Nick Bradbury


Powered By Blogger

viernes, 23 de abril de 2010

La fascinante historia del perfume




Desde tiempos remotos, hombres y mujeres se han perfumado. El olor de las flores, la madera, las frutas o las especias era tan placentero que los miembros de las altas jerarquías de la antigüedad quisieron atraparlo en un pequeño frasco de cristal. Les gustaba ser sorprendidos por los aromas e imaginarse que sus palacios estaban tapizados con flores y maderas orientales. Cuando los egipcios asistían a una cena real, recibían guirnaldas perfumadas en la puerta. El suelo y las paredes eran cubiertos con flores y pétalos que perfumaban la habitación en donde habría de llevarse a cabo el banquete. Sin embargo, en un principio los perfumes no se usaban para el deleite humano, sino para agradar a los dioses.

El perfume nació en Mesopotamia con la forma de un incienso que era ofrecido a las deidades para endulzar el olor de la carne animal quemada en los sacrificios. En lo alto de la torre de Babel, los sacerdotes quemaban piras de incienso para que el aroma llegara más allá de las nubes, a la residencia de los dioses. Posteriormente se permitió el uso del perfume a los sacerdotes, después a los reyes, que encarnaban a la deidad en la Tierra, luego a los otros líderes, a sus sirvientes, y así sucesivamente hasta alcanzar la base de la pirámide social.

La primera civilización que utilizó perfume regularmente fue Egipto. Se volvió una obsesión nacional hacia el año 1558 a.C., durante el reinado de la reina Hatshepsut, quien hizo plantar grandes jardines adornados de flores y mandó quemar incienso en las terrazas para que el aroma inundara cada rincón de su palacio. No obstante, Cleopatra fue la quintaesencia de los artistas del perfume. Se dice que recibió a Marco Antonio en una habitación repleta de velas perfumadas. Ella misma se había bañado en perfume para hacer desfallecer a su amante.
Los egipcios empleaban inciensos y perfumes durante sus rituales de adoración y embalsamamiento, sin embargo el perfume también tenía un valor estético y sensual. Se untaban esencias en el cuerpo para protegerse de hechizos o para curar dolencias, igualmente para despedir un aroma agradable y sentirse irresistibles, pues apreciaban sobremanera el contacto de una piel tersa y perfumada. Fueron los egipcios los que descubrieron el método de extracción de la fragancia de las flores; asimismo crearon preciosos frascos de cristal para contener la valiosa y aromática sustancia. Las damas del antiguo Egipto que asistían a una fiesta llevaban un cono de cera perfumada en lo alto de la cabeza; con el paso del tiempo la cera iría derritiéndose cubriendo la cara y los hombros de las mujeres con un perfume meloso y caliente. De la civilización egipcia también proviene la aromaterapia: después del baño, seguía un masaje con aceites aromáticos para relajar los músculos y tranquilizar el espíritu. Originalmente, esta técnica se utilizaba en el embalsamamiento de los cadáveres.

Los hombres más poderosos de la antigüedad se perfumaban con aromas florales. El perfume anunciaba su presencia, extendía su territorio. En la cultura pregriega de Creta, los atletas se bañaban en aceites aromáticos antes de los juegos. Las fuentes en los palacios manaban agua perfumada y las estatuas arrojaban perfume por la boca. Alejandro Magno era un gran devoto de los perfumes y los inciensos, y hacía empapar sus túnicas con esencia de azafrán para dejar una estela aromática por donde quiera que pasase. Los gladiadores, antes de salir a combate, perfumaban cada parte de su cuerpo con una loción aromática diferente. En la antigua Roma la obsesión llegó a ser tal, que tanto hombres como mujeres tomaban baños de perfume.

Con la llegada del cristianismo, el furor comenzó a disiparse, sin embargo no tardaría en renacer. Al volver de la guerra, los cruzados trajeron a occidente el agua de rosas. Desde la Edad Media hasta cerca del fin del siglo XVII, los hombres fueron sucios, pero perfumados. Luis XIV mantenía una cuadrilla de sirvientes dedicada a perfumar sus aposentos con agua de rosas e insistía en que todos los días se creara un nuevo perfume para él. En el palacio de Luis XV, los criados bañaban a las palomas en distintos perfumes y las dejaban libres durante las fiestas, para que esparcieran los aromas cuando volaban por los salones y pasillos. Las mujeres del siglo XVIII espolvoreaban sus cabellos con talco perfumado. La ropa se planchaba con aromas calientes, cada rincón del cuerpo era cuidadosamente perfumado y entre el vestido y la piel se ponían algodones empapados de perfume. Napoleón, antes de salir a la guerra, rociaba sus ropas y sus guantes con agua de colonia hecha de neroli. Isabel I de Inglaterra perfumaba sus guantes con ámbar gris. Asimismo, exigía que sus damas de compañía estuvieran perfumadas para sentir que estaba rodeada de flores. El Corán promete a los más devotos el mismísimo cielo, en donde habrán de ser recibidos por hermosas mujeres de ojos negros hechas de sándalo: mujeres de perfume puro.

Hoy la pasión por los perfumes continúa, y aunque en su mayoría ya no están hechos con esencias de rosas o violetas reales, siguen embriagando nuestros sentidos y excitando la imaginación. Los aromas curan y relajan; se dice que el olor de las manzanas puede reducir la presión sanguínea en personas que sufren de estrés; la lavanda acelera el metabolismo y aumenta la concentración. Nunca subestime el poder de un aroma. Un olor puede traer a la memoria un recuerdo que parecía quedado en el olvido o llevarnos a una tierra lejana al otro lado del mar. Los perfumes nos fascinan porque interrumpen la monotonía de la ciudad con olores propios del campo y la magia. Las palabras se desvanecen, las imágenes se disipan con el tiempo... Un aroma es para siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario