan de los árboles” —guanábanas, mameyes, mangos y chicozapotes—; estofado de cerdo acompañado por quelites y nopales, bañado con una salsa de tomates criollos y chiles calentados en el comal y hermanados en un molcajete.
La cocina novohispana se forjó en los conventos. Rompope, cajeta, ate, aguas frescas y natillas. Los experimentos no pararon hasta lograr la cristalización de las frutas y la extracción de los nutrientes de aves y terneros. Otro gran descubrimiento fue el mole. De todo esto habla el libro de Sor Juana; de comida y de poesía, de comida poética: buñuelos de viento, manchamanteles, torta de cielo y bienmesabes… En las primeras páginas describe los pequeños secretos que hacen de la cocina un arte; luego vienen las recetas, la mayoría de ellas postres, a excepción de diez.

¿Qué tal una tortita de arroz estilo Sor Juana?


“En una servilleta se pone a cocer el arroz, así que está cocido se le echa azafrán como para comer. Ya estará hecho el picadillo de pasas, alcaparras, almendras, piñones, huevo cocido, aceitunas y chilitos. Se unta la cazuela con manteca y se echa la mitad del arroz abajo, luego el picadillo y después la otra mitad del arroz. Encima azúcar molida y se pone a dos fuegos”.

En su novela, La venganza de Sor Juana, la escritora Mónica Zagal da a entender que la monja utilizaba sus dotes culinarias para seducir a sus enemigos. Con sus famosos “regalos de chocolate” y otras delicias, lograba salirse con la suya, tener acceso a literatura prohibida y llevar una vida de erudita más que de religiosa.
Al igual que Sor Juana, Botticelli huía del matrimonio. Para lograr su objetivo, la primera tuvo que ingresar a un convento; el segundo sólo tuvo que aprender a cocinar. Su platillo preferido eran los gnocchi con salsa de queso azul, que preparaba con maestría. Y aunque “La enseña de las tres ranas” resultó un fracaso, no así su amor por la comida, especialmente por los quesos, que le gustaban fuertes e inolvidables.
La cocina no es sólo para las mujeres y los chefs. Puede ser un laboratorio, un oráculo, un estudio artístico y un recinto de meditación… Mientras el agua se calienta, las ideas hierven, los aromas viajan, los colores se mezclan, los sabores incitan, convencen o defraudan. Como dijo el jurista y gastrónomo francés Jean Anthelme Brillat-Savarin: “Lo que distingue a un hombre inteligente de los animales es el modo de comer”.

viernes, 22 de abril de 2011

Un mundo kitsch


Hace no mucho curioseaba en una tienda de música. Me senté frente a un modesto, pero brillante Yamaha y comencé a tocar algunos acordes. Me gustó su sonido perlado y dulce, así que seguí tocando un rato más. La tienda estaba desierta y al encargado pareció no molestarle mi pequeño concierto. Un hombre miraba desde la calle hacia el interior. Llevaba un traje beige, sin duda muy caro. Cuando entró, pude ver su corbata de seda multicolor y unos zapatos negros recién salidos del almacén —lo supe porque en uno de ellos arrastraba la etiqueta con el precio. Dejé de tocar cuando el hombre le dijo al encargado: “Deme el piano más caro que tenga”. Di media vuelta y, desde el banquillo, presencié una escena que inevitablemente me recordó a Huicho Domínguez.
El encargado le preguntó al distinguido cliente las características que buscaba en su piano: si lo quería de estudio, de un cuarto de cola, de media cola, de tres cuartos o de gran cola; si era para él o para alguien más; si el pianista en cuestión comenzaba a estudiar música o era un profesional… El hombre contestó que lo quería de gran cola, que no había pianista y que el piano lo quería para adornar su sala —que por cierto había comprado en una tienda muy chic de Polanco. Había un espacio imperdonable entre la chimenea y la piel de leopardo sobre la que se encontraba la mesita de té, y le pareció una buena idea llenarlo con un piano. El encargado hizo un esfuerzo por no soltar la carcajada. Por suerte, yo pude esconderme detrás del Yamaha y taparme la boca con las manos. Tras mostrarle un Steinway lacado negro brillante, con tres pedales y teclas de marfil, Don Catrín de la Fachenda dijo que pagaría en una sola exhibición, pero que había un pequeño detalle: quería que el Steinway fuera morado como el terciopelo de sus carísimos sillones. Cuando lo vimos alejarse en su Ferrari, pudimos reírnos a nuestras anchas. Sentimos lástima por el piano. Iba a convertirse en el trofeo más kitsch de la historia.
Kitsch son las reproducciones de obras famosas, las piedras de plástico verde que pretenden ser esmeraldas, la ropa de peluche (en realidad, cualquier cosa forrada en peluche), los muebles “estilo Luis XVI” pintados de dorado, las “Barbies” con rebaba, los Vochos convertibles, las repisas atiborradas de figuritas de porcelana o de íconos religiosos, los zapatos imitación piel de cocodrilo y, por supuesto, los pianos morados... En pocas palabras, todo aquello que aparenta ser, pero no es, o que resulta pretencioso y aberrante.
Kitsch también es una tendencia artística, aunque algunos argumentan que es la antítesis del arte. Fusión caótica de elementos cuya última consecuencia es la cursilería o, de acuerdo con la tradición académica, el mal gusto. Un ejemplo son las mansiones californianas construidas durante la década de los treinta, cuando Hollywood se llenó de nuevos ricos que imitaban el estilo de vida de los nobles europeos. Barroco por aquí, gótico por allá, un poco de rústico y un toque de florentino… chimeneas colosales, retratos idílicos de inexistentes antepasados, alfombras de oso, escudos nobiliarios más falsos que un billete de dos dólares, estatuas de dioses griegos y fuentes con niños desnudos que escupen agua por la boca. La pretensión de algunos llegó al exceso de comprar títulos nobiliarios en subasta.
En México sucedió algo similar durante el Porfiriato, cuando el afrancesamiento se apoderó incluso de la cocina. Canapés untados con paté y burbujeante champagne en las copas de damas y caballeros. Fromage en lugar de queso; gigot en vez de guisado. Salvador Novo dijo alguna vez: “¿Quién iba a pedir un caldo con verduras y menudencias, como el que sorbía y soplaba en su casa, si en la minuta del restaurante podía señalar el renglón que anunciaba lo mismo, pero con el nombre elegante de petite marmite?”.
Así como la alta clase mexicana quería imitar a los nobles, las clases menos favorecidas imitaban a los “preciosos ridículos” que se pavoneaban los domingos por la Alameda. Fue así como a modo de teléfono descompuesto nació la famosa Fiesta de quince años: un ritual de iniciación inspirado en los bailes para debutantes de la nobleza inglesa y la alta burguesía francesa del siglo XIX (con algunas variantes, claro está): vestidos que parecen salidos de una pastelería, zapatillas de plástico que aparentan ser de cristal, carrozas en forma de calabaza como la de la Cenicienta, y una corte de chambelanes ataviados con uniformes de príncipes o guardias reales. Celebración kitsch a diestra y siniestra.
Kitsch es un término alemán que significa “cursi”. Etimología ya de por sí peyorativa. Regresando al tema del arte, muchos consideran al kitsch como un peligro para la cultura. Sinónimo de ridículo y mal gusto; antagónico del “buen arte” por ser demasiado democrático y superficial, porque sólo le interesa imitar los efectos. Desde este punto de vista, el kitsch es un pastiche, una expresión popular agradable, pero no estética, la negación del arte académico. Entonces, ¿un póster del Jardín de las delicias es un peligro para la cultura? El arte se ha convertido en un producto de masas: playeras, borradores, separadores de libros, rompecabezas y toda una parafernalia de artículos con reproducciones de obras que los propios museos venden en sus tiendas de recuerdos. Arte para todos, llévele, llévele.
Artistas pop y conceptuales han utilizado lo kitsch sin discreción. Andy Warhol inmortalizó uno de los productos más kitsch del mercado: la sopa Cambell´s —infusión sin valor nutrimental lista para engañar a los invitados con su apariencia de “hecha en casa”. Amalia Mesa-Bains, artista conceptual chicana, encontró la expresión de su identidad en un tipo de obra que, según nomenclatura inventada por ella, pertenece al ámbito de “domesticana”: fruto del feminismo chicano que conjuga la defensa de la identidad cultural y la afirmación de la mujer mediante el uso de elementos domésticos pertenecientes a la cultura popular mexicana. Sus instalaciones de altares familiares llenos de fotos e iconos religiosos honran a las mujeres que, como ella, lograron superar barreras sociales. De modo que lo kitsch puede expresar una realidad social, una inquietud personal o un concepto. Si bien no se caracteriza por la complejidad de la técnica, es una forma válida de expresión artística.
Sin embargo, así como no todo lo que brilla es oro, no todo lo kitsch es arte. Muchas veces es sinónimo de ridículo, pretensión y cursilería. Pero, ¿qué sería del mundo sin los Huichos Domínguez, la joyería falsa, los tableros de peluche, los muebles forrados en plástico, las bolsas de mercado, los altares dedicados a estrellas del futbol, los pósters de obras famosas, las máscaras de luchador, los cuadros de payasos tristes, el poliuretano o la imitación piel? Un lugar muy aburrido, seguramente.