Nick Bradbury


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domingo, 13 de junio de 2010

Casas llenas, corazones vacíos


En este mundo de inmediatez, todo es síntesis: el lenguaje, las relaciones, el trabajo, la espiritualidad… Cuando la conciencia pide una pizca de reflexión o cuando el espíritu se deprime, simplemente se le sube el volumen a la vida: el objetivo de la industria del entretenimiento es mantenernos alejados de los pensamientos “peligrosos” (crisis existenciales o preguntas trascendentes que podrían sacarnos de nuestra zona de confort). Para casos más severos, como el “soma” en Un mundo feliz, se ingieren copiosas cantidades de alcohol. Si la soledad y el vacío espiritual se tornan insoportables, existen los estupefacientes. Los más cuerdos tal vez decidan recurrir a un profesional de la salud mental, los “curadores de almas” de la época posmoderna. Siempre es mejor que las drogas sean prescritas por un médico…
Este es el escenario de nuestros días. Las etapas de desarrollo no coinciden con los procesos biológicos. La niñez se interrumpe antes de que aparezcan los primeros signos de la pubertad; la adolescencia se alarga y la adultez es aborrecida. Se quiere vivir eternamente en la juventud, con una pantomima de espiritualidad, como si fuéramos simples cuerpos a la deriva de un mar furioso. Y, sin embargo, no somos felices.
Nuestros mecanismos son automáticos: estudiar, trabajar, fingir que todo está bien, platicar un par de minutos con el vecino que nos es indiferente; ver dos horas de televisión, perder otra más en internet. Luego llega el fin de semana de romper rutinas. Pero también tenemos una rutina para el fin de semana: viernes de fiesta, sábado de dominó, domingo de cine. Y, como sofisticados robots japoneses, volvemos a programarnos porque se acerca el lunes.
Es verdad que el silencio puede causar temor, porque entonces nos encontramos a solas con nuestros pensamientos, pero evadir la realidad, disfrazarla con llamativos colores, diluirla con actividades frívolas, no va hacernos más felices. A veces hay que desconectarse un rato, escuchar esa voz interior que clama por ser atendida: ¿qué me falta por hacer?, ¿lo que hago, lo hago por vocación?, ¿por qué, aunque estoy rodeado de personas, me siento tan solo?
Somos seres de consumo, pero, evidentemente, algo anda mal en este estilo de vida auspiciado por el capitalismo. Nuestras casas están llenas de objetos, pero, en nuestro interior, aletea un desencanto, un vacío espiritual imposible de llenar desde el exterior. Lo único que puede brindarnos un poco de consuelo es el autoconocimiento, que, desafortunadamente, no se vende en ninguna tienda departamental. Meditemos, escuchemos el silencio, empecemos haciéndonos una simple pregunta: ¿qué quiero realmente de la vida?

1 comentario:

  1. Buena lectura, bastante ágil, aunque creo que eh encontrado la respuesta a tu pregunta.

    Como diría mi personaje Justin "Escribo como pienso, y eso que pienso le llaman poesía"

    http://blogs.eluniversal.com.mx/wweblogs_detalle.php?p_fecha=2010-06-03&p_id_blog=140&p_id_tema=11098

    Checa ese articulín, y estaría chido colaborar en el mundo de las palabras y de la voces.

    Ahi tengo una pagina en la que estoy colaborando, aparte de un pryecto con mis amigos.

    Sin mas ni mas, me despito, querida colega de las palabras.

    www.vozuniversitaria.org

    Att; Jorge Luis Morton

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