Nick Bradbury


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lunes, 18 de octubre de 2010

Algo más que religión


La humanidad no puede vivir sin religión, o al menos eso era lo que decía el gran historiador de las religiones, Mircea Eliade. Para el filósofo rumano, el origen de la cultura se encontraba en la religión. De los mitos originarios, de aquellos relatos que a través de la fantasía intentan explicar una realidad, nacieron las sociedades y, con ellas, toda una estructura material e ideológica.
Creo en el homo religiousus de Mircea Eliade. Creo que si un niño fuera abandonado en una isla desierta, crearía objetos de adoración, haría rituales… no obstante, si recordamos la novela de William Golding, El señor de las moscas, la religión no fue capaz de salvar a los personajes de la brutalidad. Se formaron bandos, surgieron líderes, la atmósfera se fue llenando de violencia hasta que los niños comenzaron a matar.
La religión es un fenómeno universal, y, sin embargo, el mundo a veces parece un infierno. Si la religión nos invita a relacionarnos con lo sobrenatural, ¿por qué somos tan materialistas la mayor parte del tiempo? Tal vez sea porque confundimos religión con espiritualidad, o porque le falta espiritualidad a la religión.
La religión, en sentido estricto, es un conjunto de creencias, de celebraciones y normas ético-morales por las que el hombre reconoce su vinculación con lo divino. Dentro de esta definición, ¿dónde se encuentra la espiritualidad?, ¿la parte en la que el individuo hace un ejercicio de auto conocimiento y demuestra voluntad de unirse con lo sagrado?
En Occidente, tener religión es equivalente a tener espiritualidad. Pero, tendrá que disculparme, querido lector, eso es una gran mentira. Asistir a la iglesia, poseer una serie de creencias y normas, y pedir favores a Dios no equivale a tener una vida espiritual.
La espiritualidad debe comenzar con uno mismo. Las preguntas básicas de la filosofía ¿quién soy? y ¿qué hago aquí? son fundamentales. El siguiente paso es meditar: porque si no calmamos la mente, es imposible escuchar nuestra propia voz. El rezo puede ser una forma de meditación, pero sólo si es desinteresado. Implorar, exigir, demandar… esas son manifestaciones del ego. El objetivo de la meditación es alcanzar un estado de atención concentrada. Sólo entonces podemos aspirar a vincularnos con una nueva dimensión de la realidad.
Debido a esta confusión entre espiritualidad y religión, cada vez son más las personas que buscan caminos alternos, porque sienten que algo les falta, porque están insatisfechas. En 1985, el 95% de los mexicanos practicaba la religión católica; en la actualidad, dicho porcentaje se ha reducido en un 10%. Las prácticas orientales están teniendo un esplendor nunca antes visto: meditaciones trascendentales, yoga y la llamada “metafísica” (que muy poco tiene que ver con la rama de la filosofía que lleva el mismo nombre).
Occidente intenta apropiarse del secreto de la espiritualidad oriental, aunque a su muy mercadotécnica manera. Mezcla de prácticas y creencias, una fusión entre lo oriental y lo occidental: eso es el New Age. Devoción a la Trinidad, reiki y curaciones con cuarzos, los famosos decretos, espiritismo, la idea de que el individuo crea su propia realidad… Las combinaciones son innumerables, ya que, para la Nueva Era, todas las religiones son igualmente válidas; lo que interesa es que el practicante se encuentre conforme con su vida espiritual.
Dicen que hablar de religión es políticamente incorrecto, sin embargo me parece que hoy, más que nunca, es importante hablar de religión: porque la espiritualidad es superficial o inexistente, porque no hay intención ni entendimiento, porque los seres humanos se convierten en espectadores de sus propias vidas, porque sin autoconocimiento no somos más que autómatas, porque, como decía Mircea Eliade, “la religión es la solución de toda crisis existencial”.
Yo no tengo religión; no me he atrevido a ponerle un nombre a Dios o a imaginar su figura. Creo que existe algo más que esta realidad material, pero soy incapaz de comprenderla. Por ello, me conformo con intentar conocerme a mí misma, estar en paz, encontrar lo espiritual que hay en una pintura, en un árbol o una estrella… Así, tal vez, algún día, logre vislumbrar algo diferente.

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