Nick Bradbury


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miércoles, 9 de febrero de 2011

Los hermanos que creían en cuentos de hadas


Hace muchos años —poco más de doscientos— dos hermanos salieron de casa sin la menor idea de que su apellido sería conocido en todo el mundo. Inspirados por el movimiento romántico, idearon un plan para acercarse a los campesinos de la comarca de Kassel, en la vieja Alemania, y escuchar de viva voz los relatos que, durante cientos de años, se habían transmitido de generación en generación; cuentos que consideraban una forma primitiva de poesía y que contenían la sabiduría y el folclore de la cultura germana. Jakob y Wilhelm, pues esos eran sus nombres, recorrieron la comarca que los había visto nacer y se dieron a la tarea de recolectar historias que luego reproducirían en un libro imprescindible: Cuentos de Grimm. Solían llamarles Jakob el científico y Wilhelm el poeta. El primero estaba más interesado en la investigación; el segundo simplemente se dejaba seducir por las palabras de los más humildes, aquéllos que trabajaban bajo el sol y que probablemente no sabían escribir siquiera su nombre.
Durante su recorrido, los hermanos Grimm se encontraron con viejas y labriegos de ojos iluminados por el recuerdo de las historias que sus abuelos habían contado a sus padres y que éstos habían repetido para ellos. Wilhelm se encargó de la elaboración de los cuentos a partir de los datos que su hermano le proporcionaba. Fiel a los testimonios, y con un estilo sencillo y encantador, Wilhelm aseguró en el papel la inmortalidad de esos relatos que, por tanto tiempo, se habían conservado únicamente en la memoria. Clásicos de la literatura infantil, pero que ningún adulto debe menospreciar porque suponen verdades puras de los inicios, del valor, la justicia y la belleza.
En el prólogo de su libro, Cuentos infantiles del hogar, los hermanos Grimm escriben: “En el interior de estas obras se encuentra la misma pureza por la que los niños nos parecen tan encantadores y felices: tienen, por decirlo así, los mismos ojos blancos y azulados, y que no pueden ya crecer más, mientras que los restantes miembros son todavía tiernos, débiles e incapaces de laborar la tierra. La mayoría de las situaciones son tan sencillas que probablemente casi todas se dieron en la vida; pero, como todo lo verdadero, son siempre nuevas y conmovedoras”.
La mayoría de los relatos encierra una lección moral, como los de Las mil y una noches: colección de cuentos que expresa el folclor del mundo árabe y en cuya primera página puede leerse: “Que las leyendas de los antiguos sean una lección para los modernos, a fin de que el hombre aprenda en los sucesos que ocurren a otros que no son él. Entonces respetará y comparará con atención las palabras de los pueblos pasados y lo que a él le ocurra, y se reprimirá. Por esto: ¡gloria a quien guarda los relatos de los primeros como lección dedicada a los últimos”. Las mil y una noches es al mundo árabe lo que los Cuentos de Grimm al germano.
Una de las historias más bellas recogidas por los hermanos es la de “Alicia, la mujer del pescador”. Un pescador, bueno y honrado, vivía con su esposa en una humilde cabaña en el campo. Maldita sea la mañana en que pescó algo prodigioso: un príncipe a quien un hada había convertido en pez. Agradecido por haberlo dejado en libertad, el príncipe quiso regresar el favor al pescador, y aunque éste estaba conforme con lo que tenía, no así su mujer. Primero deseó una casita con dos habitaciones, una cocina, un corral con pollos y un jardincito. Al poco tiempo, Alicia se sintió inconforme y quiso un palacio; después deseó ser reina, luego emperatriz, y también le pidió sabiduría al pez encantado. Su ambición demostró no tener fin cuando envió al pobre de su esposo a pedirle al príncipe que la convirtiera en reina del sol y la luna, pues no le gustaba que los astros se movieran en el cielo sin su permiso. Enfurecido, el pez le dijo al pescador: “¡No será! Vuelve a tu casa, que ya no es el magnífico palacio que dejaste hace un momento, sino la humilde cabaña que tuviste al principio, y confórmate con que no os castigue a ti y a tu mujer como merecéis, por haber sido tan ambiciosos”.
Entre los cuentos que escucharon los hermanos Grimm durante su recorrido se encuentran: “Pulgarcito”, “Juan con suerte”, “El sastrecillo listo”, “La pastora de gansos”, “Las tres hilanderas” y “Los músicos de Brema”. Sin embargo, los cuentos más famosos que han sido llevados a las pantallas chica y grande no son de origen germano. “La princesita Blancanieves”, “La Cenicienta”, “Caperucita roja”, “La bella durmiente del bosque” y “La madrastra” son narraciones extranjeras que los hermanos convirtieron en materia intrínsecamente alemana.

A diferencia de las películas de Disney…

Blancanieves no revive gracias al beso del verdadero amor y la madrastra no muere al caer de un precipicio. Después de comer la manzana envenenada, Blancanieves muere y los enanos la colocan en un ataúd que llevan a lo alto de una montaña. “Pasó mucho tiempo, mucho; Blancanieves seguía dentro de su ataúd de cristal, tan hermosa como siempre: parecía dormida. Seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y morena como la madera”. Un príncipe le pidió a los enanos que le permitieran llevar a la joven a su palacio, pues no creía poder sobrevivir sin admirar otra vez su belleza. Pero… “al ir por el bosque, los criados tropezaron con unas raíces; y, con el golpe, a Blancanieves se le salió de la boca el pedazo de manzana envenenada. ¡Qué maravilla! En cuanto escupió la manzana, Blancanieves abrió los ojos y levantó la tapa del ataúd”. La malvada reina, que todavía estaba enferma de rabia porque Blancanieves iba a casarse con el príncipe, se arregló lo mejor que pudo para la fiesta. Pero los criados del rey tenían preparadas para ella unas zapatillas de hierro ardiente. …”la madrastra empezó a bailar de dolor, y tanto bailó que se murió”.

No hay ningún hada madrina en el cuento de “La Cenicienta”. Cenicienta plantó una ramita de avellano junto a la tumba de su madre. La rama creció y creció hasta convertirse en un frondoso árbol. En una de las ramas, vivía un pájaro blanco que traía cuanta cosa se le ocurría a Cenicienta. Cuando llegó la invitación de palacio, las hermanastras —que por cierto eran bastante guapas, pero de corazones negros — se pusieron muy contentas y sacaron sus mejores vestidos del armario. Cenicienta —como sabemos— vestía harapos, pero también quería ir al baile y conocer al príncipe. Se puso bajo el avellano que resguardaba la tumba de su madre y dijo: “¡Muévete, arbolito, muévete tesoro! ¡Echa sobre mí tu plata y tu oro!”. Y el árbol se meneó, y el pajarillo que estaba en las ramas le echó a Cenicienta un vestido que era una joya y unos zapatitos de oro. Cabe mencionar que, para engañar al príncipe, la madrastra hizo que sus hijas se cortaran un dedo y un pedazo de talón, pero la sangre sacó a relucir la mentira.

En “La bella durmiente” fueron invitadas doce hadas, y no tres. Tras nacer la princesa —que Tchaikovsky decidió que se llamara Aurora— los reyes dieron una gran fiesta. “Entre los invitados estaban todos sus parientes, sus amigos y toda la gente que conocían, y además las hadas. Las habían invitado para que hicieran regalos maravillosos a la niña. Eran trece las hadas de aquel reino; pero los reyes no tenían más que doce platos de oro para servirles la comida, y por eso no invitaron a la fiesta más que a doce hadas”.

El estudio realizado por Jakob y Wilhelm consagró las historias de su comarca como el modelo perfecto de los cuentos populares infantiles. A mí, los cuentos que los hermanos Grimm escucharon en su viaje, me llegaron en forma de libros bellamente ilustrados. Mi abuela me regaló buena parte de la colección. Ahora deben encontrarse en la biblioteca de algún sobrinito que, como yo, debe esperarlos con ansia cuando se acerca la hora de dormir.

sábado, 22 de enero de 2011

Curiosidades rosas


Millones de mujeres responden al nombre de Rosa. Otras más al de Rosalía, Rosita o Rosamunda, inspirados en el nombre de esta flor que ha cosechado pasiones por todas partes. La rosa ya era considerada antigua cuando el botánico griego Teofrasto escribió sobre la «rosa de cien pétalos», en el año 270 a.C. Basta decir que se han encontrado rosas fosilizadas que datan de cuarenta millones de años. El espectro parece interminable, veinte mil variedades de rosas esparcen su perfume hoy día. Hay rosas en la cocina, en las iglesias, en los perfumes, en el cabello de las mujeres e incluso en algunos rosarios que, originalmente, constaban de ciento sesenta y cinco pétalos de rosa secos y cuidadosamente enrollados. Pero no sólo las flores son prolíficas en el mundo; en la paleta de un pintor pueden encontrarse hasta 50 tonos de rosa: begonia, color piel, rosa persa, salmón, malva, rosa antiguo y rosa bebé…
Ningún pueblo estuvo tan obsesionado con las rosas como el romano. De la fuente del emperador manaba agua de rosas; se usaban pétalos de rosa como relleno de almohadas y como ingrediente de medicinas, pociones de amor y afrodisiacos. En las bacanales no sólo había exceso de comida y bebida, también había exceso de rosas. Para el deleite de sus invitados, Nerón llegó a gastar el equivalente a ciento sesenta y cinco mil dólares en rosas —cabe mencionar que uno de sus invitados murió asfixiado bajo una ducha de pétalos—. La devoción de los romanos por esta flor era tal, que incluso crearon una festividad para ella: la Rosalia.
Para la cultura islámica, la rosa tiene un valor más espiritual. Se dice que cada vez que alguien aspira su perfume, resuena el nombre de Alá. Las rosas se mezclan bien con el agua, por lo que son ideales para preparar helados y pasteles; de hecho, la rosa se ha convertido en ingrediente emblemático de la gastronomía islámica, además de ser muy usada como perfume corporal. La hospitalidad sigue exigiendo que en una casa islámica un invitado sea rociado con agua de rosas al momento de entrar.
A comienzos del siglo XIX, las elegantes rosas de té chinas, que olían como hojas de té frescas cuando se machacaban, provocaron furor en Europa. La cruza de especies chinas y europeas trajo como resultado las llamadas “rosas de té híbridas”. Pétalos amplios o alargados: rojos, amarillos, blancos y hasta violetas; perfumes embriagantes, sobrios o tímidos como adolescentes. Hubo un momento en que el perfume de la rosa estuvo a punto de perderse debido al exceso de hibridación. La especie híbrida de rosa de té más popular del mundo es «Peace», una flor que deslumbra por su colorido múltiple y que refleja todos los espectros de la luz. Fue bautizada con ese nombre el 2 de mayo de 1945, cuando Berlín fue derrotada y se hizo la paz.
Todas las cualidades de la rosa se consideran típicamente femeninas. La rosa simboliza la fuerza de los débiles, como el encanto y la amabilidad. En Romeo y Julieta, de Shakespeare, se lee: I´m the very pink of courtesy —“Soy tan cortés como el color rosa”. El rosa es y ha sido en todos los siglos el color típico de la cortesía y la amabilidad. Es verdad que el rosa es un color suave, tierno y delicado, pero también nos hace pensar en la piel, en un cuerpo desnudo, lo que lo convierte en un color erótico. Junto al blanco, el rosa parece un color completamente inocente, sin embargo, con el violeta y el negro forma el acorde cromático de la seducción y el erotismo. El rosa es como una nube aterciopelada que puede convertirse en tormenta: oscila entre el bien y el mal.
Pero el rosa no siempre fue el color típicamente femenino. El diario financiero más famoso del mundo, The Financial Times, se imprime desde 1888 en papel rosado. También la Gazzeta dello Sport, diario deportivo italiano leído casi exclusivamente por hombres, se imprime en papel rosado. La convención de “rosa para las niñas, azul celeste para los niños” parece tan antigua como los cantos gregorianos. Sin embargo, esta moda nació hace poco, en 1920, y contradice el simbolismo milenario que dicta que el color rojo es masculino; y el rosa, el pequeño rojo, el color de los niños varones. Por ello, desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX, se solía representar al Niño Jesús vestido de color rosa.
El rosa es también el color de las ilusiones y los milagros. Ilusionarse equivale a dormir en una balsa que navega en el cielo, sobre un mar de nubes rosas. Todo lo vemos “color de rosa”. El séptimo cielo es rosa; y, cuando la vida es como un sueño: C’est la vie en rose, dicen los franceses. A los antidepresivos se les llama “píldoras rosas”. El rosa se encuentra en todas las ensoñaciones, es el color de la irrealidad, del romanticismo y el deleite.
Rosella, Rhoda, Rosika, Rosina, Rose, Rosalie, Rosetta, Rosi… El nombre Rosa es uno de los más populares del mundo; el 3% de las mujeres lo nombra como color favorito; la flor que lleva este mismo nombre es la más vendida y poetizada. No obstante, hay que tener cuidado: el color es sugestivo, y por tanto peligroso; las rosas tienen espinas... las mujeres también.

martes, 11 de enero de 2011

Twitteratura


Imagine leer un libro tan rebosante como La Divina Comedia en miserables diez minutos. Reducir las aventuras de Odiseo a un puñado de palabras. Callar la voz de Hamlet con unos cuantos aforismos. Pues bien, resulta que dos estudiantes de la Universidad de Chicago creen haber tenido una revelación que los hará millonarios y, de paso, ayudará a difundir los clásicos a cada rincón del planeta.
Alexander Aciman y Emmet Rensin, de 19 años de edad, propusieron a la editorial Penguin books reducir los clásicos de la literatura a 20 tweets, es decir, a no más de 2, 800 caracteres. Eso es la Twitteratura: versiones minúsculas de grandes libros para la agitada vida de nuestro tiempo. Permítame narrarle el clásico de Antoine de Saint-Exupéry, El principito, en versión “twitteraria”: El_Aviador le dice @El_Principito: “¿De dónde vienes hombrecito?, ¿dónde queda tu casa?, ¿a dónde quieres llevar mi cordero?” El_Principito le dice @El_Aviador: “Lo bueno de la caja que me has regalado es que por la noche le servirá de casa”. El_Aviador le dice @El_Principito: “Los baobabs no son arbustos, son árboles grandes como iglesias”. El_Principito le dice @El_Aviador: “Los baobabs son muy pequeños, si no se arrancan a tiempo, ¡cubren todo el planeta hasta hacerlo estallar!” El principito: “He llegado a un planeta muy curioso. Es el más pequeño de todos”... Añada 15 tweets y tendrá un bonito poema dadaísta.
En mi opinión, la Twitteratura es la antítesis de la literatura, que significa hacer arte con palabras. Un libro descuartizado es como un jarrón hecho añicos: se puede vislumbrar la armonía y la belleza que alguna vez tuvo, pero ya no es un jarrón.
Un libro es un conjunto de palabras, sí, pero cada palabra es seleccionada amorosamente por el autor para cumplir una función específica: aderezar un paisaje, intensificar una atmósfera, atar un cabo, darle credibilidad a un personaje, resolver un misterio… Un libro de 600 páginas reducido a 2, 800 caracteres no es más que una sombra débil de algo que quizá fue hermoso.
Ahora que utilizar Twitter para escribir mini ficciones es muy distinto. “Coleccionaba ventanas. Era su manera de asegurarse de tener siempre un lugar por donde huir” (mini ficción sacada de Twitter). Hay incluso quién está escribiendo una novela a través de esta red social. Jordi Cervera escribe diariamente cinco microrelatos en catalán y español que, lentamente, le dan forma a su novela Serial Chiken: la historia de una gallina sospechosa de asesinato. No es nada personal, Jordi, pero creo que seguiré leyendo mi libro de Vladimir Nabokov.

lunes, 3 de enero de 2011

Repostería sagrada


Cada año, si los familiares y amigos se ponen monos, soplamos las velas de un pastel para celebrar que seguimos vivos. Entre “Las mañanitas” y el “¡mordida, mordida!”, realizamos un ritual cuyos orígenes se remontan a la Antigua Grecia o, según algunos estudiosos de la historia de los alimentos, al Antiguo Egipto.
Los egipcios demostraron ser verdaderos maestros panaderos. Los primeros pasteles fueron grandes y redondos panes, cubiertos con miel y adornados con nueces y frutas secas, que se preparaban para celebrar el cumpleaños de los varones egipcios. Pero el típico pastel circular y brillante por la luz de las velas nació en la tierra de los dioses del Olimpo. Los griegos horneaban pasteles redondos como la luna para honrar a Artemisa, diosa virgen de la caza y del astro de la noche. Las velas en el pastel representaban los resplandores de la luna. Una vez en el templo de Artemisa, se soplaban las velas con la esperanza de que el humo llevara las plegarias hasta la morada de los dioses. Hoy pedimos deseos antes de soplar las velas, pensamiento místico que proviene de una tradición pagana.
Algunos colocan objetos dentro del pastel: monedas, anillos o dedales que, de ser encontrados, son presagios de riqueza, matrimonio o mala suerte. Esta tradición medieval inglesa nos hace pensar en la rosca de Reyes que partimos cada 6 de enero: un bollo dulce, propio de la repostería española, adornado con rodajas de fruta cristalizada y que semeja la corona real. El origen de la rosca no tiene nada que ver con la historia de los Reyes Magos y mucho con las saturnalias romanas, fiestas dedicadas al dios Saturno para celebrar los días más largos que suceden al solsticio de invierno. Durante estas fiestas, un pan redondo hecho con higos, dátiles y miel era la delicia de plebeyos y esclavos. A partir del siglo III, comenzó a esconderse un haba seca en el interior del pan. Quien la encontrara, era nombrado “Rey de reyes”, aunque la gloria duraba un cortísimo periodo de tiempo.
En algunos países se esconden monedas y otros objetos de valor dentro de la rosca. En España continúa la tradición del haba, con la diferencia de que quien la encuentra debe pagar la rosca; lo que se espera es encontrar una figurilla que convierte al comensal en el coronado de la noche. En México no escondemos monedas ni habas en el interior de la rosca, sino uno o varios muñecos que representan al Niño Jesús. Antes, los muñecos eran verdaderos regalos hechos de porcelana o cerámica; actualmente son de plástico con rebaba y más bien parecen pequeños premios Oscar. Se acostumbra sopear el pan en chocolate, y el que encuentra el muñeco —aunque nunca falta el salado que se lleva toda una colección a casa— debe costear la tamaliza el Día de la Candelaria. No sé a ustedes, pero a mí nunca me han invitado a la dichosa tamaliza. Más vale que los tres deseos que pedí en mi cumpleaños se hagan realidad. Cabe mencionar que mi último pastel de cumpleaños fue redondo y blanco como la luna.

martes, 14 de diciembre de 2010

Erotomanía


Si quieres conocer a alguien, no le preguntes lo que piensa, sino lo que ama.
San Agustín

Se conocieron en el cine. M. pensó que una causa sobrenatural se encontraba detrás de todo aquello; la realidad es que se sentaron juntos por simple estadística: ninguno de los dos llevaba pareja. M. se había fascinado con la forma en que R. pestañeaba cuando algo le producía desconcierto. En la película, una enfermera llamada Sissi se enamoró de un hombre que tenía el aspecto de un guerrero, pero que era incapaz de controlar el llanto ante la más sutil provocación de la muerte. Sissi persiguió a Bodo hasta que logró quitarle la armadura. Sissi y Bodo se salvaron mutuamente y vivieron felices, al menos hasta que los créditos terminaron de desfilar por la pantalla. R. tomó su abrigo con los ademanes de una joven que está cansada de que la miren impúdicamente.
M. siguió a R. hasta un edificio de apartamentos. Memorizó las placas del automóvil de R. Estaba convencida —por la forma en que la había mirado por el espejo retrovisor— de que él también la deseaba como un loco. ¿Por qué otra razón se movería tanto en la butaca, sino para hacer que su loción embriagante se propagara con mayor fuerza? Pero no todo era atracción física. Juntos conformaban la unidad sagrada de la que habla Platón en su diálogo “El banquete”.
M. lo seguía a todas partes porque R. sufría de una introversión patológica y era incapaz de declararle su amor. Como Sissi, ella debía tomar la iniciativa y salvar a R. de sus demonios —responsables de los insultos, las cartas rotas y las intervenciones de la policía—. En el hospital psiquiátrico, M. se negaba a tomar las pastillas que le ofrecía la enfermera. No quería estar somnolienta cuando R. viniera a buscarla.
Diagnóstico: M. sufre de erotomanía, también conocida como síndrome de Clerambault, un subtipo de trastorno delirante que le hace tener la certeza ilusoria de que R. está perdidamente enamorado de ella —sin importar las pruebas incontrovertibles que indican lo contrario—. En estos casos, la idea delirante casi siempre es la misma: un amor romántico que va más allá de la atracción sexual. El espejismo de que dos almas se unen en la más perfecta armonía platónica. M. incluso ha llegado a creer que R. se comunica de formas misteriosas. El erotómano tiende a pensar que fue el otro quien inició la relación ficticia.
Comúnmente, la obsesión puede ser despertada por un personaje famoso. Cuadernos llenos de recortes con fotos y noticias; paredes tapizadas con la imagen del ídolo; algunos han llegado al extremo de levantar altares. Acciones que no revelan salud mental, pero que son inofensivas para el resto del mundo. Sin embargo, la erotomanía ha sido causa de crímenes que van desde el acoso sexual hasta el asesinato. Se dice que Jonhn Hinckley intentó matar al presidente Reagan porque creía que era la única forma de que la actriz Jodie Foster le declarara su amor.
El erotómano tiene conversaciones alucinatorias con su amado/a. Vive en los extremos: o te amo o te odio, los sentimientos intermedios son inconcebibles. La obsesión ocupa todo el tiempo, todo el espacio, toda la energía. Ni la familia, ni el trabajo, ni el inicio de la tercera guerra mundial. Para el erotómano, la supervivencia depende de la intensidad de su delirio, que roza con los límites de la esquizofrenia.
Si descubre que su encantador compañero de trabajo conserva la goma de mascar que usted pegó debajo del escritorio, la botella de agua que se tomó en la última junta, el lápiz de dos centímetros que acaba de tirar al basurero, y que además tiene un cuaderno —con una foto suya en la portada— en el que lo único que puede leerse es (su nombre va aquí), renuncie inmediatamente, cambie de look y también las cerraduras de su casa, cómprese un rottweiler y aprenda kung-fu porque, sin duda, ¡se encuentra ante un erotómano!

Películas recomendadas:

He loves me… He loves me not (À la folie... pas du tout) (2002), protagonizada por Audrey Tautou y dirigida por Laetitia Colombani.
• Ahora que si quiere algo más hollywoodense: Homecoming (Obsesión del pasado) (2009), protagonizada por Mischa Barton y dirigida por Morgan Freeman.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Parvada blanca en la ciudad


Mi primer libro, Parvada blanca en la ciudad, disponible en librerías a partir del dos de enero.

"LOS CATORCE CUENTOS QUE RECOGE PARVADA BLANCA EN LA CIUDAD SON CATORCE INTRIGANTES, EQUÍVOCAS, MISTERIOSAS HISTORIAS QUE NOS LLEVAN A CLIMAS Y SITUACIONES DIVERSOS. A LA VEZ, ESTOS RELATOS —TENUES, ROTUNDOS, TAJANTES— SON CEREMONIAS DE INICIACIÓN, UN MISMO RITO DE PASAJE CATORCE VECES CELEBRADO. EN UNA ATMÓSFERA DE LABERINTO, DE ENCRUCIJADA, DE ESPESA NEBLINA, LOS PERSONAJES DE ANA LAURA PAZOS SE ENCUENTRA SIEMPRE AL BORDE DE ALGUNA REVELACIÓN QUE SERÁ DEFINITIVA PARA SUS VIDAS, ESTA JOVEN ESCRITORA TIENE UN DON ESPECIAL PARA HACERNOS SENTIR LA TRASCENDENCIA DE ESE PASO QUE ESTAMOS A PUNTO DE DAR."

lunes, 18 de octubre de 2010

Algo más que religión


La humanidad no puede vivir sin religión, o al menos eso era lo que decía el gran historiador de las religiones, Mircea Eliade. Para el filósofo rumano, el origen de la cultura se encontraba en la religión. De los mitos originarios, de aquellos relatos que a través de la fantasía intentan explicar una realidad, nacieron las sociedades y, con ellas, toda una estructura material e ideológica.
Creo en el homo religiousus de Mircea Eliade. Creo que si un niño fuera abandonado en una isla desierta, crearía objetos de adoración, haría rituales… no obstante, si recordamos la novela de William Golding, El señor de las moscas, la religión no fue capaz de salvar a los personajes de la brutalidad. Se formaron bandos, surgieron líderes, la atmósfera se fue llenando de violencia hasta que los niños comenzaron a matar.
La religión es un fenómeno universal, y, sin embargo, el mundo a veces parece un infierno. Si la religión nos invita a relacionarnos con lo sobrenatural, ¿por qué somos tan materialistas la mayor parte del tiempo? Tal vez sea porque confundimos religión con espiritualidad, o porque le falta espiritualidad a la religión.
La religión, en sentido estricto, es un conjunto de creencias, de celebraciones y normas ético-morales por las que el hombre reconoce su vinculación con lo divino. Dentro de esta definición, ¿dónde se encuentra la espiritualidad?, ¿la parte en la que el individuo hace un ejercicio de auto conocimiento y demuestra voluntad de unirse con lo sagrado?
En Occidente, tener religión es equivalente a tener espiritualidad. Pero, tendrá que disculparme, querido lector, eso es una gran mentira. Asistir a la iglesia, poseer una serie de creencias y normas, y pedir favores a Dios no equivale a tener una vida espiritual.
La espiritualidad debe comenzar con uno mismo. Las preguntas básicas de la filosofía ¿quién soy? y ¿qué hago aquí? son fundamentales. El siguiente paso es meditar: porque si no calmamos la mente, es imposible escuchar nuestra propia voz. El rezo puede ser una forma de meditación, pero sólo si es desinteresado. Implorar, exigir, demandar… esas son manifestaciones del ego. El objetivo de la meditación es alcanzar un estado de atención concentrada. Sólo entonces podemos aspirar a vincularnos con una nueva dimensión de la realidad.
Debido a esta confusión entre espiritualidad y religión, cada vez son más las personas que buscan caminos alternos, porque sienten que algo les falta, porque están insatisfechas. En 1985, el 95% de los mexicanos practicaba la religión católica; en la actualidad, dicho porcentaje se ha reducido en un 10%. Las prácticas orientales están teniendo un esplendor nunca antes visto: meditaciones trascendentales, yoga y la llamada “metafísica” (que muy poco tiene que ver con la rama de la filosofía que lleva el mismo nombre).
Occidente intenta apropiarse del secreto de la espiritualidad oriental, aunque a su muy mercadotécnica manera. Mezcla de prácticas y creencias, una fusión entre lo oriental y lo occidental: eso es el New Age. Devoción a la Trinidad, reiki y curaciones con cuarzos, los famosos decretos, espiritismo, la idea de que el individuo crea su propia realidad… Las combinaciones son innumerables, ya que, para la Nueva Era, todas las religiones son igualmente válidas; lo que interesa es que el practicante se encuentre conforme con su vida espiritual.
Dicen que hablar de religión es políticamente incorrecto, sin embargo me parece que hoy, más que nunca, es importante hablar de religión: porque la espiritualidad es superficial o inexistente, porque no hay intención ni entendimiento, porque los seres humanos se convierten en espectadores de sus propias vidas, porque sin autoconocimiento no somos más que autómatas, porque, como decía Mircea Eliade, “la religión es la solución de toda crisis existencial”.
Yo no tengo religión; no me he atrevido a ponerle un nombre a Dios o a imaginar su figura. Creo que existe algo más que esta realidad material, pero soy incapaz de comprenderla. Por ello, me conformo con intentar conocerme a mí misma, estar en paz, encontrar lo espiritual que hay en una pintura, en un árbol o una estrella… Así, tal vez, algún día, logre vislumbrar algo diferente.