Nick Bradbury


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lunes, 26 de abril de 2010

El efecto Pigmalión


En su libro Las metamorfosis, Ovidio escribió el mito de Pigmalión, antiguo rey de Chipre que en lugar de buscar una esposa que le diera descendencia, se pasaba los días trabajando en esculturas de marfil que representaban a hermosas mujeres. Pigmalión se enamoró de una de sus creaciones, que bautizó con el nombre de Galatea. La admiraba día y noche; sufría porque ella no era más que una fría estatua de marfil. Pero la diosa del amor se compadeció del miserable Pigmalión y convirtió a Galatea en una mujer de carne y hueso. Ahora imagine que usted es una estatua. Puede ser siempre de marfil, pero si alguien cree y espera que cobre vida, muy probablemente lo hará. Esto es lo que en psicología se conoce como efecto Pigmalión.

Muchas veces el éxito o fracaso depende de las expectativas que los demás ponen en nosotros. Supongamos que tiene un jefe que lo subestima. No importa cuánto se esfuerce, nada parece ser suficiente para él. Nunca pierde oportunidad para ponerlo en ridículo. Al hombre, simplemente, le encanta exhibir su maestría en las artes de la prepotencia. Usted, como es de esperarse, siente que cada jornada laboral es una tortura, pierde la motivación, lentamente se convierte en lo que su jefe había pronosticado. Tal vez renuncie pensando que es un bueno para nada. Pero esto no es necesariamente cierto.

En 1968, el Dr. Robert Rosenthal, reconocido investigador de la Universidad de Harvard, dio a conocer los resultados de un experimento bautizado como “Pigmalión en el aula”. Poco antes de que iniciara el ciclo escolar, se le informó a un grupo de profesores de primaria que algunos alumnos de nuevo ingreso habían obtenido niveles sobresalientes en sus pruebas de inteligencia. Asimismo, se les advirtió que no se dejaran llevar por las apariencias, ya que aunque parecieran ser chicos muy normales, en realidad estarían tratando con auténticos genios. La verdad era que los supuestos alumnos brillantes, no eran más que niños comunes que habían sido elegidos al azar.

A lo largo del año escolar, los profesores le brindaron especial atención a las presumibles lumbreras. Dichos alumnos mejoraron su rendimiento enormemente, su autoestima se vio fortalecida y se mostraron participativos y entusiastas durante las lecciones. De hecho, por increíble que parezca, su coeficiente intelectual se elevó algunos puntos.

El efecto Pigmalión tiene una explicación científica: cuando alguien confía en nosotros y nos lo hace saber, el sistema límbico acelera la velocidad del pensamiento, incrementa la lucidez y la energía; favorece nuestra capacidad de atención, la eficacia y la eficiencia.

Las profecías tienden a cristalizarse cuando hay un fuerte deseo que las impulsa. Del mismo modo que el miedo tiende a provocar que se produzca lo que se teme, la confianza en uno mismo, aunque sea contagiada por un tercero, puede darnos alas. Pero también existe la auto motivación. No es necesario que alguien más nos diga que somos capaces de alcanzar nuestros anhelos para que así sea. Los pensamientos positivos atraen cosas buenas y viceversa. Lo semejante atrae a lo semejante. Esta es la ley de la atracción: el secreto está en nuestra mente.

viernes, 23 de abril de 2010

La fascinante historia del perfume




Desde tiempos remotos, hombres y mujeres se han perfumado. El olor de las flores, la madera, las frutas o las especias era tan placentero que los miembros de las altas jerarquías de la antigüedad quisieron atraparlo en un pequeño frasco de cristal. Les gustaba ser sorprendidos por los aromas e imaginarse que sus palacios estaban tapizados con flores y maderas orientales. Cuando los egipcios asistían a una cena real, recibían guirnaldas perfumadas en la puerta. El suelo y las paredes eran cubiertos con flores y pétalos que perfumaban la habitación en donde habría de llevarse a cabo el banquete. Sin embargo, en un principio los perfumes no se usaban para el deleite humano, sino para agradar a los dioses.

El perfume nació en Mesopotamia con la forma de un incienso que era ofrecido a las deidades para endulzar el olor de la carne animal quemada en los sacrificios. En lo alto de la torre de Babel, los sacerdotes quemaban piras de incienso para que el aroma llegara más allá de las nubes, a la residencia de los dioses. Posteriormente se permitió el uso del perfume a los sacerdotes, después a los reyes, que encarnaban a la deidad en la Tierra, luego a los otros líderes, a sus sirvientes, y así sucesivamente hasta alcanzar la base de la pirámide social.

La primera civilización que utilizó perfume regularmente fue Egipto. Se volvió una obsesión nacional hacia el año 1558 a.C., durante el reinado de la reina Hatshepsut, quien hizo plantar grandes jardines adornados de flores y mandó quemar incienso en las terrazas para que el aroma inundara cada rincón de su palacio. No obstante, Cleopatra fue la quintaesencia de los artistas del perfume. Se dice que recibió a Marco Antonio en una habitación repleta de velas perfumadas. Ella misma se había bañado en perfume para hacer desfallecer a su amante.
Los egipcios empleaban inciensos y perfumes durante sus rituales de adoración y embalsamamiento, sin embargo el perfume también tenía un valor estético y sensual. Se untaban esencias en el cuerpo para protegerse de hechizos o para curar dolencias, igualmente para despedir un aroma agradable y sentirse irresistibles, pues apreciaban sobremanera el contacto de una piel tersa y perfumada. Fueron los egipcios los que descubrieron el método de extracción de la fragancia de las flores; asimismo crearon preciosos frascos de cristal para contener la valiosa y aromática sustancia. Las damas del antiguo Egipto que asistían a una fiesta llevaban un cono de cera perfumada en lo alto de la cabeza; con el paso del tiempo la cera iría derritiéndose cubriendo la cara y los hombros de las mujeres con un perfume meloso y caliente. De la civilización egipcia también proviene la aromaterapia: después del baño, seguía un masaje con aceites aromáticos para relajar los músculos y tranquilizar el espíritu. Originalmente, esta técnica se utilizaba en el embalsamamiento de los cadáveres.

Los hombres más poderosos de la antigüedad se perfumaban con aromas florales. El perfume anunciaba su presencia, extendía su territorio. En la cultura pregriega de Creta, los atletas se bañaban en aceites aromáticos antes de los juegos. Las fuentes en los palacios manaban agua perfumada y las estatuas arrojaban perfume por la boca. Alejandro Magno era un gran devoto de los perfumes y los inciensos, y hacía empapar sus túnicas con esencia de azafrán para dejar una estela aromática por donde quiera que pasase. Los gladiadores, antes de salir a combate, perfumaban cada parte de su cuerpo con una loción aromática diferente. En la antigua Roma la obsesión llegó a ser tal, que tanto hombres como mujeres tomaban baños de perfume.

Con la llegada del cristianismo, el furor comenzó a disiparse, sin embargo no tardaría en renacer. Al volver de la guerra, los cruzados trajeron a occidente el agua de rosas. Desde la Edad Media hasta cerca del fin del siglo XVII, los hombres fueron sucios, pero perfumados. Luis XIV mantenía una cuadrilla de sirvientes dedicada a perfumar sus aposentos con agua de rosas e insistía en que todos los días se creara un nuevo perfume para él. En el palacio de Luis XV, los criados bañaban a las palomas en distintos perfumes y las dejaban libres durante las fiestas, para que esparcieran los aromas cuando volaban por los salones y pasillos. Las mujeres del siglo XVIII espolvoreaban sus cabellos con talco perfumado. La ropa se planchaba con aromas calientes, cada rincón del cuerpo era cuidadosamente perfumado y entre el vestido y la piel se ponían algodones empapados de perfume. Napoleón, antes de salir a la guerra, rociaba sus ropas y sus guantes con agua de colonia hecha de neroli. Isabel I de Inglaterra perfumaba sus guantes con ámbar gris. Asimismo, exigía que sus damas de compañía estuvieran perfumadas para sentir que estaba rodeada de flores. El Corán promete a los más devotos el mismísimo cielo, en donde habrán de ser recibidos por hermosas mujeres de ojos negros hechas de sándalo: mujeres de perfume puro.

Hoy la pasión por los perfumes continúa, y aunque en su mayoría ya no están hechos con esencias de rosas o violetas reales, siguen embriagando nuestros sentidos y excitando la imaginación. Los aromas curan y relajan; se dice que el olor de las manzanas puede reducir la presión sanguínea en personas que sufren de estrés; la lavanda acelera el metabolismo y aumenta la concentración. Nunca subestime el poder de un aroma. Un olor puede traer a la memoria un recuerdo que parecía quedado en el olvido o llevarnos a una tierra lejana al otro lado del mar. Los perfumes nos fascinan porque interrumpen la monotonía de la ciudad con olores propios del campo y la magia. Las palabras se desvanecen, las imágenes se disipan con el tiempo... Un aroma es para siempre.

lunes, 12 de abril de 2010

El primer hotel en el espacio


William Hanna y Joseph Barbera imaginaron un mundo protagonizado por la tecnología: robots multiusos, máquinas que cocinan platillos al instante, edificios inteligentes suspendidos en el cielo, curvilíneos autos voladores y hoteles en la luna u otros planetas. En 1962, cuando la serie animada Los Supersónicos salió al aire, aquello parecía un necio sueño futurista. Pero el futuro nos alcanzó mucho antes de lo que William y Joseph pudieron haber imaginado.
En 2012, el primer hotel en órbita abrirá sus puertas. El Galactic Suite será un complejo en forma de racimo de uvas que contará con cuatro módulos o habitaciones y una sala común. Desde la ventana, usted podrá admirar al deslumbrante planeta Tierra, experimentar la gravedad cero y “amarrarse” a su cama cuando se canse de flotar. Pero no espere encontrar las comodidades de un hotel terrestre de lujo, a pesar de que la estancia de tres noches en el Galactic Suite cueste exorbitantes cuatro millones de dólares. Antes de partir, el turista deberá pasar dieciocho semanas de entrenamiento en una isla tropical para adaptarse a la vida en el espacio y participar en algunos experimentos científicos. Si comparamos estos cuatro millones con los veinte que tuvo que pagar Dennis Tito, el primer turista del espacio, la tarifa del Galactic Suite resulta una verdadera ganga.
“El viaje se hará en un transbordador espacial que, al llegar al hotel, se incorporará a su estructura”, explica Xavier Claramunt, uno de los responsables de Galactic Suite Limited, empresa que desarrolla el proyecto. Las actividades del día comienzan con una rutina de ejercicios físicos. Después, los huéspedes tendrán tiempo para meditar, leer y observar el espacio desde los enormes ventanales que circundan las habitaciones. También podrán consultar información referente a la posición y velocidad del hotel en el espacio y localizar determinadas zonas de nuestro planeta o la galaxia a través de pantallas gigantescas. Las comidas se preparan entre todos. Nada de room service. Mientras tanto, el Galactic Suite orbitará la Tierra, completando una vuelta cada ochenta minutos, lo que permitirá ver quince puestas de sol en un mismo día.
El objetivo de Galactic Suite Limited es desarrollar un complejo de hoteles orbitales con hábitats bio-inspirados. Entonces, cabe reflexionar: colonizada la Tierra, ¿debemos también colonizar el espacio? No existe ninguna organización inter planetaria que regule este tipo de asuntos. Sin embargo, científicos afamados como Carl Sagan o Stephen Hawking coinciden al señalar que la supervivencia de la especie humana dependerá de su habilidad para adaptarse a otros planetas. De modo que salir de la Tierra podría no ser una cuestión relacionada con las vacaciones veraniegas, sino algo mucho más serio. Algo de vida o muerte.

lunes, 5 de abril de 2010

Tepoztlán: la capital mexicana del New Age


No en balde se dice que Tepoztlán es un pueblo mágico. Entre vapores de incienso y cantos orientales, la atmósfera irremediablemente seduce. Artesanías de barro y plata, cuarzos y toda clase de mercancías esotéricas; videntes por aquí y por allá, vestidos hindúes y chamanes… Y detrás de todo ese New Age, el ex convento de la Natividad de María: edificio de arquitectura mudéjar que en algún momento fue ocupado por las tropas de Maximiliano de Habsburgo y que hoy funciona como museo histórico. El mayor atractivo de la zona es el legendario cerro del Tepozteco, en cuya cúspide se levanta una pirámide construida en honor a Tepoztécatl, héroe que se convirtió en el dios del pulque y la fertilidad vegetal.
En un pueblo circundado por cerros, el Tepozteco es el rey. En la pirámide, o Casa del Tepozteco, se encontraron dos lápidas talladas, una de ellas con el nombre de Ahuízotl, rey mexica que murió en el año 1502 de nuestra era. Pero no todo es arqueología e historia. Se cree que el cerro posee una vibración muy especial que contagia de energía positiva a quien se adentra en sus laberintos. Muchos aseguran haber visto ovnis sobrevolando el cerro; otros dicen que dentro del Tepozteco existe una ciudad subterránea en la que viven maestros ascendidos: simples mortales que en vida alcanzaron la iluminación y atravesaron el portal inter dimensional. Y como éstas, se cuentan decenas de historias en torno al célebre Tepozteco.
Tras la hazaña de subir un cerro de dos mil metros, se antojan unos buenos “itacates”: gorditas de maíz bañadas con salsa y espolvoreadas con queso, y de postre una deliciosa tepoznieve: preparada de forma artesanal con ingredientes 100% naturales. Los sabores, que pueden sonar extraños al oído, resultan deliciosos al paladar. Le recomiendo probar la nieve de pétalo de rosa, la de leche quemada o la de pepino con chile.
El souvenir clásico es la artesanía de papel de amate o los cuadros hechos a base de semillas de colores. Sin embargo, los productos esotéricos parecen tener mayor popularidad entre los turistas. Se venden desde inciensos hasta figuras de ángeles o amuletos hindúes. Lo indígena, lo cristiano y lo oriental: todo en un mismo mercado. A pesar de los intereses lucrativos, la realidad es que algo misterioso viaja por las calles de este pueblo. El pasado fin de semana, yo tuve una experiencia muy especial, que si le contara, tal vez no me creería. Lo único que puedo decir es que existe algo más que esta realidad material, pero para poder descubrirlo es necesario abrir la mente y el espíritu a aquello que parece imposible. Tepoztlán es un lugar perfecto para empezar a intentarlo.

lunes, 29 de marzo de 2010

Un paseo por la ciudad delirante


En la Ciudad de México la arquitectura es un abanico de posibilidades. Desde los aburridos complejos de edificios que pretenden ser minimalistas y glamorosos (pero que suelen ser simplemente de manufactura barata), hasta las casas art decó de la Condesa, el barroco del Centro Histórico, las viejas mansiones del Pedregal, los gigantes japoneses de Santa Fe, los edificios setenteros que sobreviven por aquí y por allá, y las desvencijadas casitas de lámina que adornan los cinturones de miseria. Un poco indígenas, un poco europeos y un poco kitsch. Así somos los mexicanos. Casas pintadas de verde chillón con portones de columnas griegas y ventanas rotas. Fachadas de palacios virreinales que tan sólo son espejismos. Pero con todo, la Ciudad de México tiene un encanto que maravilla a cualquiera.
El territorio, que antes estaba lleno de estructuras piramidales, es ahora una mescolanza de estilos. En medio de la Colonia del Valle, por ejemplo, se encuentra uno de los templos más antiguos de la ciudad. El templo de San Lorenzo Xochimanca es un icono arquitectónico que a principios del siglo XX todavía se utilizaba como cementerio. Se trata de una joya en medio de la ciudad, ya que resulta muy difícil encontrar un edificio del siglo XVI, incluso en el Centro Histórico. Bernal Díaz del Castillo decía que donde había templos prehispánicos era donde los españoles decidían construir sus capillas. Muy probablemente este templo fue construido con los restos de una pirámide.
Es una desgracia que la mayor parte de la arquitectura indígena haya sido destruida, pero no podemos negar la belleza de nuestros edificios virreinales. Y qué decir del embellecimiento que Don Porfirio auspició durante sus treinta años de gobierno: comenzaron a levantarse refinadas residencias; villas y chalets; lujosas cafeterías y tiendas; restaurantes, almacenes y teatros que le dieron a la Ciudad de México una ilusión de Primer Mundo.
Muchos extranjeros se instalaron en nuestro país debido a las concesiones que el gobierno había otorgado a sus empresas. Se fundaron nuevos barrios en los cuales la alta burguesía nacional compartía espacio urbano con ingleses, franceses, italianos y estadounidenses. A estos barrios se les llamó “colonias”. Así surgió la Colonia Santa María la Ribera, la Colonia Guerrero, San Rafael, Cuauhtemoc, Juárez, la Roma y la Condesa, que, con sus avenidas y banquetas arboladas; sus hermosos jardines y residencias de diversos estilos, conferían a la ciudad una imagen moderna y chic. Hoy todavía es posible admirar mucho de aquel esplendor porfiriano.
Santa Fe es un claro dejemplo de nuestra cultura tan contrastada. Detrás de todo ese brillo monumental primermundista, de esos impactantes edificios corporativos de empresas trasnacionales, del centro comercial más grande de Latinoamérica, se encuentran algunos de los barrios más pobres de la ciudad, el famoso cinturón de miseria de Santa Fe. Algo similar sucede en el Centro Histórico: muchos de los palacios virreinales se levantan como espejismos. De ellos no quedan más que sus primorosas fachadas. Dentro hay multifamiliares en donde las personas viven hacinadas, en un ambiente de promiscuidad y falta de higiene.
Ecléctica Ciudad de México. Lo más bello y lo más triste. Afanes europeizantes que tratan de no pisotear el recuerdo prehispánico. El Templo Mayor junto a la Catedral, que fue construida con piedra labrada por indígenas. Y, en medio de toda esta urbanización, se levanta la pirámide de Cuicuilco, la estructura más antigua del valle de Anáhuac. Encantadora, única, delirante Ciudad de México.

lunes, 8 de marzo de 2010

"Estoy parado sobre la muralla que divide..."



Ser humano: animal racional de nombre científico sapiens que significa “sabio” o “capaz de conocer”, de realizar operaciones conceptuales o simbólicas muy complejas que incluyen el manejo de sistemas lingüísticos muy sofisticados. ¿Cómo le explicaría usted a un extraterrestre qué es el hombre? La verdad es que ni siquiera nosotros, los seres humanos, logramos ponernos de acuerdo. Dicen algunos que el hombre se encuentra en la cumbre como espectador del Universo; un artífice cuya misión es trascender. ¿Será? A veces pienso que somos muy similares a las hormigas. Construimos colonias, acarreamos comida, inventamos jerarquías sociales que dependen de nuestro nacimiento (o en tiempos más modernos, del status) y elegimos a un gobernante o depositario de nuestra soberanía a cambio de obtener un poco de seguridad. Son muy pocos los artífices, los que se dedican a algo más que a obedecer convenciones y ganar dinero. Piense en los griegos, los romanos o los mayas. Filósofos, artistas, astrónomos… La posmodernidad nos ha devaluado, nos ha convertido en “robotitos” fabricados en una línea de ensamble. Y, sin embargo, nos sentimos tan diferentes unos de otros.
Somos amantes del prejuicio que, de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, significa: “opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”. Los chinos son ruidosos, los colombianos narcotraficantes, los cubanos comunistas ¿o socialistas?, no nos importa la diferencia. Los franceses no se bañan, los alemanes son témpanos de hielo; los ingleses pomposos y respingones; los gringos… Bueno, a esos nadie los quiere. Y los mexicanos… ¡los mexicanos somos poca madre! Aunque siempre nos estemos quejando del gobierno, del sistema educativo, la escasez de medallas en los Juegos Olímpicos y el ridículo que casi siempre hace la Selección en el Mundial.
Es verdad que existen diferencias culturales entre las naciones. El idioma es un primer impedimento, la educación, la historia, las tradiciones populares y la religiosidad. Sin embargo, se nos olvida que somos simples humanos perdidos en la vastedad de una galaxia de 400, 000 millones de estrellas. Que compartimos un mismo genoma y que todos anhelamos la felicidad.
Lo que necesitamos no es tolerancia, que, en sí misma, contiene la idea de soportar; sino comprender, conocer al otro, buscar empatía. Blancos, negros, amarillos o color cobre. En lugar de añadir más ladrillos a las murallas culturales, deberíamos tratar de quitar unos cuantos. Si un extraterrestre me preguntara: ¿qué son los seres humanos?, yo le contestaría: somos una raza maravillosa, pero apenas nos encontramos en los albores de la pubertad.

lunes, 22 de febrero de 2010

Las nuevas adicciones



Ciberfobia: miedo a las computadoras. Falacrofobia: miedo a la calvicie. Filofobia: miedo a enamorarse. Y como éstas, hay cientos de fobias en los diccionarios médicos, que cada vez son más voluminosos. Las fobias y las adicciones dependen, sí, de la predisposición del individuo, de su historia y vulnerabilidad. Sin embargo, el entorno socio-cultural también tiene gran injerencia. Se transforma a cada momento estableciendo nuevos cánones de belleza y aceptación, escupiendo nuevos antivalores y necesidades que mantienen a las personas en una constante encrucijada. La moda de los cuerpos esbeltos y tonificados. El autoestima directamente proporcional al status. El culto a lo material y la carrera por tener un mayor ingreso para tener una casa más grande, un automóvil más curvilíneo, para mandar a los niños a la escuela trilingüe carísima. Y todo con el fin de ser aceptados, envidiados, efímeramente trascendentes… La cultura pos moderna ha traído consigo nuevas enfermedades y adicciones que hace unas décadas eran prácticamente inconcebibles. Algunas son tan nuevas que carecen de denominación científica.
Hoy, los médicos especializados en la salud mental tienen sus consultorios abarrotados debido a una epidemia de estrés, depresión y ansiedad. “El uso incontrolado de internet, las compras, el trabajo e incluso el ejercicio físico, pueden convertirse en adicciones cuando se realizan de forma compulsiva”, afirma el Doctor Jesús Francisco García, especialista en psiquiatría y medicina familiar. Asegura que: “la evolución que han experimentado las sociedades se ha trasladado a las adicciones, que ahora se pueden dividir en tradicionales, tales como el alcoholismo, la ludopatía y las toxicomanías, y en modernas o de nueva generación, que se desarrollan de la misma manera que las tradicionales y pueden llegar a ser igual de peligrosas.” Cualquiera que sea el caso, la adicción siempre es el resultado de un vacío emocional.
La dismorfia muscular o vigorexia es una de estas adicciones de “nueva generación”. Se trata de un trastorno o desorden emocional en el que las características físicas se perciben de forma distorsionada, similar a lo que sucede cuando se padece anorexia, pero a la inversa. El individuo siempre cree sufrir de una carencia de tonicidad o musculatura. Por ello, comienza a hacer ejercicio de forma compulsiva; pasa la mayor parte de su tiempo en gimnasios y planeando dietas para acrecentar la musculatura, que muchas veces van aderezadas con anabólicos y esteroides. La belleza se asocia con el aumento de la masa muscular. Así, los cuerpos tienden a desproporcionarse, a hacerse ridículamente voluminosos y no acordes a la complexión. La vigorexia es una enfermedad que ataca en mayor medida a los hombres, aunque también es posible en mujeres. Convulsiones, mareos, dolores de cabeza, taquicardias y baja autoestima son los principales síntomas de este desorden.
Los “hikikomori” conforman un grupo de adolescentes y adultos jóvenes que, abrumados por los altos estándares de la cultura japonesa, se sienten incapaces de satisfacerlos y optan por un aislamiento que es llevado a sus últimas consecuencias. La mayoría son varones, primogénitos de familias adineradas que debido a la fuerte competencia laboral y académica deciden echar el pestillo a la puerta de sus habitaciones para mantenerse en un “cómodo” estado de reclusión que puede durar meses o años. Uno de cada diez hombres de entre 18 y 30 años padece de este problema, y lo peor es que la pesadilla no termina cuando un “hikikomori” decide salir de su celda. Debido al prolongado aislamiento, el individuo pierde gran parte de sus habilidades sociales y se convierte en un ser agresivo y peligroso para la comunidad.
Dicho fenómeno no es exclusivo de Japón. La presión excesiva ha llevado a muchos jóvenes al borde de la locura, y todo por el afán de satisfacer los estándares que una sociedad cuyos máximos valores son el cuerpo y el dinero les ha impuesto. Nuestra cultura está enferma, y para muestra basta echarle un vistazo al último diccionario de fobias o adicciones.