
Si quieres conocer a alguien, no le preguntes lo que piensa, sino lo que ama.
San Agustín
Se conocieron en el cine. M. pensó que una causa sobrenatural se encontraba detrás de todo aquello; la realidad es que se sentaron juntos por simple estadística: ninguno de los dos llevaba pareja. M. se había fascinado con la forma en que R. pestañeaba cuando algo le producía desconcierto. En la película, una enfermera llamada Sissi se enamoró de un hombre que tenía el aspecto de un guerrero, pero que era incapaz de controlar el llanto ante la más sutil provocación de la muerte. Sissi persiguió a Bodo hasta que logró quitarle la armadura. Sissi y Bodo se salvaron mutuamente y vivieron felices, al menos hasta que los créditos terminaron de desfilar por la pantalla. R. tomó su abrigo con los ademanes de una joven que está cansada de que la miren impúdicamente.
M. siguió a R. hasta un edificio de apartamentos. Memorizó las placas del automóvil de R. Estaba convencida —por la forma en que la había mirado por el espejo retrovisor— de que él también la deseaba como un loco. ¿Por qué otra razón se movería tanto en la butaca, sino para hacer que su loción embriagante se propagara con mayor fuerza? Pero no todo era atracción física. Juntos conformaban la unidad sagrada de la que habla Platón en su diálogo “El banquete”.
M. lo seguía a todas partes porque R. sufría de una introversión patológica y era incapaz de declararle su amor. Como Sissi, ella debía tomar la iniciativa y salvar a R. de sus demonios —responsables de los insultos, las cartas rotas y las intervenciones de la policía—. En el hospital psiquiátrico, M. se negaba a tomar las pastillas que le ofrecía la enfermera. No quería estar somnolienta cuando R. viniera a buscarla.
Diagnóstico: M. sufre de erotomanía, también conocida como síndrome de Clerambault, un subtipo de trastorno delirante que le hace tener la certeza ilusoria de que R. está perdidamente enamorado de ella —sin importar las pruebas incontrovertibles que indican lo contrario—. En estos casos, la idea delirante casi siempre es la misma: un amor romántico que va más allá de la atracción sexual. El espejismo de que dos almas se unen en la más perfecta armonía platónica. M. incluso ha llegado a creer que R. se comunica de formas misteriosas. El erotómano tiende a pensar que fue el otro quien inició la relación ficticia.
Comúnmente, la obsesión puede ser despertada por un personaje famoso. Cuadernos llenos de recortes con fotos y noticias; paredes tapizadas con la imagen del ídolo; algunos han llegado al extremo de levantar altares. Acciones que no revelan salud mental, pero que son inofensivas para el resto del mundo. Sin embargo, la erotomanía ha sido causa de crímenes que van desde el acoso sexual hasta el asesinato. Se dice que Jonhn Hinckley intentó matar al presidente Reagan porque creía que era la única forma de que la actriz Jodie Foster le declarara su amor.
El erotómano tiene conversaciones alucinatorias con su amado/a. Vive en los extremos: o te amo o te odio, los sentimientos intermedios son inconcebibles. La obsesión ocupa todo el tiempo, todo el espacio, toda la energía. Ni la familia, ni el trabajo, ni el inicio de la tercera guerra mundial. Para el erotómano, la supervivencia depende de la intensidad de su delirio, que roza con los límites de la esquizofrenia.
Si descubre que su encantador compañero de trabajo conserva la goma de mascar que usted pegó debajo del escritorio, la botella de agua que se tomó en la última junta, el lápiz de dos centímetros que acaba de tirar al basurero, y que además tiene un cuaderno —con una foto suya en la portada— en el que lo único que puede leerse es (su nombre va aquí), renuncie inmediatamente, cambie de look y también las cerraduras de su casa, cómprese un rottweiler y aprenda kung-fu porque, sin duda, ¡se encuentra ante un erotómano!
Películas recomendadas:
• He loves me… He loves me not (À la folie... pas du tout) (2002), protagonizada por Audrey Tautou y dirigida por Laetitia Colombani.
• Ahora que si quiere algo más hollywoodense: Homecoming (Obsesión del pasado) (2009), protagonizada por Mischa Barton y dirigida por Morgan Freeman.


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