Nick Bradbury


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lunes, 13 de septiembre de 2010

“Quiero un sombrero lleno de perfume con una cereza flotando en medio”


Hasta hace poco, los museos eran lugares extremadamente sobrios, de culto, prácticamente intocables. Las cosas empezaron a cambiar cuando Marcel Duchamp envió un urinario al Museo de Arte Moderno de Nueva York, aduciendo que se trataba de una inigualable obra de arte. La realidad es que el urinario no era ni una cosa ni la otra, pero la hazaña de Duchamp dio origen a un movimiento de rebeldía contra los museos tradicionales. Los artistas pedían nuevos espacios, querían utilizar técnicas y materiales nunca antes vistos; salir a las calles y hacer a los espectadores partícipes de sus obras. Fue así como nació el arte conceptual.
Sus exponentes consideran que la verdadera obra de arte no es el objeto físico, sino los conceptos e ideas que se esconden tras él. Arte puede ser una mesa después de que los invitados se han ido a tomar el café a la sala, porque los restos de comida en el plato denuncian el desperdicio de la sociedad capitalista. Entonces, ¿cualquier cosa puede ser arte siempre y cuando exista un concepto detrás? No me terminé el pastel de zanahoria a la hora de la comida. Antes de tirarlo a la basura, ¿debería llevarlo a un museo?
Durante los sesenta y los setenta, el arte conceptual era un arte corrosivo que denunciaba el despilfarro, el puritanismo, la guerra y la discriminación. Los artistas estaban cansados de que sus obras fueran tratadas como simples objetos comerciales y se las ingeniaron para hacerlas invendibles. La instalación artística, por ejemplo, se caracteriza por ser efímera. Se monta, se expone por un tiempo, se toman algunas fotografías o video para documentar su existencia, y se desmonta. Es muy difícil que pueda venderse. ¿Alguna vez ha visto imágenes proyectándose en la pared de un museo junto a un montón de chatarra? Bueno, eso es una instalación. Y, aunque tal vez haya resultado interesante en la época de los hippies, hoy seguimos encontrando réplicas casi exactas de los trabajos que se hicieron entonces.
Montañas de ropa, cobijas colgadas como si fueran exquisitos gobelinos, proyecciones psicodélicas y objetos amontonados por aquí y por allá. Así son la mayoría de las exposiciones de arte conceptual hoy en día; así fueron en los años más rebeldes del siglo pasado. ¿El hecho de que el crítico del periódico más vendido las califique como arte, las convierte en arte? ¿Sólo por encontrarse en un museo, debemos admirar una obra conceptual con el mismo aplomo que si se tratara de un Rembrandt o un Dalí?
A pesar de la falta de originalidad de los últimos años, es innegable que el arte conceptual ha parido obras valiosas. Las instalaciones de Christian Boltanski son inquietantes y bellísimas, y qué decir de las obras de land art que adornan el paisaje cotidiano: monumentales laberintos de piedra, diseños geométricos en los campos (que, por cierto, no fueron realizados por extraterrestres), fabulosas composiciones de arena y deliciosas casas en los árboles.
¿Ha oído hablar del hombre que pinta con algoritmos? Joshua Davies, exponente del media art, convierte los números en formas que se acercan al surrealismo. La artista de arte periférico Mariko Mori diseña estructuras que se asemejan a naves espaciales, en cuyo interior se proyectan imágenes envolventes que hacen que el espectador sienta que se encuentra viajando por la galaxia. La venus del arte conceptual es la “Venus de los trapos”: una figura femenina de yeso, que se asemeja a la Venus clásica, pero que le da la espalda al espectador. Frente a ella se encuentra una gran montaña de trapos de colores. El objetivo de Michelangelo Pistoletto es criticar el carácter elitista del arte y el culto a la belleza sacada del tiempo y el espacio concretos.
Los performance se han hecho tan populares que incluso se realizan en centros nocturnos. Mujeres que utilizan su cuerpo para pintar, personas encerradas en cajas de vidrio como animales en un zoológico, y actos en los que lo circense se confunde con lo artístico. El body art también ha logrado impactar a las masas: cuerpos pintados, lacerados, retorcidos… Hay quien ha llevado el body art al extremo de realizar esculturas con cadáveres.
En el arte conceptual, los objetos son descontextualizados; en un museo la chatarra ya no es basura, ¿o sí? Los números callejeros no son perturbaciones a la paz pública, son performance… Ese es el problema del arte conceptual: sus límites son tan imprecisos que, muchas veces, se aprovecha de la ignorancia del espectador. Pero en medio de este mundo de refritos, pastiches y artistas con egos inconmensurables, es posible encontrar verdadera denuncia y crítica social. Incluso verdaderas obras de arte.

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