Cuando terminé mis estudios de maestría, decidí irme una temporada a algún lugar de Inglaterra. Desde pequeña había sentido fascinación por dicho país —acaso por sus bosques de niebla, las leyendas sobre el rey Arturo o los castillos que ilustraban mis libros de cuentos. Una serie de eventos afortunados me llevaron a Oxford, "la ciudad de las agujas de ensueño", bautizada así por las delgadas torres que coronan a los edificios históricos.
Llegué a una casa donde vivían tres chinos, una señora francesa que daba clases de italiano y un inglés. Pensé que sería difícil adaptarme a esa mini ONU, pero no pude haber encontrado mejores housemates. Como no soy muy hábil en la cocina, ayudaba con la limpieza; Guy —si me lo preguntan, el inglés más simpático del Reino Unido— se encargaba del mantenimiento; Hèlena preparaba deliciosos pasteles; Jingling y su novio Chen traían verdura fresca (algo difícil de encontrar en Oxford), y Sam —a quien apodamos Dumbledore, como el director de Hogwarts— llevaba la administración y cuidaba del jardín.
Como otros chinos en Inglaterra, Sam eligió un nombre que no fuera impronunciable para los británicos. Es devoto del té, los jardines y la cultura inglesa, pero no de todos sus aspectos —la medicina, por ejemplo, que se practica de la misma forma en aquella isla europea como en el resto del mundo occidental. (Los chinos dejan al médico como último recurso porque le dan más importancia a la prevención que a la corrección.)
Cuando nos sentábamos a tomar el té en el jardín, Sam decía: "En este pedazo de tierra tenemos lo necesario para curar casi todas las enfermedades". Ahí había cultivado fresas, chícharos, frijoles chinos y una gran variedad de especias y semillas. Para la inflamación, por ejemplo, recetaba una tisana de orégano; y cuando me enfermaba de la garganta —lo cual sucedía seguido, porque en Inglaterra pueden experimentarse las cuatro estaciones en un solo día—, me aconsejaba hacer gárgaras con miel y morder un diente de ajo. Ante mi expresión escéptica y los ruegos por una medicina de verdad, afirmaba: "La medicina moderna no tiene más de doscientos años, la oriental tiene más de cinco mil". Y como si me hubiera lanzado un conjuro, después de seguir sus indicaciones, al otro día amanecía visiblemente mejorada.
Suena lógico que sea mejor prevenir que corregir, pero en Occidente tenemos una visión mecánica o cartesiana del universo y la salud. Según el método cartesiano, se llega al conocimiento a partir de la división de los problemas y el estudio aislado de los más simples hasta llegar a los más complejos; luego se reúnen las partes para intentar solucionar el problema de origen. Supongamos que tengo un dolor de cabeza y, tras aplicar el método cartesiano, deduzco que su origen fue una infección respiratoria, entonces voy con el especialista, quien me receta un antibiótico y un analgésico. ¡Voilà!, los síntomas han desaparecido, ¿pero también la raíz más profunda del problema?
En China, la salud se define como la relación armoniosa de un organismo vivo con su medio, tanto interno como externo; es un proceso, un movimiento y no algo fijo. Los síntomas de un mal pueden erradicarse, pero si no se armoniza el organismo, tarde o temprano estos volverán. Según el pensamiento tradicional chino (en especial el taoísmo), el ser humano es una réplica en miniatura del universo, y como tal está sujeto a las mismas leyes; el cuerpo humano no sólo contiene energía, sino que es energía manifestada como materia sólida viva. Esta fuerza llamada Ki —cuya existencia no ha podido ser demostrada— fluye incesantemente por los canales del cuerpo, y cuando estos se bloquean se producen enfermedades. Supuestamente, por medio de una técnica milenaria de masaje llamada do-in, se pueden deshacer los bloqueos y reanudar el flujo normal del Ki.
De acuerdo con la idea china de la creación del Universo, al principio sólo existía el Ki, la unidad, que se manifestó a través de dos de sus aspectos opuestos y complementarios: negativo y positivo, el yin (que se expande) y el yang (que se contrae). Para obtener la salud, estas dos expresiones del Ki deben ocurrir en el organismo de forma armoniosa y equilibrada.
Los chinos tienen una visión orgánica, cíclica y globalizadora de la existencia, y esto se refleja en su idioma. Cuando los tres chinos de la casa hablaban entre ellos, Guy, Hèlena y yo analizábamos sus acciones para tratar de interpretar los sonidos. Ninguna resonancia. "Estaba en griego", como dicen en algunos países asiáticos. Decidí sacar un libro de la biblioteca para familiarizarme con ciertos grafismos y palabras. Los caracteres chinos se clasifican en simples o Wén, donde entran los pictográficos, que representan algo común y corriente (árbol, hombre, corazón); los indicativos o dactilográficos, puntos o líneas que señalan algo dentro de otro Wén o en sí mismos (adulto, hacia arriba, hacia abajo). Según estén compuestos, se clasifican en asociación de significado o agregados lógicos, asociación de significado y sonido (constituyen la mayoría de los caracteres y aportan una indicación sobre la pronunciación y otra sobre el significado), derivaciones semánticas o transferencias de significado y asociación por préstamo de sonido. No existen las declinaciones, los verbos no se conjugan y la única regla general que se aplica es que el término precedente determina al que sigue. De modo que el orden de los factores sí altera el producto.
¿Aprendí algo de chino durante mi estancia en Inglaterra? Muy poco, a decir verdad. Sin embargo, disfrutaba mucho dibujando los ideogramas. "Es como una meditación", decía Sam, "concéntrate en cada trazo y no pienses en el que viene después". Y cuando necesitaba algo más fuerte para calmar mis nervios, hacía yoga en el jardín —con cuidado de no aplastar ninguna flor o insecto. Al terminar, me daba cuenta de que los nudos de ansiedad habían desaparecido y que el incipiente dolor de cabeza ya no estaba. ¿Acaso era porque el Ki en mi cuerpo se había armonizado? No sabría decirlo, pero creo que —a pesar de que la medicina occidental nos ha beneficiado muchísimo, por ejemplo, al controlar enfermedades crónicas y aumentar dramáticamente la esperanza de vida— nuestra cultura padece mil males, el más grande la idea de que el bienestar depende de la capacidad de consumo.
Nunca me sentí más sana que en aquella casita de setenta años, donde compartía la lavadora con cinco personas y tenía que tender la ropa en un jardín que cambiaba constantemente, víctima del apasionado trabajo de Sam. Tal vez, como él decía, todas las respuestas se encuentren en un pedacito de tierra. Es cuestión de aprender a plantar la semilla en el lugar correcto y esperar con paciencia a que madure el fruto.
El vicio de la comparación
Hace 9 años


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