
Una personita enterrada. Planta con alma de hombre o de mujer. Mandrágora suena más a nombre de mujer, pero entre las piernas tiene una curiosa ramificación. Quizá sea un andrógino. Aquí dice que debo degollar una gallina negra y pintar un círculo de protección con su sangre. Vino, canela, nuez moscada y corteza de cerdo. Dentro del círculo, hacer una hoguera y calentar la poción en un caldero. Los vapores han de inhalarse con respeto, la mirada en la luna, los oídos en el Cosmos, un pie en la tierra y el otro en el aire. Bailar como Zorba el griego. Girar, girar y girar hasta que desaparezcan los mares de la luna. Avivar el fuego y seguir bailando. Tomar el cuerpo de la mandrágora y ponerlo en el caldero (nunca salir del círculo de protección). Cuando las piernas estén tiernas y sabrosas, cortarlas en rebanadas finas. Comer de un solo tajo. Volverse loco, morir por algunas horas o días o años.
Cuánto tiempo había pasado, no podría decirlo, pero en el cielo había constelaciones inéditas. Por encima del agua, se elevaban paredes cóncavas y oscuras iluminadas por lenguas flamígeras. Cúpulas transparentes nacían y se reventaban. Se multiplicaban tan rápido como desaparecían. Afuera se oía un crujir y un girar. Mis miembros se ablandaban, cedían, se ablandaban…
Excelente y mágico relato Ana Laura.
ResponderEliminarun gusto haberte visitado.
Cariños.