
En la Ciudad de México la arquitectura es un abanico de posibilidades. Desde los aburridos complejos de edificios que pretenden ser minimalistas y glamorosos (pero que suelen ser simplemente de manufactura barata), hasta las casas art decó de la Condesa, el barroco del Centro Histórico, las viejas mansiones del Pedregal, los gigantes japoneses de Santa Fe, los edificios setenteros que sobreviven por aquí y por allá, y las desvencijadas casitas de lámina que adornan los cinturones de miseria. Un poco indígenas, un poco europeos y un poco kitsch. Así somos los mexicanos. Casas pintadas de verde chillón con portones de columnas griegas y ventanas rotas. Fachadas de palacios virreinales que tan sólo son espejismos. Pero con todo, la Ciudad de México tiene un encanto que maravilla a cualquiera.
El territorio, que antes estaba lleno de estructuras piramidales, es ahora una mescolanza de estilos. En medio de la Colonia del Valle, por ejemplo, se encuentra uno de los templos más antiguos de la ciudad. El templo de San Lorenzo Xochimanca es un icono arquitectónico que a principios del siglo XX todavía se utilizaba como cementerio. Se trata de una joya en medio de la ciudad, ya que resulta muy difícil encontrar un edificio del siglo XVI, incluso en el Centro Histórico. Bernal Díaz del Castillo decía que donde había templos prehispánicos era donde los españoles decidían construir sus capillas. Muy probablemente este templo fue construido con los restos de una pirámide.
Es una desgracia que la mayor parte de la arquitectura indígena haya sido destruida, pero no podemos negar la belleza de nuestros edificios virreinales. Y qué decir del embellecimiento que Don Porfirio auspició durante sus treinta años de gobierno: comenzaron a levantarse refinadas residencias; villas y chalets; lujosas cafeterías y tiendas; restaurantes, almacenes y teatros que le dieron a la Ciudad de México una ilusión de Primer Mundo.
Muchos extranjeros se instalaron en nuestro país debido a las concesiones que el gobierno había otorgado a sus empresas. Se fundaron nuevos barrios en los cuales la alta burguesía nacional compartía espacio urbano con ingleses, franceses, italianos y estadounidenses. A estos barrios se les llamó “colonias”. Así surgió la Colonia Santa María la Ribera, la Colonia Guerrero, San Rafael, Cuauhtemoc, Juárez, la Roma y la Condesa, que, con sus avenidas y banquetas arboladas; sus hermosos jardines y residencias de diversos estilos, conferían a la ciudad una imagen moderna y chic. Hoy todavía es posible admirar mucho de aquel esplendor porfiriano.
Santa Fe es un claro dejemplo de nuestra cultura tan contrastada. Detrás de todo ese brillo monumental primermundista, de esos impactantes edificios corporativos de empresas trasnacionales, del centro comercial más grande de Latinoamérica, se encuentran algunos de los barrios más pobres de la ciudad, el famoso cinturón de miseria de Santa Fe. Algo similar sucede en el Centro Histórico: muchos de los palacios virreinales se levantan como espejismos. De ellos no quedan más que sus primorosas fachadas. Dentro hay multifamiliares en donde las personas viven hacinadas, en un ambiente de promiscuidad y falta de higiene.
Ecléctica Ciudad de México. Lo más bello y lo más triste. Afanes europeizantes que tratan de no pisotear el recuerdo prehispánico. El Templo Mayor junto a la Catedral, que fue construida con piedra labrada por indígenas. Y, en medio de toda esta urbanización, se levanta la pirámide de Cuicuilco, la estructura más antigua del valle de Anáhuac. Encantadora, única, delirante Ciudad de México.


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