
Pompeya era una villa de descanso para los aristócratas romanos. La ciudad, colmada de palacios, era una especie de spa gigantesco. El pater o señor competía con sus vecinos para tener la residencia más lujosa. Jardines, fuentes, esculturas y murales. Las casas de Pompeya poseían salones para las tertulias, una gran cocina, cómodas habitaciones, estudio y comedor. Eran dignas de ser habitadas por los dioses. Sin embargo, en el año 79 d. C, la furia del volcán Vesubio sepultó a la ciudad, dejando su resplandor en las sombras. Pero Pompeya volvería a ver la luz.
En la exposición “Pompeya y una Villa Romana. Arte y cultura alrededor de la bahía de Nápoles”, el Museo Nacional de Antropología e Historia exhibe 101 piezas de arte y vida cotidiana que muestran la opulencia con la que vivían los aristócratas romanos en tiempos cercanos a la erupción del Vesubio. A un mes de la clausura, ésta es una exposición que no se puede perder. Y si aún no se ha convencido, déjeme contarle un poco más acerca de Pompeya.
Aunque la vida transcurría tranquila, en un ambiente de ocio, los aristócratas de Pompeya daban gran importancia al arte y admiraban sobremanera a la cultura griega. Así que llenaron sus residencias de esculturas, mosaicos y frescos que recordaban el antiguo esplendor de los helenos. No obstante, el 24 de agosto del año 79, el paraíso encontraría su fin. Una columna nubosa se alzó varios kilómetros hacia el cielo. Los habitantes de Pompeya, que en su mayoría pensaba que el Vesubio era una montaña más en el paisaje, no prestó demasiada atención al fenómeno. Fue hasta que la ciudad se vio envuelta en una neblina imposible, que los pompeyanos empezaron a ejercer la retirada. Desafortunadamente, ya era demasiado tarde. Aquélla fue una erupción peculiar. De esas que sólo ocurren cada dos mil o cinco mil años.
El Vesubio ha entrado en erupción más de treinta veces en los últimos dos mil años. La más reciente fue en 1944 y, a pesar de la devastación de los campos, sólo murieron 20 personas. Cuando un volcán hace erupción y forma ríos de lava, hay mucho tiempo para escapar. Pero la del año 79 fue una explosión de roca fundida. Diez mil toneladas de material fueron arrojadas sobre Pompeya. La acumulación de gases reventó el cono del volcán y la ciudad se vio envuelta en un diluvio de polvo. Los pompeyanos murieron de asfixia, enterrados vivos.
Muchos quisieron llevarse sus pertenencias; cerrar sus casas con llave antes de huir. Pero esa vacilación resultaría fatal. Hoy, sus cadáveres son escalofriantes esculturas de yeso; sus palacios, tumbas; y sus riquezas, objetos que se exhiben en museos de todo el mundo para el deleite de los vivos. Una pequeña y lujosa villa romana se ha reconstruido en nuestro Museo de Antropología. El 14 de febrero se mudará a otra parte. Así que no se pierda la oportunidad de admirar algunos de los tesoros de Pompeya, ciudad rescatada de los escombros.


Muy fantastico, asombroso y fatídico lo vivido en Pompeya
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