Nick Bradbury


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lunes, 4 de enero de 2010

Avatar: la cuarta más taquillera



Debo confesar mi debilidad por la ciencia ficción. En todo caso, casi siempre prefiero leer un buen libro del género que ver una película hollywoodense llena de cabos sueltos y actores demasiado maquillados. No obstante, me he enamorado de varios filmes pertenecientes a esta categoría: Contacto, basada en la maravillosa novela de Carl Sagan, Odisea 2001 de Stanley Kubrick y la hilarante cinta de Woody Allen, El dormilón, por mencionar sólo algunas. Ahora, una nueva propuesta ha invadido las salas de cine de todo el mundo, Avatar, del laureado James Cameron, director del famoso melodrama histórico Titanic. En tercera dimensión y luciendo impresionantes efectos especiales, Avatar logró recaudar 1000 millones de dólares en tan sólo 17 días, lo que la convierte en el cuarto filme más taquillero hasta el momento.
Aunque el argumento no es nuevo (pueden encontrarse ecos de Danza con lobos, El último samurai y La princesa Mononoke), Cameron logra no sólo entretener con una historia bien contada, sino también conmover a los espectadores con un mensaje muy ad hoc a nuestra época: la injusta destrucción de los ecosistemas y las culturas para saciar el hambre del monstruo capitalista. Carbón, petróleo, y dicen que en un futuro las guerras serán por agua.
Avatar es la historia de Jake Sully, un soldado parapléjico que es enviado a la luna de un planeta lejano en una misión secreta. Pandora es un paraíso lleno de plantas exuberantes habitado por una raza de seres azules y gigantescos llamados Na´vi que, a diferencia de los humanos, fundamentan su vida en el respeto por la Madre Naturaleza. Para obtener información sobre ellos, los científicos desarrollan con ADN alienígena y humano avatares, seres con aspecto de Na´vi, pero que son controlados vía remota por humanos. Sully debe ganarse la confianza de los Na´vi para convencerlos de trasladar la tribu a otro sitio, lejos del yacimiento del misterioso recurso que tanto interesa a los humanos. Sin embargo, queda embelesado con los paisajes de ensueño de Pandora, la profunda espiritualidad de sus habitantes y, sobre todo, con una hermosa nativa. Traiciona a su raza y, obviamente, comienza la guerra.
Con la marca de “hecho en Hollywood”, el filme no pudo desenmarañarse de la típica historia de amor, entre otros clichés. No obstante, el fondo es conmovedor; y los efectos especiales, impecables. Los niños, y uno que otro adulto, no pueden evitar alzar las manos para tocar los objetos que parecen salirse de la pantalla: dragones, flores suspendidas en el aire y curiosas criaturas.
Avatar lleva la experiencia de la tercera dimensión a límites insospechados. Incluso, me atrevería a decir que es un vislumbre del futuro del cine, que se verá cada vez más detrás de unos lentes especiales. Además de los efectos, lo más rescatable de la película es el mensaje. La invasión y la destrucción de las culturas son temas tan antiguos como las civilizaciones, por lo que nunca pasarán de moda. La política de Avatar es anti corporativa y anti imperialista, pugna por la conservación y la conciencia ecológica bajo el cariz de una especie de izquierda hollywoodense. Es un espectáculo de millones de dólares que invita a la reflexión.

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