Nick Bradbury

viernes, 19 de abril de 2013

Mis cuatro abuelos

  El texto que escribí para el número de marzo de revista Bicaalú:


Mis abuelos maternos viven en algún lugar de la bahía de Acapulco −ni en la Costera ni en Punta Diamante−: un fraccionamiento donde varias parejas de ancianos tienen casas con vista a un mar que pocos turistas han fotografiado. La de ellos es una casa blanca por dentro y por fuera, con una cocina que mi abuela mantiene muy limpia y una terraza desde la cual hemos visto gaviotas, murciélagos, barcos y hasta una ballena. 


Ahí pasé todos los veranos de mi infancia. Me levantaba antes del alba, cuando la brisa era fresca y los colores del cielo suavemente azulados, para contemplar el mar y "sentir el infinito". Pensaba en el inicio de los tiempos, como si yo fuera la única en presenciar aquel espectáculo. Poco después venía el abuelo, bajábamos al jardín y, mientras regábamos las plantas, nos sorprendía el amanecer. A las ocho de la mañana el desayuno estaba servido. Sobre la mesa siempre había un gran plato con fruta, que acompañábamos con alguna otra cosa que la abuela preparaba al instante: hot cakes, huevos revueltos o chilaquiles. Cuando terminábamos de comer, la abuela me cantaba canciones: una sobre mariposas y otra sobre una llave y un ropero. Inspirada por la segunda, le pedí que me enseñara lo que había dentro del suyo. Me mostró fotografías "dañadas por la sal del mar", su vestido de novia y muñecas que pertenecieron a mi madre. Al terminar de examinar los objetos que había en la habitación de mis abuelitos, seguí con el resto de la casa: encontré pelotas de golf, unos patines que me quedaron grandes, sombreros de playa, una botella de Coca Cola en miniatura, ropa que olía raro, una cámara con la que jugué a ser fotógrafa y una guitarra con cuatro cuerdas. Sin embargo, mi principal hallazgo consistió en una colección de revistas, apiladas en el interior de una covacha, que tenían por título Selecciones Reader´s Digest. Saqué algunas y comencé a hojearlas. Una hora después no me importó que mi programa favorito estuviera a punto de comenzar; me encontraba absorta con el relato de una niña que aseguraba que a su mejor amiga se la había tragado la televisión pues, en lugar de salir a jugar, prefería estar frente al aparato como una autómata. Al terminar con las revistas, seguí con unos libros de cuentos −de páginas amarillas e ilustraciones preciosas− que le pertenecieron a mi mamá y mis tíos. Durante ese verano no hice otra cosa más que leer. Quisieron llevarme al parque acuático y también al cine, pero yo estaba contenta con mis lecturas, el ventilador y el rugido del mar. 


***
La casa de mis abuelos paternos está en un lugar de la colonia del Valle que puedo describir como una burbuja de tiempo. Muchas de las casas fueron construidas en los años cincuenta y apenas han sufrido remodelaciones; la de mis abuelos no tuvo la misma suerte, pues hoy le pertenece a un tío y, aunque le quedó muy bonita, a mí me gustaba más antes. 


Mi abuelo era cantante de ópera y mi abuela concertista de piano. Del primero recuerdo pocas cosas, pero muy significativas: su voz −tan gruesa y majestuosa que hacía retumbar paredes−, los globos aerostáticos en los que trabajaba los domingos y luego hacía volar, la forma en que me decía "mijita", y el beso que me daba en la frente al despedirse. Era hombre de pocas palabras, ¡pero cómo se comunicaba al cantar! Raras fueron las veces que pude escucharlo en vivo y ninguna fue en Bellas Artes, lo cual es una lástima, pues incluso cantó junto a Plácido Domingo. Dice mi papá que de niña le pedía que sintonizara la estación de música clásica para ver si ponían alguna canción del abuelo. 


De la abuela recuerdo mucho más. Me enseñó a tocar Romeo y Julieta en el piano, aunque sus manos ya estaban muy cansadas, y fue ella quien me regaló algunas de mis primeras novelas: Mujercitas y Pinocho. En su habitación, adornada con fotografías de hijos y nietos, tenía un librero abarrotado. De ahí sacó El perfume, de Patrick Süskind, libro que ya no pude regresarle. Hace poco lo abrí y, al llevármelo a la nariz, recordé la atmósfera de aquella casa donde nacieron mi padre y sus ocho hermanos, en la que mis primos y yo jugábamos a los cazafantasmas −pues creíamos firmemente que la habitaban espíritus− y cuyo recuerdo conforta mi imaginación. 


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Mis abuelos maternos me enseñaron a respetar la naturaleza, a valorar el pasado y celebrar el presente con canciones. En su casa descubrí el gran regalo de la lectura y el misterioso arrullo del mar. Y mis abuelos paternos enternecieron mi joven espíritu con música y letras. 


Humberto y Natividad −los padres de mi padre− fallecieron hace tiempo. Ernesto y Alicia viven en la casa blanca frente al mar, aunque los rituales que describí al principio son otros. Ahora casi todo gira en torno a la salud del abuelo, que pronto cumplirá noventa y siete años: deben bañarlo, vestirlo, transportarlo de arriba a abajo, darle de comer y obligarlo a tomar sus medicinas, como seguramente hizo su madre hace noventa y tantos años. Apenas un lustro atrás, Ernesto seguía ocupándose del jardín, levantando mancuernas y mirando el atardecer con los asombrados ojos de un infante. Los médicos le aconsejaron que llevara una vida más tranquila, pero yo creo que en él sigue existiendo la fuerza de un león marino.

***
Me entristece ver a los ancianos como huéspedes en sus propias casas o confinados en asilos porque sus familiares así lo decidieron. Según la cosmovisión actual, después de los sesenta años dejamos de ser útiles (pongo esta palabra en cursiva para acentuar mi sarcasmo). No creo que, al hablar de una persona, deba utilizarse un adjetivo que lo mismo puede acompañar a un par de zapatos que a una computadora; tampoco que a determinada edad nos convirtamos en árboles raquíticos incapaces de dar frutos. 


El comediante estadounidense George Burns prometió no retirarse jamás. En 1994, dos años antes de cumplir los cien y a punto de alcanzar los setenta y cinco de carrera, actuó en la que sería su última película: Muerte en las ondas. Muy probablemente su longevidad se haya debido al sinnúmero de proyectos que lo mantuvieron ocupado hasta el último de sus días. A los cincuenta y un años −que considerando la esperanza de vida del siglo XVI son bastantes− Leonardo da Vinci comenzó a trabajar en su obra más querida: La Gioconda. Y a los setenta y siete, Luis Buñuel dirigió Ese oscuro objeto del deseo, filme que le valió dos nominaciones al Óscar y una al Globo de Oro. 


Mario Vargas Llosa continúa publicando libros, Paul McCartney ofreciendo conciertos y, a sus ochenta y dos años, Clint Eastwood aún actúa y dirige películas (tan sólo en 2012 trabajó en dos: Ha nacido una estrella y Las curvas de la vida). 


Si llego a vieja, planeo seguir los pasos de mis cuatro abuelos, cuya energía y determinación cargo en los genes. Me imagino en una motocicleta voladora −estoy segura de que en el futuro volarán y sin contaminar el ambiente−, siempre con un libro, una canción y un mar en el pensamiento.

¿Qué es revista Bicaalú?

viernes, 19 de abril de 2013



Mi libro Parvada Blanca en la Ciudad es mi hijo favorito, y revista Bicaalú mi hija favorita.

Pero... ¿Qué es revista Bicaalú?

Bicaalú es una revista de difusión cultural, muy entretenida —ligera y profunda a la vez—que aborda temas culturales, sociales, ecológicos y de actualidad. Los contenidos encierran una atmósfera de intimidad, como la de dos amigos conversando en un café.

Nuestra publicación toma su nombre de una palabra que el diccionario del idioma zapoteco define como: “ten esperanza, esfuérzate, lucha, sé combatiente, pelea…” Nace de la inquietud de proporcionar al lector promedio contenidos sustanciosos, accesibles y amenos que inviten a la reflexión y alimenten la imaginación.

En el concepto de cada número existe un hilo conductor entre los temas, enfoques, etc. El historiador hablará de historia, el pintor de arte, el filósofo de filosofía… siempre en un tono accesible y amistoso. Buscamos seguir los pasos del astrónomo Carl Sagan, que logró que millones de personas se interesaran en la ciencia. El objetivo de Bicaalú es que millones de personas se interesen en la cultura.

Cuenta con cinco secciones fijas: Argüendero, en donde se rastrea el origen de modismos y palabras; Trisquel, sección en la que se proporcionan tres datos sobresalientes sobre un tema específico: la vida de un escritor o un músico, la historia de una prenda o de una página web, etc.; en La cocina filosófica de Patty se presentan reflexiones filosóficas que abordan el tema de lo contemporáneo, una forma de filosofía de la vida diaria, pero a partir de alusiones a la cocina: “la cocina del pensamiento”; El café sonoro es una espacio para platicar la música; y en La ruleta de palabras elegimos una palabra al azar que nos dé la pauta para escribir.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Como decía mi amigo Sam

Cuando terminé mis estudios de maestría, decidí irme una temporada a algún lugar de Inglaterra. Desde pequeña había sentido fascinación por dicho país —acaso por sus bosques de niebla, las leyendas sobre el rey Arturo o los castillos que ilustraban mis libros de cuentos. Una serie de eventos afortunados me llevaron a Oxford, "la ciudad de las agujas de ensueño", bautizada así por las delgadas torres que coronan a los edificios históricos.

Llegué a una casa donde vivían tres chinos, una señora francesa que daba clases de italiano y un inglés. Pensé que sería difícil adaptarme a esa mini ONU, pero no pude haber encontrado mejores housemates. Como no soy muy hábil en la cocina, ayudaba con la limpieza; Guy —si me lo preguntan, el inglés más simpático del Reino Unido— se encargaba del mantenimiento; Hèlena preparaba deliciosos pasteles; Jingling y su novio Chen traían verdura fresca (algo difícil de encontrar en Oxford), y Sam —a quien apodamos Dumbledore, como el director de Hogwarts— llevaba la administración y cuidaba del jardín.

Como otros chinos en Inglaterra, Sam eligió un nombre que no fuera impronunciable para los británicos. Es devoto del té, los jardines y la cultura inglesa, pero no de todos sus aspectos —la medicina, por ejemplo, que se practica de la misma forma en aquella isla europea como en el resto del mundo occidental. (Los chinos dejan al médico como último recurso porque le dan más importancia a la prevención que a la corrección.)

Cuando nos sentábamos a tomar el té en el jardín, Sam decía: "En este pedazo de tierra tenemos lo necesario para curar casi todas las enfermedades". Ahí había cultivado fresas, chícharos, frijoles chinos y una gran variedad de especias y semillas. Para la inflamación, por ejemplo, recetaba una tisana de orégano; y cuando me enfermaba de la garganta —lo cual sucedía seguido, porque en Inglaterra pueden experimentarse las cuatro estaciones en un solo día—, me aconsejaba hacer gárgaras con miel y morder un diente de ajo. Ante mi expresión escéptica y los ruegos por una medicina de verdad, afirmaba: "La medicina moderna no tiene más de doscientos años, la oriental tiene más de cinco mil". Y como si me hubiera lanzado un conjuro, después de seguir sus indicaciones, al otro día amanecía visiblemente mejorada.

Suena lógico que sea mejor prevenir que corregir, pero en Occidente tenemos una visión mecánica o cartesiana del universo y la salud. Según el método cartesiano, se llega al conocimiento a partir de la división de los problemas y el estudio aislado de los más simples hasta llegar a los más complejos; luego se reúnen las partes para intentar solucionar el problema de origen. Supongamos que tengo un dolor de cabeza y, tras aplicar el método cartesiano, deduzco que su origen fue una infección respiratoria, entonces voy con el especialista, quien me receta un antibiótico y un analgésico. ¡Voilà!, los síntomas han desaparecido, ¿pero también la raíz más profunda del problema?

En China, la salud se define como la relación armoniosa de un organismo vivo con su medio, tanto interno como externo; es un proceso, un movimiento y no algo fijo. Los síntomas de un mal pueden erradicarse, pero si no se armoniza el organismo, tarde o temprano estos volverán. Según el pensamiento tradicional chino (en especial el taoísmo), el ser humano es una réplica en miniatura del universo, y como tal está sujeto a las mismas leyes; el cuerpo humano no sólo contiene energía, sino que es energía manifestada como materia sólida viva. Esta fuerza llamada Ki —cuya existencia no ha podido ser demostrada— fluye incesantemente por los canales del cuerpo, y cuando estos se bloquean se producen enfermedades. Supuestamente, por medio de una técnica milenaria de masaje llamada do-in, se pueden deshacer los bloqueos y reanudar el flujo normal del Ki.

De acuerdo con la idea china de la creación del Universo, al principio sólo existía el Ki, la unidad, que se manifestó a través de dos de sus aspectos opuestos y complementarios: negativo y positivo, el yin (que se expande) y el yang (que se contrae). Para obtener la salud, estas dos expresiones del Ki deben ocurrir en el organismo de forma armoniosa y equilibrada.

Los chinos tienen una visión orgánica, cíclica y globalizadora de la existencia, y esto se refleja en su idioma. Cuando los tres chinos de la casa hablaban entre ellos, Guy, Hèlena y yo analizábamos sus acciones para tratar de interpretar los sonidos. Ninguna resonancia. "Estaba en griego", como dicen en algunos países asiáticos. Decidí sacar un libro de la biblioteca para familiarizarme con ciertos grafismos y palabras. Los caracteres chinos se clasifican en simples o Wén, donde entran los pictográficos, que representan algo común y corriente (árbol, hombre, corazón); los indicativos o dactilográficos, puntos o líneas que señalan algo dentro de otro Wén o en sí mismos (adulto, hacia arriba, hacia abajo). Según estén compuestos, se clasifican en asociación de significado o agregados lógicos, asociación de significado y sonido (constituyen la mayoría de los caracteres y aportan una indicación sobre la pronunciación y otra sobre el significado), derivaciones semánticas o transferencias de significado y asociación por préstamo de sonido. No existen las declinaciones, los verbos no se conjugan y la única regla general que se aplica es que el término precedente determina al que sigue. De modo que el orden de los factores sí altera el producto.

¿Aprendí algo de chino durante mi estancia en Inglaterra? Muy poco, a decir verdad. Sin embargo, disfrutaba mucho dibujando los ideogramas. "Es como una meditación", decía Sam, "concéntrate en cada trazo y no pienses en el que viene después". Y cuando necesitaba algo más fuerte para calmar mis nervios, hacía yoga en el jardín —con cuidado de no aplastar ninguna flor o insecto. Al terminar, me daba cuenta de que los nudos de ansiedad habían desaparecido y que el incipiente dolor de cabeza ya no estaba. ¿Acaso era porque el Ki en mi cuerpo se había armonizado? No sabría decirlo, pero creo que —a pesar de que la medicina occidental nos ha beneficiado muchísimo, por ejemplo, al controlar enfermedades crónicas y aumentar dramáticamente la esperanza de vida— nuestra cultura padece mil males, el más grande la idea de que el bienestar depende de la capacidad de consumo.

Nunca me sentí más sana que en aquella casita de setenta años, donde compartía la lavadora con cinco personas y tenía que tender la ropa en un jardín que cambiaba constantemente, víctima del apasionado trabajo de Sam. Tal vez, como él decía, todas las respuestas se encuentren en un pedacito de tierra. Es cuestión de aprender a plantar la semilla en el lugar correcto y esperar con paciencia a que madure el fruto.

martes, 14 de agosto de 2012

Mandrágora

Una personita enterrada. Planta con alma de hombre o de mujer. Mandrágora suena más a nombre de mujer, pero entre las piernas tiene una curiosa ramificación. Quizá sea un andrógino. Aquí dice que debo degollar una gallina negra y pintar un círculo de protección con su sangre. Vino, canela, nuez moscada y corteza de cerdo. Dentro del círculo, hacer una hoguera y calentar la poción en un caldero. Los vapores han de inhalarse con respeto, la mirada en la luna, los oídos en el Cosmos, un pie en la tierra y el otro en el aire. Bailar como Zorba el griego. Girar, girar y girar hasta que desaparezcan los mares de la luna. Avivar el fuego y seguir bailando. Tomar el cuerpo de la mandrágora y ponerlo en el caldero (nunca salir del círculo de protección). Cuando las piernas estén tiernas y sabrosas, cortarlas en rebanadas finas. Comer de un solo tajo. Volverse loco, morir por algunas horas o días o años. Cuánto tiempo había pasado, no podría decirlo, pero en el cielo había constelaciones inéditas. Por encima del agua, se elevaban paredes cóncavas y oscuras iluminadas por lenguas flamígeras. Cúpulas transparentes nacían y se reventaban. Se multiplicaban tan rápido como desaparecían. Afuera se oía un crujir y un girar. Mis miembros se ablandaban, cedían, se ablandaban…

miércoles, 10 de agosto de 2011

La historia detrás de Alicia en el País de las Maravillas


Alicia es un nombre que irremediablemente nos remite a un relato. A un universo alterno habitado por seres fantásticos que se caracteriza por la contradicción. El cuento original de Lewis Carroll ha dado metros y metros de tela que cortar a pintores, psicólogos, críticos y cineastas. De las adaptaciones cinematográficas, tal vez la de Disney (1951) sea la más famosa. Hay otra mucho más arriesgada: Tideland (2005), basada en la novela homónima de Mitch Cullin, que narra la historia de una niña que, ante la drogadicción de sus padres, decide refugiarse en un mundo imaginario lleno de personajes alucinados. También está la más reciente, de Tim Burton (2010), que presenta a una Alicia adulta que regresa al mundo de las maravillas para vencer a la Reina de Corazones y descubrir su misión del otro lado del espejo. Pero la Alicia mítica, la que dio origen a todas las demás, fue inspirada por una musa de poquísimos años.

Charles Ludwidge Dodgson era un tímido profesor de matemáticas, fotógrafo amateur y devoto de las niñas pequeñas. El padre de Charles tuvo once hijos: todos ellos zurdos y tartamudos (cabe mencionar que todavía en el siglo XIX se tenía la creencia de que los zurdos eran seres impuros y demoniacos). El rechazo que sufrió Dodgson durante la infancia es perceptible en su obra. Frecuentemente manifestó su gusto por la inversión a través de curiosos actos de rebeldía: Al otro lado del espejo y lo que Alicia allí vio, la continuación de Alicia en el País de las Maravillas, así como muchos otros de sus textos, requieren de un espejo para su lectura.

Tras graduarse en el Christ Church College de Oxford, recibió las órdenes de diácono, pero debido a su tartamudez le fue imposible predicar. Aunque Charles se presentaba como un hombre de ciencia, escondía una imaginación prodigiosa y una habilidad sorprendente para la literatura, en especial para los juegos de palabras. Escribió numerosos cuentos y poemas que fueron publicados en revistas y obtuvieron un éxito discreto. Pero Dodgson era un perfeccionista. En julio de 1855 confesó: “No creo haber escrito todavía nada digno de una verdadera publicación […] pero no desespero de hacerlo alguna vez”.

Un buen día conoció al Doctor Liddell, padre de la legendaria Alicia. Desde su oficina, Charles podía ver a la pequeña jugar con sus hermanitas, Lorina y Edith, en el jardín colindante perteneciente al Christ Church. Mantuvo una inocente amistad con las niñas Liddell, en especial con Alicia —aunque hay quien opina que inocente no es el adjetivo más adecuado. Con frecuencia las llevaba de paseo al campo. Bajo un árbol o a veces a bordo de un barco en el río Támesis, las niñas escuchaban las increíbles historias que Dodgson inventaba para ellas. Fue durante uno de esos paseos que nació Alicia en el País de las Maravillas.

En su diario, con fecha del 4 de julio de 1862, puede leerse la siguiente anotación: “Seguido el río hasta Godstow con las tres pequeñas Liddell, hemos tomado el té a orillas del agua y no hemos vuelto a Christ Church hasta las ocho y media […] En esta ocasión les he contado una historia fantástica titulada Las aventuras subterráneas de Alicia, que me he propuesto escribir para Alice”.

Con la imagen de su joven musa todavía palpitante, Dogdson pasó la noche en vela intentando recordar cada detalle de la historia que acababa de contar a las hermanas para convertirla en un manuscrito que él mismo ilustró. Alicia recibió el primer ejemplar en la Navidad de 1862. Los niños de la zona, fascinados con el cuento de Alicia, convencieron a sus padres de que se publicara formalmente. Dos años más tarde, el libro, ahora titulado Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, se encontraba en casi todas las librerías de Inglaterra. Fue así como se dio a conocer el genio, que utilizaría el seudónimo de Lewis Carroll para firmar sus obras, y conferiría al cuento infantil de un elemento revolucionario: el absurdo.

Al entrar a la madriguera del conejo, Alicia viaja a un mundo donde todo funciona al revés. Una fiesta de té que nunca termina es normal, el gato de Cheshire parece desafiar a la mecánica cuántica, y es por todos sabido que la reina roja debe correr muy rápido para permanecer en el mismo sitio. Se puede llorar hasta formar lagunas: al preguntar por la propia identidad nunca se obtendrá respuesta. Arriesgándose a perder la cabeza, Alicia lucha por conservar la cordura.

Aunque estos cuentos fueron pensados para un público infantil, hoy día interesan más a los intelectuales. Matemático y fabulador, Carroll escribió algunos tratados de lógica, como “El juego de la lógica”, donde reúne pruebas de la neurosis victoriana con el objeto de demostrar que el exceso de rigor puede conducir a la locura. Utilizó el recurso de la infancia para refugiarse en un mundo imaginario en el que lo lógico es la fantasía y no las absurdas leyes de los hombres.

Carroll alcanzó la excelencia en el arte de la fotografía, que convirtió en expresión de su filosofía interior. En su obra visual, intentó combinar los ideales de libertad y belleza con la inocencia edénica, donde el goce del cuerpo no es motivo de culpa. Para él, la gracia y la divinidad estaban representados por una diosa-niña. Tomó más de tres mil fotografías de niñas —entre las cuales había desnudos. En su colección se encontraron algunas imágenes de la inmaculada Alicia Liddell que, afortunadamente, aparece con ropa.

Cuando los rumores se hicieron insoportables, el doctor Liddell decidió llevar a Alicia y sus hermanas lejos de Christ Church. El corazón del escritor se llenó de amargura porque realmente estaba enamorado de la pequeña. Tal vez tenía la esperanza de casarse con ella algún día. Y aunque aquello era inconfesable, su amor lo hizo escribir una de las obras más importantes de la literatura infantil (y universal). Alicia se convirtió en un personaje eterno, en un ícono e incluso en el nombre de una patología: La micropsia o síndrome de Alicia en el País de las Maravillas es un trastorno neurológico que afecta la percepción visual. (El sujeto percibe los objetos mucho más pequeños de lo que son en realidad, aunque al mismo tiempo aparecen lejanos).

El mundo creado por Charles Ludwidge Dodgson es tan complejo que tal vez nunca terminemos de interpretarlo, si es que hemos logrado interpretarlo en absoluto, mínimamente, ¿lógicamente?



jueves, 7 de julio de 2011

Soñé que soñaba que soñaba


En los sueños podemos esperar encontrar todo lo que ha sido significativo en la vida de la humanidad.

Carl Gustav Jung

Antes de sentarme a escribir este artículo, hice un pequeño experimento. Acostada, con la cabeza en mi almohada favorita, los ojos cerrados y los sentidos despiertos, imaginé el lugar adonde quería ir esa noche. Me concentré en recuerdos antiguos pero vívidos. Apenas instantes. Recordé las palabras, los colores, las expresiones y la disposición de los objetos. Entré en un estado meditativo… la visión se transformó en sueño, y en el sueño me encontraba en el lugar que había imaginado. Sin embargo, casi inmediatamente empezaron a operar reglas que desafiaban a la lógica. La pista de hielo se convirtió en un templo. Una estatua de bronce del dios Vishnú —pero con innumerables brazos— levitaba sobre un estanque de agua negra. Yo estaba descalza. “¡Ahí viene!”, se escuchó una voz. “¡¿Quién viene?!”. Gritos, muchedumbre y una nube de polvo. Terminé en un torneo de ajedrez. “Jaque mate”, dijo el niño pelirrojo.
El inconsciente me llevó al lugar que conscientemente había deseado, pero ipso facto tomó el control. En el cerebro, lo único que se desactiva al soñar es el centro lógico. Por eso los recuerdos colisionan y parece que se abren puertas a otras realidades. ¿Parece? Algunos sueños que he tenido me hacen pensar lo contrario. En uno de ellos leí la Odisea “en una sola acostada”; en otro, escribí una trilogía épica que olvidé poco después de haber despertado. Una vez soñé que temblaba y al día siguiente tembló. Pero más sorprendente fue soñar que una compañera de la secundaria, a la que hace mucho no veía, estaba embarazada y luego enterarme de que en unos meses nacería su bebé.
A veces, cuando soñamos, tenemos la sensación de poseer un conocimiento valiosísimo que se desvanece con la madrugada. Y si logramos recordarlo, lo encontramos descabellado, ilógico, absurdo. Eistein soñó que viajaba en un trineo a la velocidad de la luz. Tiempo después escribió en una pizarra: E=MC². Al no haber un orden lógico, desaparecen los límites y se desata la creatividad. Salvador Dalí decía que sus obras eran “fotografías de sueños pintadas a mano”. ¿Cuántas pinturas, libros o ciudades se habrán llevado el gallo o el despertador?
Ahora, ¿es posible predecir el futuro a través de los sueños? Lo del temblor y mi compañera de la secundaria bien pudieron ser casualidades, sin embargo los sueños premonitorios han sido materia debatible desde la antigüedad. Tres días antes de morir, Sócrates le dijo a su discípulo Critón que había soñado con una hermosa dama que le llamaba por su nombre y le recitaba un verso de Homero: “Dentro de tres días, veréis los campos”. Tres días después, Sócrates bebió la cicuta. También cuentan que Sófocles encontró una copa de oro que había sido robada de un templo porque, en sueños, Hércules le indicó el lugar donde los ladrones la habían escondido. No obstante, Cicerón —uno de los más grandes oradores de Roma— aseguró que aquellos que se atribuían la capacidad de ver el futuro en sueños no eran más que habladores. No me atrevería a llamarle hablador a Charles Dickens por confesar haber tenido el siguiente sueño:
“Soñé con una dama que llevaba un chal rojo y me daba la espalda. Cuando se volvió, advertí que no la conocía. Dijo: ‘Soy Miss Napier’. A la mañana siguiente, mientras me vestía, pensé: ¡qué cosa más absurda tener un sueño tan preciso acerca de nada! ¿Y por qué Miss Napier? Jamás había escuchado de ninguna Miss Napier. Aquel mismo viernes por la noche, estuve leyendo en la sala. Entraron Miss Boyle con su hermano, y venían con la dama del chal rojo. Me la presentaron como Miss Napier.”
Quizá el más célebre de los sueños premonitorios sea el que tuvo Abraham Lincoln. Pocos días antes de ser asesinado, le contó a su esposa que soñó que entraba en la Casa Blanca y veía allí un catafalco rodeado por la guardia de honor. “¿Quién es el muerto?”, preguntó. “Es nuestro presidente. Ha sido asesinado”. Le respondió uno de los soldados.
La cantidad de sueños premonitorios que se reportan es tal, que en diferentes partes del mundo se han abierto centros para recolectar las premoniciones del público y así contrarrestar la opinión de que siempre se dan a conocer después de ocurridos los hechos.

Para Freud, los sueños eran estructuras llenas de significación —susceptibles de ser interpretadas— que tenían por objeto solucionar conflictos relacionados con deseos no satisfechos. Jung decía que a través de los sueños el individuo podía ponerse en contacto con los arquetipos universales, es decir, los mitos que explican el origen de todas las cosas (teoría del inconsciente colectivo). Según la mecánica cuántica, los sueños son realidades que pueden vivirse y materializarse en este plano, en el que te encuentras ahora, mientras lees —realidades probables que ayudan al autoconocimiento—, y la conciencia está dividida en láminas de realidades en distintas dimensiones. Desde esta perspectiva, los sueños premonitorios son videncias de ciertas ondas de posibilidad que se encuentran más cerca de materializarse.
Sé que todo esto suena a embrollo y ciencia ficción, sin embargo la mecánica cuántica es una de las principales ramas de la física y uno de los descubrimientos científicos más importantes de la historia. Entre otras cosas, habla de la teoría de los universos paralelos, que dice que los átomos existen en universos diferentes y que, por tanto, los humanos también existimos en más de un lugar y en más de un estado mental: en diferentes universos. Y uno de esos universos es el sueño.
Aunque éstas son meras teorías, hoy por la noche, cuando me encuentre en el plano donde operan leyes ilógicas, intentaré superar mi primer experimento: tomar el control, tener conciencia de que estoy soñando, inducir un sueño lúcido. Quiero ver a los hombres del futuro, nadar en un río color violeta, sentir la ingravidez, descubrir civilizaciones y conversar con sus ancianos, sortear asteroides y presenciar la muerte de una estrella. ¿Es mucho pedir? Coincido con el escritor Bernard Shaw: “Ves cosas y dices ‘¿por qué?’. Yo sueño cosas que nunca fueron y digo ‘¿por qué no?’.

martes, 14 de junio de 2011

Geisha: Misterio, arte y seducción


Los hikikomori son jóvenes que, abrumados por las modernas ciudades japonesas y la competencia laboral y económica, deciden recluirse en sus cuartos por meses o incluso años. En contraste, existen las hanamachi o ciudades de las flores, en las que deambulan muñecas de porcelana vivientes.

En el año 794, Kioto era la elegante capital de Japón. En ella se concentró una élite interesada en satisfacer placeres estéticos y místicos. Lo único que importaba era la consecución del deseo y el objeto de ese deseo estaba representado por una mujer bella y envuelta en telas preciosas. Entre el año 1100 y el 1500 aparecieron las shirabyoshi, predecesoras de las geishas. Vestidas con ropas algo masculinas, eran bailarinas eróticas, trovadoras y cortesanas. Cuando en 1590 el general Toyotomi Hideyoshi logró unificar Japón, el mundo del trabajo y el mundo del asobi (juego) se separaron y dio inicio la construcción de un barrio del placer en Kioto: La ciudad del Sauce. Ahí se estableció una nueva clase de mujeres conocidas como odoriko o “danzarinas” que, a pesar de vivir en el barrio de las prostitutas, se dedicaron a las artes. Así surgió la profesión de las geishas: vocablo que literalmente significa “personas de las artes”, que nada tienen que ver con las “artes amatorias” de ciertas mujeres que se pasean por las hanamachi vestidas con kimonos baratos.

Tradicionalmente, las geishas comenzaban su preparación a los seis años, seis meses y seis días de edad. Actualmente se inician a los quince años porque el Estado las obliga a concluir la educación secundaria. Al ingresar a la okiya o casa de las geishas, la joven aprendiz debe romper toda relación con su pasado, incluidos sus padres. También debe olvidarse de su antiguo nombre. Como símbolo de pertenencia a otro mundo, se le otorga uno nuevo, generalmente el de alguna flor.

La Madre o Abuela es la cabeza de la okiya y es quien se encargará de administrar los recursos que gane la geisha a lo largo de su carrera profesional. La okiya está obligada a costear la comida, el alojamiento, las matrículas de los distintos cursos, los kimonos, las pelucas y el resto de ornamentos que requerirá la geisha para realizar su trabajo. Mientras no pague su deuda, es una esclava.

Las maiko (aprendices) practican el arte de la danza y el canto; también se les enseña a tocar el shamisen y la flauta. A cada maiko se le asigna una Hermana Mayor geiko, una geisha calificada y reconocida que ya ha terminado su preparación formal y que tiene por obligación guiar el arduo camino de la maiko —una media joya, todavía no una geisha. Al tiempo que es maestra, la Hermana Mayor se convierte en ama y señora de la aprendiz, que debe cumplir hasta el más pequeño de sus caprichos.

La vestimenta de una maiko es muy distinta a la de una geiko: el cuello del kimono cae dejando a la vista la nuca, zona erógena por excelencia en Japón. El rostro y el cuello están cubiertos por una densa capa de maquillaje blanco, a excepción de dos o tres franjas que muestran la piel desnuda. El kimono es de colores brillantes y elaborados diseños. El obi o moño está amarrado en la parte de atrás y llega casi hasta el suelo . A veces es tan pesado, que puede hacer que la joven pierda el equilibrio. El traje de una geiko es más discreto, pero no por ello menos elegante. En lugar del copioso peinado de las aprendices —un moño gigantesco que se sujeta con cera caliente y aceite de camelia llamado “hendidura de melocotón”—, las geiko llevan katsuras o pelucas. El maquillaje blanco es sutil y jamás se utiliza después de los treinta años.

Una geisha debe conocer la tradicional ceremonia del té. La escritora Leslie Downer la describe como “una práctica a medio camino entre el tai chi y la misa católica, pero a una escala más íntima”. Un grupo de personas se reúne en una pequeña habitación con un hogar para calentar el agua y una especie de capilla en la que se colocan flores y pergaminos con poemas y pensamientos. Todos se sientan en el suelo cubierto con tatami y beben maccha, un té verde espumoso y amargo que se acompaña con dulces tradicionales. Los objetos deben encontrarse dispuestos en una forma específica e inalterable. La ceremonia es una muestra de la perfección estética que comparten las artes japonesas —que muchas veces se aproximan a los conceptos del budismo zen. Las geishas también deben dominar el arte de la conversación y el arreglo floral o ikebana, que consiste en la creación de pequeños mundos asimétricos hechos con flores; al igual que el shodo, un tipo de caligrafía que se encuentra entre las bellas artes más populares de Japón.

El trabajo de una geisha consiste en animar las fiestas con juegos un tanto infantiles, conversar con los clientes y servir el té o el sake. Las más hermosas, las tachikata, bailan; las jikata tocan el shamisen o cantan. La geisha debe aparecer impecable y seducir con la elegancia de una mascada de seda que juega con el viento. Bajar los ojos, al servir el sake, dejar deslizar un poco de tela del kimono para que la piel quede al descubierto, iniciar un juego sutil entre el deseo y el rechazo, no mostrar emociones y, sobre todo, nunca hablar del amor —considerado grosero y fuera de lugar por la okiya.
Después de una o dos horas, la fiesta ha llegado a su fin. Con frecuencia, los occidentales se sienten obnubilados con la actuación de las geishas, ya que el baile no es muy rítmico y la música y el canto les parecen disonantes. El cliente japonés —que conoce y aprecia las artes tradicionales— es capaz de pagar miles de yenes con tal de pasar unos momentos extra con la geisha más afamada de Kioto. Y aunque el amor está prohibido, el coqueteo es primordial. Incluso puede conferir libertad a la geisha. Un cliente puede decidir convertirse en danna, un protector titular que la libere de su deuda con la okiya.

Un tanto rígida por el peso de varias horas de labor en su cabello, arrastrando un prolongado lazo que aprisiona su cintura, mostrando un rostro que no es el suyo y respondiendo a un nombre distinto al que le dieron sus padres, la geisha se niega a sí misma. Se ve obligada a guardar todo lo que ella es en una caja que se encuentra en el lugar más recóndito de sus adentros. El personaje toma el poder.

Desconcierto. Eso es lo que provoca una mujer que todo el tiempo busca aparecer graciosa, inalcanzable, perfecta. Pero cuando cae la noche y se encuentra sola en su habitación con la cara limpia y el cabello suelto, la geisha se enfrenta al espejo y a una sola realidad: es humana, pero no común y corriente. Además de ser artista, ella misma es una obra de arte que nace y muere cada día para invitarnos a un mundo secreto.